un trozo de papel secante
y un borratinta
jueves, 13 de agosto de 2009
martes, 11 de agosto de 2009
Después de la cena
este amor es una parte del día
entre colegiales y desorden de tránsito
lavo las tazas
no hace frío
espero verte mañana
detrás
en la ventana
un obrero
cruza en un andamio
entre colegiales y desorden de tránsito
lavo las tazas
no hace frío
espero verte mañana
detrás
en la ventana
un obrero
cruza en un andamio
domingo, 14 de junio de 2009
ATAVIADA PARA EL CASORIO (Escena I)
Personajes: Lily
Gracia I
Gracia II
Gracia III
Gabriel
Coro
Una mesa larga cubierta por un mantel de pana negro. En los extremos dos candelabros antiguos con velas encendidas. Sobre ella, una lámpara importante con caireles de cristal. Sillas muy suntuosas, de estilo antiguo, tapizadas de rojo. A la izquierda una escalera da a una puerta. Una puerta a la izquierda y otra a la derecha. A la derecha, un sillón blanco de diseño contemporáneo. Al fondo, un piano blanco, una banqueta violeta, una foto de Gracia IV, ya fallecida.
Al fondo, Gracia I se maquilla. Gracia II hace aquagym.
Entra Lily, con una bandeja llena de servilletas de papel de colores.
Lily: -Tengo los pies literalmente muertos.
Dispone las servilletas sobre la mesa. Suena el timbre. Lily va hacia la puerta dejando caer algunas servilletas tras de sí. Vuelve.
Lily: -No hay búcaro del que salgan tallos de apio.
Gracia I: -Ya tendrías que tenerlos listos.
Gracia II: -Es temprano.
Gracia I: -No hay baile sin búcaro del que salgan tallos de apio. (a Lily): En el Jumbo no conseguiste?
Lily: -No hay en el Jumbo, ni en el Coto, ni en el Verduverde. En toda la ciudad no hay búcaro del que salgan tallos de apio. Tengo los pies... (Suena el celular.) Hola? Ah, qué tal, no, ...ah bué... sí pero... ah... eehhhh.. está bien, no, no me sirve, no bueno, gracias no se haga problema... está bien, no, no, deje, no, si el problema no es el apio, justamente, bueno... bueno adiós). Tengo los pies literalmente... literalmente muertos.
Gracia I (a Gracia II): -¿Pilates?
Gracia II: -No.
Gracia I: -¿Strechting?
Gracia II: -No.
Gracia I: -¿Método Feldenkrais?
Gracia II: (silencio)
Gracia I: -¿Yoga? No, yoga no. Entonces?
Gracia II: -Acquagym. (A Lily) ¿No conseguiste búcaro del que salgan tallos de apio?
Gracia I: -No. Además tengo los pies literalmente muertos.
Gracia II: (a Gracia I)-Qué son búcaros de los que salgan tallos de apio?
Gracia I: -Ni idea.
Lily sale. Gracia II deja el acquagym y empieza a ensayar un pasaje de Lucrezia Borgia.
Gracia I: -Faltará mucho?
Lily: -No sé, siempre lo mismo. Así no llegamos. A esta altura me parece que lo hace a propósito, le encanta. Tres minas que lo esperan. Qué mejor. Y sí.
Gracia I: -Y si te das un baño con sales?
Gabriel abre la puerta con aires de tener el protagónico; entra, va hacia el público. Con afectación:
Gabriel: -“¡Es Navidad! ¡Es Navidad!”.
Lily (a Gracia II): -Ves? Se equivocó otra vez. Esa parte ya no está en el guión. No quedamos así?
Gracia I: -Yo ya no sé.
Gabriel: -Es Navidad? O no? Bueno, me gusta más si es Navidad. A quién le importa el guión? Igual estoy bastante cansado con eso de la Navidad. Igual entrar “es Navidad” “es Navidad” como un imbécil, y con lo que pagan, no sé.
Gracia II canta sin escuchar a Gabriel. Lily entra con vajilla que va disponiendo sobre la mesa.
Gabriel (a Lily): -Es Navidad!
Lily: -Basta.
Gabriel: -Ya se presentaron?
Gracia I: -No, si falta...
Entra Gracia III.
Gracia III: -Nadie falta. En esta ciudad no hay taxis ni para los viejos, increíble.
Gabriel: -Pero no podían empezar aunque sea a presentarse uds.? (Señalando al público) Esta gente está esperando hace cuánto? Bueno, uds. hagan lo que quieran, yo mando algo porque nos van a incendiar.
(Al público): -“Cada año que pasa siento con mayor fuerza que nuestro país no tiene otra tradición que honre mejor y guarde con mayor celo que la hospitalidad. Es una tradición única en mi experiencia (y he visitado no pocos países extranjeros) entre las naciones modernas. Algunos dirían, tal vez, que es más defecto que virtud de cual vanagloriarse. Pero, aun si concediéramos que fuera así, se trata a mi entender, de un defecto principesco, que confío que cultivemos por muchos años por venir.”
Lily: -Tengo los pies literalmente muertos. Como para presentación estoy. Faltan copias además, la mía está toda tachada, no se entiende nada. Alguien me ayudaría, por favor?
Gracia I: -No podemos pasar a la dos, porque igual falta Gretta.
Gabriel: -Ni hablar. Avancemos igual.
Gracia I: -Quién lee?
Gracia II: -Yo no. Necesito cuidar la voz para la escena III. Una voz de hombre es mejor.
Lily y Gracia I queda en la sombra, al lado de la mesa. Frente al público, Gabriel como speaker, y las otras dos Gracias inmóviles.
Gabriel: -“Sus tías eran dos ancianas pequeñas que vestían con sencillez. Tía Julia era como una pulgada más alta. Llevaba el pelo gris, hacia atrás, en un moño a la altura de las orejas; y gris también con sombras oscuras, era su larga cara fláccida. Aunque era robusta y caminaba erguida, los ojos lánguidos y los labios entreabiertos le daban la apariencia de una mujer que no sabía dónde estaba ni a dónde iba. Tía Kate se veía más viva. Su cara, más saludable que la de su hermana, era toda bultos y arrugas, como una manzana roja pero fruncida, y su pelo, peinado también a la antigua, no había perdido su color de castaña madura”. Ey, pero no era que te ibas a teñir?
(Gracia III es visiblemente canosa).
Gracia III: -Bueno, pero si cobrábamos.
Gabriel: -Así no se puede.
Gracia III: -Está bien, la semana que viene, prometo.
Gracia I (desde la sombra): -Seguimos.
Las dos Gracias van a la sombra, Lily en su lugar.
Gabriel: -“Lily, la hija del encargado, tenía los pies literalmente muertos. No había todavía acabado de hacer pasar a un invitado al cuarto de desahogo, detrás de la oficina de la planta baja, para ayudarlo a quitarse el abrigo cuando de nuevo sonaba la quejumbrosa campana de la puerta y tenía que echar a correr por el zaguán vacío para dejar entrar a otro. Era un alivio no tener que atender también a las invitadas.”
Lily: -Eso. Y falta decir “les hacía la limpieza”...
Gabriel: (ignorándola): -Mary Jane!
Adelante Gracia I, Lily se va molesta.
Gabriel: -“Desde que Kate y Julia, cuando murió su hermano Pat, dejaron la casa de Stoney Batter y se llevaron a Mary Jane, la única sobrina, a vivir con ellas en la sombría y espigada casa de la isla de Usher, cuyos altos alquilaban a Mr. Fulham, un comerciante en granos que vivía en los bajos. Eso ocurrió hace sus buenos treinta años. Mary Jane, entonces una niñita vestida de corto, era ahora el principal sostén de la casa, ya que tocaba el órgano en Haddington Road.” Ahora yo.
Gracia II y Gracia III, rodean y besan a Gabriel.
Gracia I: -“Era el sobrino preferido, hijo de la hermana mayor, la difunta Ellen, la que se casó con T.J. Conroy, de los Muelles del Puerto.”
Gracia II: -“Gretta me acaba de decir que no va a regresar en coche a Monkstown esta noche, Gabriel”.
Gabriel: -“No, ya tuvimos bastante con el año pasado, no es así? No te acuerdas, tía Kate, el catarro que cogió Gretta entonces?”. Ah, no. El catarro que cogió... no, no, me niego.
Gracia III: -Queda divino.
Gabriel: -Y esa hija de puta no pensará venir?
Lily: -Yo otra vez dos personajes no hago.
Gracia I: -No podemos pasar a la segunda si no llega.
Gracia III: -Y qué hacemos?
Gabriel (a Lily): -El coro está?
Lily: -Esperá (habla por celular). Ey, Flavio, cómo estás, dale bueno, sí, escuchame, necesito tres sopranos, cuatro mezzos, por lo menos cuatro contraltos. Tenores en oferta tenés? Bueno, dale, dos. Barítonos no quiero. Nos arreglamos con Gabriel.
Gabriel: (disgustado) –Y sí, claro. Nos arreglamos.
Lily:-Bueno, bueno. Chau, chau. (a Gabriel) Vienen para acá.
Gabriel: -Bueno, dale.
Apagón. Pasan unos minutos. El coro canta: “Pues son jocosas y ufanas, pues son jocosas y ufanas, pues son jocosas y ufanas, nadie lo puede negar”.
Al final se escucha bajito la voz de Gracia III diciendo: -“una lasquita de pechuga”?.
Gracia I
Gracia II
Gracia III
Gabriel
Coro
Una mesa larga cubierta por un mantel de pana negro. En los extremos dos candelabros antiguos con velas encendidas. Sobre ella, una lámpara importante con caireles de cristal. Sillas muy suntuosas, de estilo antiguo, tapizadas de rojo. A la izquierda una escalera da a una puerta. Una puerta a la izquierda y otra a la derecha. A la derecha, un sillón blanco de diseño contemporáneo. Al fondo, un piano blanco, una banqueta violeta, una foto de Gracia IV, ya fallecida.
Al fondo, Gracia I se maquilla. Gracia II hace aquagym.
Entra Lily, con una bandeja llena de servilletas de papel de colores.
Lily: -Tengo los pies literalmente muertos.
Dispone las servilletas sobre la mesa. Suena el timbre. Lily va hacia la puerta dejando caer algunas servilletas tras de sí. Vuelve.
Lily: -No hay búcaro del que salgan tallos de apio.
Gracia I: -Ya tendrías que tenerlos listos.
Gracia II: -Es temprano.
Gracia I: -No hay baile sin búcaro del que salgan tallos de apio. (a Lily): En el Jumbo no conseguiste?
Lily: -No hay en el Jumbo, ni en el Coto, ni en el Verduverde. En toda la ciudad no hay búcaro del que salgan tallos de apio. Tengo los pies... (Suena el celular.) Hola? Ah, qué tal, no, ...ah bué... sí pero... ah... eehhhh.. está bien, no, no me sirve, no bueno, gracias no se haga problema... está bien, no, no, deje, no, si el problema no es el apio, justamente, bueno... bueno adiós). Tengo los pies literalmente... literalmente muertos.
Gracia I (a Gracia II): -¿Pilates?
Gracia II: -No.
Gracia I: -¿Strechting?
Gracia II: -No.
Gracia I: -¿Método Feldenkrais?
Gracia II: (silencio)
Gracia I: -¿Yoga? No, yoga no. Entonces?
Gracia II: -Acquagym. (A Lily) ¿No conseguiste búcaro del que salgan tallos de apio?
Gracia I: -No. Además tengo los pies literalmente muertos.
Gracia II: (a Gracia I)-Qué son búcaros de los que salgan tallos de apio?
Gracia I: -Ni idea.
Lily sale. Gracia II deja el acquagym y empieza a ensayar un pasaje de Lucrezia Borgia.
Gracia I: -Faltará mucho?
Lily: -No sé, siempre lo mismo. Así no llegamos. A esta altura me parece que lo hace a propósito, le encanta. Tres minas que lo esperan. Qué mejor. Y sí.
Gracia I: -Y si te das un baño con sales?
Gabriel abre la puerta con aires de tener el protagónico; entra, va hacia el público. Con afectación:
Gabriel: -“¡Es Navidad! ¡Es Navidad!”.
Lily (a Gracia II): -Ves? Se equivocó otra vez. Esa parte ya no está en el guión. No quedamos así?
Gracia I: -Yo ya no sé.
Gabriel: -Es Navidad? O no? Bueno, me gusta más si es Navidad. A quién le importa el guión? Igual estoy bastante cansado con eso de la Navidad. Igual entrar “es Navidad” “es Navidad” como un imbécil, y con lo que pagan, no sé.
Gracia II canta sin escuchar a Gabriel. Lily entra con vajilla que va disponiendo sobre la mesa.
Gabriel (a Lily): -Es Navidad!
Lily: -Basta.
Gabriel: -Ya se presentaron?
Gracia I: -No, si falta...
Entra Gracia III.
Gracia III: -Nadie falta. En esta ciudad no hay taxis ni para los viejos, increíble.
Gabriel: -Pero no podían empezar aunque sea a presentarse uds.? (Señalando al público) Esta gente está esperando hace cuánto? Bueno, uds. hagan lo que quieran, yo mando algo porque nos van a incendiar.
(Al público): -“Cada año que pasa siento con mayor fuerza que nuestro país no tiene otra tradición que honre mejor y guarde con mayor celo que la hospitalidad. Es una tradición única en mi experiencia (y he visitado no pocos países extranjeros) entre las naciones modernas. Algunos dirían, tal vez, que es más defecto que virtud de cual vanagloriarse. Pero, aun si concediéramos que fuera así, se trata a mi entender, de un defecto principesco, que confío que cultivemos por muchos años por venir.”
Lily: -Tengo los pies literalmente muertos. Como para presentación estoy. Faltan copias además, la mía está toda tachada, no se entiende nada. Alguien me ayudaría, por favor?
Gracia I: -No podemos pasar a la dos, porque igual falta Gretta.
Gabriel: -Ni hablar. Avancemos igual.
Gracia I: -Quién lee?
Gracia II: -Yo no. Necesito cuidar la voz para la escena III. Una voz de hombre es mejor.
Lily y Gracia I queda en la sombra, al lado de la mesa. Frente al público, Gabriel como speaker, y las otras dos Gracias inmóviles.
Gabriel: -“Sus tías eran dos ancianas pequeñas que vestían con sencillez. Tía Julia era como una pulgada más alta. Llevaba el pelo gris, hacia atrás, en un moño a la altura de las orejas; y gris también con sombras oscuras, era su larga cara fláccida. Aunque era robusta y caminaba erguida, los ojos lánguidos y los labios entreabiertos le daban la apariencia de una mujer que no sabía dónde estaba ni a dónde iba. Tía Kate se veía más viva. Su cara, más saludable que la de su hermana, era toda bultos y arrugas, como una manzana roja pero fruncida, y su pelo, peinado también a la antigua, no había perdido su color de castaña madura”. Ey, pero no era que te ibas a teñir?
(Gracia III es visiblemente canosa).
Gracia III: -Bueno, pero si cobrábamos.
Gabriel: -Así no se puede.
Gracia III: -Está bien, la semana que viene, prometo.
Gracia I (desde la sombra): -Seguimos.
Las dos Gracias van a la sombra, Lily en su lugar.
Gabriel: -“Lily, la hija del encargado, tenía los pies literalmente muertos. No había todavía acabado de hacer pasar a un invitado al cuarto de desahogo, detrás de la oficina de la planta baja, para ayudarlo a quitarse el abrigo cuando de nuevo sonaba la quejumbrosa campana de la puerta y tenía que echar a correr por el zaguán vacío para dejar entrar a otro. Era un alivio no tener que atender también a las invitadas.”
Lily: -Eso. Y falta decir “les hacía la limpieza”...
Gabriel: (ignorándola): -Mary Jane!
Adelante Gracia I, Lily se va molesta.
Gabriel: -“Desde que Kate y Julia, cuando murió su hermano Pat, dejaron la casa de Stoney Batter y se llevaron a Mary Jane, la única sobrina, a vivir con ellas en la sombría y espigada casa de la isla de Usher, cuyos altos alquilaban a Mr. Fulham, un comerciante en granos que vivía en los bajos. Eso ocurrió hace sus buenos treinta años. Mary Jane, entonces una niñita vestida de corto, era ahora el principal sostén de la casa, ya que tocaba el órgano en Haddington Road.” Ahora yo.
Gracia II y Gracia III, rodean y besan a Gabriel.
Gracia I: -“Era el sobrino preferido, hijo de la hermana mayor, la difunta Ellen, la que se casó con T.J. Conroy, de los Muelles del Puerto.”
Gracia II: -“Gretta me acaba de decir que no va a regresar en coche a Monkstown esta noche, Gabriel”.
Gabriel: -“No, ya tuvimos bastante con el año pasado, no es así? No te acuerdas, tía Kate, el catarro que cogió Gretta entonces?”. Ah, no. El catarro que cogió... no, no, me niego.
Gracia III: -Queda divino.
Gabriel: -Y esa hija de puta no pensará venir?
Lily: -Yo otra vez dos personajes no hago.
Gracia I: -No podemos pasar a la segunda si no llega.
Gracia III: -Y qué hacemos?
Gabriel (a Lily): -El coro está?
Lily: -Esperá (habla por celular). Ey, Flavio, cómo estás, dale bueno, sí, escuchame, necesito tres sopranos, cuatro mezzos, por lo menos cuatro contraltos. Tenores en oferta tenés? Bueno, dale, dos. Barítonos no quiero. Nos arreglamos con Gabriel.
Gabriel: (disgustado) –Y sí, claro. Nos arreglamos.
Lily:-Bueno, bueno. Chau, chau. (a Gabriel) Vienen para acá.
Gabriel: -Bueno, dale.
Apagón. Pasan unos minutos. El coro canta: “Pues son jocosas y ufanas, pues son jocosas y ufanas, pues son jocosas y ufanas, nadie lo puede negar”.
Al final se escucha bajito la voz de Gracia III diciendo: -“una lasquita de pechuga”?.
martes, 9 de junio de 2009
QUIEN INVENTO EL RULEMAN?
QUIEN INVENTO EL RULEMÁN
Personajes: Puno – Zapatito Blanco – Estela.
Un garage de barrio, Puno y Zapatito desarman motores a las tres de la tarde de un mes de verano. Al fondo un ventilador de pie. En una de las paredes, un poster desleído de Brigitte Bardot.
Zapatito: -Tío.
Puno: (Golpeando un buje con un martillo)-Mmmm?
Zapatito: -Tomate un mate. (Se lo alcanza).
Zapatito: -Tío.
Puno: (Chupando) –Mmmm?
Zapatito: -Estaba pensando.
Puno: -Vos le diste de comer al Maico Landon?
Zapatito: -Después le doy, tío. Escuchá, estuve pensando.
Puno: -Mi dios. Como si hubiera poco. Yo no te pago para pensar, nene, dale. Dale que tenemos que cerrar con el Negro.
Zapatito: -Está bien, tío, pero son dos minutos.
Puno: -Todos los días son dos minutos.
Zapatito: -Viste que yo te contaba... bueno, te decía ayer, viste, que en el banco me piden recibo de sueldo.
Puno: -Msé. Tomá, está helado esto. Andá y poné la pava.
Zapatito: -Ya voy. Bueno, yo no sé a quién le voy a pedir un recibo de sueldo. Y si no me dan el crédito no me puedo comprar la moto.
Puno: -Pero qué, por la gripe porcina van a prohibir los bondis?
Zapatito: -No tío, pero se me hace cada vez más tarde.
Puno: -Y bueno, nene, levantate más temprano. (Hacia la puerta, a los gritos): Estela! Esteeeelaaa!!!! Le diste de comer al Maico?
Entra Estela.
Estela: -No, acordate de que no hay más balanceado. El sábado te toca a vos el super, no te olvides. Che pero no se están asando, acá?
Zapatito: -Qué te parece, tía. Yo ya dije que hay que poner un aire acondicionado o cortar antes, porque el calor agobia.
Puno (a Estela): -Sí, un aire acondicionado, un bargueño, una botella de caballito blanco y los naipes. Qué más? Unas minas? Querés minas también?
Estela: -Ah, yo este sainete ya lo vi. Bueno, Rambito y Rambón, les dejo la llave en la maceta, yo me voy, vuelvo en un par de horas.
Puno: -Otra vez? Dónde te vas vos?
Estela: -Ya te dije, me voy al centro, quiero comprar jabones perfumados y en el barrio no hay. Bueno, ahora la señora del Nazi fabrica, pero son esos de utilísima, una porquería, a la semana ya no tienen más olor.
Puno: -Jabones perfumados... escuchaste, Zapato? Las minas ya no saben qué inventar. Aguantá un rato, que tiene que llamar Rolando. Quién va a atender si llama?
Estela: -Vos.
Puno: -A ver si nos entendemos. Si querías jabones, tenías que casarte con Palmolive, viejita. No es que siempre me cagás a pedo porque dejo el fono engrasado?
Estela: -Y para qué te compré los guantes? (a Zapatito): Este hijo de puta no quiere usar guantes para tenerme a mí acá encerrada todo el día.
Puno: -Dejá de joder, ahora te quejás de que te tengo encerrada, bien que cuando nos dejamos... eh? Ah... no te acordás más de eso, eh? Bien que me tratabas con guante. Eso sí que era con guante. Punito de acá, Punito de allá... (deja la pieza con la que estaba trabajando, entusiasmándose con el relato). Hasta se compró un mate peludo, esos de pezuña, se fue a Colón y se aburrió como una hija de puta allá, y encima no lo quería reconocer la guacha. “Ay, Punito, no sabés lo bien que la pasé”. Y la voy a ver y me convida con el mate, y yo agarro así (hace la mímica con la mano) y le digo... (con suficiencia) “decime, lobizona, este lo compraste para tener a quien acariciar los domingos?” Aaaaay, cómo se me ortibó! No sabés, roja de furiosa estaba.
Estela: -Seguí nomás, la primera que te va a dejar soy yo. Después Zapato.
Puno: -Vayansé nomás. Si se compran el aire, páguense la luz. (Da martillazos a una pieza, concentrado en ese trabajo).
Zapatito: -Un poco está bien, pero... hay que adaptarse a los tiempos que corren, tío. Las cosas van cambiando, ya no son como antes. Acá tenemos que tener una computadora. Tenemos que organizar lo del horario, también. Y poner los papeles en regla. Uno de estos días te vienen de la AFIP y ahí tenemos un quilombo, tío.
(Estela hace un gesto de desdén con la mano y sale)
Puno: -No empecés con eso, ya te dije. Y te digo más: este mes es peor todavía. (Golpea la pieza con fuerza, haciendo mucho ruido) Ahora si viene la EPE voy a tener que gatillar, se terminó la jodita esa.
Zapatito: (levantando la voz por sobre los martillazos) –Bueno, pero saquemos con el almanaque por lo menos, todos tienen la Silvinita.
Puno (le tira un rulemán): -Tomá, dale vos a éste que últimamente parece que tenés no manteca, margarina Manty en las manos.
Zapatito: -Arrancamos con el almanaque, la semana que viene. No lo habrá tirado la tía, no?
Puno: -Uy, no le dio de comer. (Deja lo que está haciendo y va hasta la puerta). Maico Maico Maico!... Maiquinho...! Qué perro berga este, todo el día rompiendo las pelotas y ahora no viene.
Zapatito: -Entonces, bueno, cambiamos el almanaque. Entonces eso va a atraer clientela más joven. Seguro, tío. Quién de los pibes conoce a tu Brigí? Nadie, tío, nadie. Yo no te niego que es una yegua, pero los de tu generación ya casi no manejan... hay que apuntarle a la clientela cash.
Puno: -La puta que te reparió a vos y a los de tu generación. Este no da para más, sopleteale un poco y si no sacalo nomás.
Zapatito: -Con más clientela, ahí ponemos al día el plan del API, después compramos la compu en cuotas, en todo caso le pedimos a tu suegra la tarjeta de la AMR, serán ciento y pico por mes. (Puno golpea cada vez más fuerte). Bueno, te digo que en dos meses o tres pasamos al frente, y ahí ya podemos ir con el aumento. Qué te parece?
Puno: -Estela!.. Esteeeelaaaa!!!! Esta piró de nuevo.
Estelitaaaaa!
Escena 2
Una habitación sencilla, con una luz tenue azul, flores en el empapelado y un espejo corroído. Sobre la cama desarreglada, Inés, desnuda, fuma. Diego sale del baño, ajustándose el cinturón. Silba una música incomprensible.
Inés: -Pero aseguró que venía?.
Diego: -No, no. Asegurar no aseguró.
I: -Pero dijo.
D: -Bueno, decir, lo que se dice decir no dijo. Pero debe venir.
I: –Bueno, pero no lo dijo, no sabemos, no lo dijo.
D: -Nunca dice.
I: -Y claro. Así cualquiera.
D: (Se arregla el pelo frente al espejo)-Cuchá.
I: -Y no, y sí. Si todos hacemos lo mismo, y bueno, es un quilombo, nadie sabe nada, nadie dice nada, nadie compra nada. Y sí, claro, y así yo también. (Fuma más nerviosa)
D:- Y cuál es, hago un asado y punto. Vos si querés venís después, si ni pregunta. Y además con el Chibo se lleva genial.
I:- Y qué, te veo el lunes recién?
D:- Y...
I:-Pero el lunes no tenés el pádel?
D: -Bueno, poray llueve.
I:-Fantástico, y si no llueve, te veo cuándo? Te toco el portero, salís al balcón y me saludás como Evita?
D:-No exagerés nena. Ya empezamos. No viene nunca, qué te cuesta. Además ya te dije, no tenés obligación de estar, andate al cine, yo qué sé.
I: (Apaga el cigarrillo y lo mira fríamente).
D: -Qué.
I: (I hace un gesto intraducible).
D: -Qué, nena, qué.
I:-Bueno, dale vamos, que te va a salir carísimo. (Empieza a vestirse en silencio).
D: (va hacia la puerta, la abre, asoma al pasillo y emite un cacareo, vuelve a cerrar).
I: -Cuándo van a terminar con esa boludez?
D:- Dale, nena, dale.
Apagón.
Inés: -Pero aseguró que venía?.
Diego: -No, no. Asegurar no aseguró.
I: -Pero dijo.
D: -Bueno, decir, lo que se dice decir no dijo. Pero debe venir.
I: –Bueno, pero no lo dijo, no sabemos, no lo dijo.
D: -Nunca dice.
I: -Y claro. Así cualquiera.
D: (Se arregla el pelo frente al espejo)-Cuchá.
I: -Y no, y sí. Si todos hacemos lo mismo, y bueno, es un quilombo, nadie sabe nada, nadie dice nada, nadie compra nada. Y sí, claro, y así yo también. (Fuma más nerviosa)
D:- Y cuál es, hago un asado y punto. Vos si querés venís después, si ni pregunta. Y además con el Chibo se lleva genial.
I:- Y qué, te veo el lunes recién?
D:- Y...
I:-Pero el lunes no tenés el pádel?
D: -Bueno, poray llueve.
I:-Fantástico, y si no llueve, te veo cuándo? Te toco el portero, salís al balcón y me saludás como Evita?
D:-No exagerés nena. Ya empezamos. No viene nunca, qué te cuesta. Además ya te dije, no tenés obligación de estar, andate al cine, yo qué sé.
I: (Apaga el cigarrillo y lo mira fríamente).
D: -Qué.
I: (I hace un gesto intraducible).
D: -Qué, nena, qué.
I:-Bueno, dale vamos, que te va a salir carísimo. (Empieza a vestirse en silencio).
D: (va hacia la puerta, la abre, asoma al pasillo y emite un cacareo, vuelve a cerrar).
I: -Cuándo van a terminar con esa boludez?
D:- Dale, nena, dale.
Apagón.
sábado, 25 de abril de 2009
EL AGUA EN LOS FLOREROS
A los 40 llora
con because
cree ciegamente
que dios lo escucha cuando crea los astros.
Las escorpianas ven debajo del agua
-dice la abogada de origen armenio
mientras un tipo firma que cobrará en cuotas
el seguro de muerte
de alguien que trabajó
y que nadie recuerda actualmente en la empresa.
Pero señora
( y es entonces que casi
justifica el genocidio)
qué hago con eso
si está prohibida el agua en los floreros.
A los 40 no entiende
cómo el mosquito sabe
cuáles son los pobres.
Duda
si será un aguijón programado por monsanto
para la selección de la especie.
domingo, 18 de enero de 2009
Receta
domingo, 21 de diciembre de 2008
Y SIN EMBARGO NO
“Nada se mueve, nunca. Eso es lo que quieren hacerte creer.”
Lauisaia.
6 741 072 120 x 2 (un par de patas)
millones de árboles de navidad
unísono de sordinas chillonas
hacinados en un nudo temporal
hacen girar la bola en la galaxia
tierra envasada y océano listerine
A ver si estamos de acuerdo:
es importante
no olvidar que somos fitoplancton
y fin de año
sólo un número rojo
en el calendario occidental.
Es verdad Lauisaia
Nada se mueve.
Lauisaia.
6 741 072 120 x 2 (un par de patas)
millones de árboles de navidad
unísono de sordinas chillonas
hacinados en un nudo temporal
hacen girar la bola en la galaxia
tierra envasada y océano listerine
A ver si estamos de acuerdo:
es importante
no olvidar que somos fitoplancton
y fin de año
sólo un número rojo
en el calendario occidental.
Es verdad Lauisaia
Nada se mueve.
sábado, 25 de octubre de 2008
PUZZLE
Escribo
mujer rompecabezas
tacho
porque si bien
todo título horrible tiene derecho a serlo
-tal vez mi autocastigo del día de la fecha-
elijo puzzle
me gustan las dos zetas
después de la u
algo que se desinfla
o un soplo
tan lejos de la domesticidad de pizza
pero inequiparable a la levedad de mezzo
el subterfugio del título
("subterfugio": sigo forzando,
maniobra distractiva del sonido
todo para no decir
mi pobre corazón
repartido en pedazos dispares
mi pobre corazón que rehúsa
aceptar lo irrenunciable
y se obstina en pensar
que es posible
la reunión fiesta con efes y flamencos
en la mesa del té del Sombrerero).
mujer rompecabezas
tacho
porque si bien
todo título horrible tiene derecho a serlo
-tal vez mi autocastigo del día de la fecha-
elijo puzzle
me gustan las dos zetas
después de la u
algo que se desinfla
o un soplo
tan lejos de la domesticidad de pizza
pero inequiparable a la levedad de mezzo
el subterfugio del título
("subterfugio": sigo forzando,
maniobra distractiva del sonido
todo para no decir
mi pobre corazón
repartido en pedazos dispares
mi pobre corazón que rehúsa
aceptar lo irrenunciable
y se obstina en pensar
que es posible
la reunión fiesta con efes y flamencos
en la mesa del té del Sombrerero).
domingo, 12 de octubre de 2008
FERIA DE INVIERNO
A Vivi
“.. y entonces lloré una pena vieja”
En un rectángulo verde
que pisan rugbiers criados a acetato y anabólicos
una mujer húmeda llora
exuda
lágrima
moco
flujo
agua viva de sí.
La vida no se le escurre.
Está en las enamoradas del muro
esa tarde.
Y en ella.
No está
en el cubo de su oficio
ni en las pérgolas de las directoras.
Una mujer
tres edades de la vida
posada ante la luz de las pinturas
revuelta entre los siglos y el desmadre habitual.
Llora.
Porque sabe
llora.
Verde y vegetal
su pena vieja y viva.
Un jardinero pasa
buenas tardes, señora.
Señora
piensa ella.
Señora.
“.. y entonces lloré una pena vieja”
En un rectángulo verde
que pisan rugbiers criados a acetato y anabólicos
una mujer húmeda llora
exuda
lágrima
moco
flujo
agua viva de sí.
La vida no se le escurre.
Está en las enamoradas del muro
esa tarde.
Y en ella.
No está
en el cubo de su oficio
ni en las pérgolas de las directoras.
Una mujer
tres edades de la vida
posada ante la luz de las pinturas
revuelta entre los siglos y el desmadre habitual.
Llora.
Porque sabe
llora.
Verde y vegetal
su pena vieja y viva.
Un jardinero pasa
buenas tardes, señora.
Señora
piensa ella.
Señora.
lunes, 22 de septiembre de 2008
UNAS FRESIAS
“Todo lo que pueda decirte sobre nuestras vidas va a sonarte aburrido, lleno de huecos, lleno de borra como el café que te preparaba mientras estabas con la tesis y dejabas por la mitad pero me decías que estaba bien, que así estaba bien. Compré más filtros, los sigo acumulando porque con Berta no tomamos café, a ella le quita el sueño y yo la acompaño con té verde o alguna cosa horrible que se le ocurra. A la noche vemos una telenovela que se llama El señor de la querencia, imperdible, empezamos a verla porque nos parecía genial el nombre, un hallazgo literario. Lo increíble es que ahora no podemos dejar de verla, “es el paroxismo de las pasiones nunca vistas”, dice Berta. Después apagamos el televisor y hablamos un rato, hasta que nos vamos a dormir. Algunas veces ella está un poco triste, no creo que sea por Manuel, sino que ahora me parece que es mucho menos fuerte de lo que suponíamos. Te reirías si nos vieras: ahora soy yo la que enfurece. Creo que mi violencia viene de su imposibilidad, o mejor, de la imposibilidad humana.
Una vez por semana vamos a ver a Anka. Está mejorando, pero el médico dice que todavía hay que esperar. Yo sé que va a estar bien. La última vez le llevamos flores, unas fresias, porque Berta recordaba que había leído algo de ella sobre fresias. Nos dijo gracias y sonrió tan triste que no pudimos decir nada, estuvimos así, en silencio un rato, hasta que le preguntamos si tenía para leer, como para decir algo, porque en la habitación había no menos de diez libros. Esa noche escuché a Berta llorar pero no le dije nada.
Todas estas cosas están pasando y tengo tantas ganas de poder contártelas en el bar, entre medio de dos martinis, vos seco y yo rosado, como antes, y que me digas hija de puta en qué andás. Ya sé, ya sé. Pero igual quería decírtelo. Sabés que no soy buena para guardarme nada.”
Una vez por semana vamos a ver a Anka. Está mejorando, pero el médico dice que todavía hay que esperar. Yo sé que va a estar bien. La última vez le llevamos flores, unas fresias, porque Berta recordaba que había leído algo de ella sobre fresias. Nos dijo gracias y sonrió tan triste que no pudimos decir nada, estuvimos así, en silencio un rato, hasta que le preguntamos si tenía para leer, como para decir algo, porque en la habitación había no menos de diez libros. Esa noche escuché a Berta llorar pero no le dije nada.
Todas estas cosas están pasando y tengo tantas ganas de poder contártelas en el bar, entre medio de dos martinis, vos seco y yo rosado, como antes, y que me digas hija de puta en qué andás. Ya sé, ya sé. Pero igual quería decírtelo. Sabés que no soy buena para guardarme nada.”
sábado, 9 de agosto de 2008
LOS SOCIOS VITALICIOS
-Pasame más diario –dijo Yago al Jefe. Yo sabía que el fuego no iba a encenderse nunca, pero no dije nada. Ya no era época para la parrilla, pero la garrafa se nos había acabado dos meses antes.
Pederneschi decía que en un par de semanas iba a recibir un dinero de sus parientes de Italia y que con eso se solucionaba lo de la garrafa.
Pero el dinero de los parientes de Italia de Pederneschi, que yo imaginaba iguales a Pederneschi pero originales italianos, otros Pederneschi, o Matiotto, o Belluccini, o cualquier otro apellido que sonara de esa manera obscena, no llegaba nunca, era un mesías innoble que sólo cumplía una función para él: relevarlo de salir a buscar trabajo.
Porque los socios, excepto Zoca que dedicaba todo el tiempo al bebé, salíamos todos los días a buscar trabajo. Pasábamos por el kiosco de Tilu a mirar los clasificados y después iniciábamos el ritual de la derrota: una cola de una o más cuadras compuesta por un cuarenta por ciento de fracasados, un treinta de hombres y mujeres jóvenes con buena presencia, un veinte de niños bien en conflicto con sus padres, un diez de nuevos profesionales a la deriva.
Entre los fracasados estábamos nosotros, dentro de un elenco estable que veíamos cada día en las mismas colas: nos ofrecíamos tanto para deliverys, para serenos, para porteros de edificio, como para telefonistas, administrativos, vendedores de lanchas. El grupo de jóvenes con buena presencia era mutante: chicas bien vestidas, uñas prolijas; chicos de corte de pelo moderno y buen gusto en el vestir, todos con conocimientos de inglés y computación. En cuanto a los niños bien, los detectábamos porque aparecían y desaparecían según las variaciones climáticas: si hacía frío o llovía no salían a buscar trabajo. Los profesionales a la deriva se diferenciaban del resto: no hablaban con nadie y los asistía cierto aire de superioridad, a veces hacían cola un par de horas y se iban.
El Jefe decía que teníamos que cuidar la presencia para salir a buscar trabajo. Eso para mí era un verdadero problema.
Córdoba era el más elegante: tenía un traje, compuesto por un saco raído pero que tenía todos los botones y el pantalón, ya fuera de moda, sujeto con una correa grasienta que él llamaba cinturón; el resultado era agradable porque Córdoba había sido uno de los mejores deportistas del club y eso se notaba ahora en sus movimientos, en la seguridad con que se desplazaba, el aplomo de los pasos. El era nuestro número puesto. Pero excepto una temporada en que lo contrataron como casero unos parientes del Bepo, no había vuelto a conseguir nada.
El Jefe ya casi no salía. No le decíamos nada. Creo que entre nosotros existía un acuerdo tácito en que tenía derecho a no hacerlo. Le debíamos estar ahí, tener casa y comida. El había decidido la ocupación del club, después de estudiar la situación legal; había dispuesto las normas de organización interna que aceptábamos y sentíamos debían ser respetadas. Nos sujetábamos a ellas sin cuestionarlas. Nuestra vida en el club era provisoria, lo sabíamos, pero era la única vida que teníamos. Era cierta la miseria, cierta la incertidumbre, cierto el frío y el agua que nos mojaba los pies esa noche. Pero no era menos cierto que también podíamos perder eso y la intemperie sólo podía envilecernos más. No teníamos otra posibilidad. Y así estábamos acompañados hasta que pudiéramos enderezarnos.
Entonces salvo Zoca y el Jefe los demás volvíamos al mediodía con sed y gusto a sal, después de haber olido los asados de los albañiles, de haber deseado los daiquiris de las señoras que llevaban a sus perros a tomar sol a los bares elegantes de la ciudad. A los casados les esperaba una riña conyugal; a mí no me esperaba nada.
-No hay más –dijo el Jefe.
-¿Y cómo hago? Esto no prende. Vamos a comer a las tres de la mañana.
-Vos sos el encargado. Deberías tenerlo previsto.
-No sé a quién le tocaba hoy, pero los chicos tienen hambre. Hagan algo, no los quiero llevar otra vez a lo de mi tía, la última vez se quejó tanto de los aumentos, de lo que paga de teléfono, de lo que paga de gas, que no comí nada. Los chicos por suerte comieron todo. Pero después se durmieron en el colectivo y no podía despertarlos –dijo Mirta mientras untaba unos panes con picadillo.
Excepto Zoca, las mujeres tenían el deporte de la queja. Por suerte las otras dos se habían ido a dormir temprano, pero Mirta que no lo hacía hasta que los chicos comían y se iban a dormir y ella tenía las últimas horas de la noche para increparlo al Mono con total libertad de acción. Era ya el momento en que empezaba esa escena, y estaban dadas las condiciones: los chicos se habían ido a dormir sin cenar más que esos panes y el Mono y Pederneschi seguían con el truco como si no les importara nada.
El Mono hacía lo que podía. Con el truco había desarrollado un refugio eficaz contra la balacera de Mirta. Creo que a Pederneschi no le gustaba nada el truco, pero lo hacía por solidarizarse con el Mono.
Yo miraba las brasas agonizantes sabiendo que no iba a haber cena. Los chicos comieron los panes y corrían alrededor de la sombrilla que decía Sprite y que servía de paraguas y de sarcasmo: no era verano, no había sol, no podíamos comprar una Sprite.
Sin cena y con el frío iba a ser más difícil dormir esa noche. Desde que mi mujer se había ido yo tenía mi maridaje más fiel con el insomnio. Los primeros días me parecía increíble y aunque no la extrañaba a ella, no le perdonaba que se hubiera llevado a Santi sin decirme nada; la llamaba todos los días y ella me decía que allá tenía un futuro, que su hermana la podía ayudar, y que apenas ahorrara unos pesos me lo traía; que estaba lindo y ya dibujaba muñecos con dedos y pantalones. Del desalojo no le conté nada. El Jefe me había aconsejado que no se lo dijera si tenía alguna esperanza de volver con ella.
Después empezó a atender la hermana y yo gastaba mucha plata en llamadas. En lugar de llamarla para que me explicara que allá tenía un futuro empecé a tratar de entenderlo yo, después de todo quién era yo para negarle un futuro si no podía darle ninguno. Y a Santi podía verlo si me salía esa temporadita en el hipódromo, podía ir en tren en las vacaciones y ayudarle a buscar una buena escuela.
Zoca le daba el pecho al bebé y todos los mirábamos en silencio mientras Yago apantallaba lo que quedaba de las brasas. Trasmiten una paz oceánica, decía el Alan Faena. A él le gustaba decir cosas como esa, lindas y complicadas. Yo podía decirlas también, pero no lo hacía. Las pensaba. A veces las escribía. Pero él las decía con impunidad, como si fuera lo más natural del mundo decir algo así en medio del frío y la lluvia de esa noche, el fuego que no prendía, Pederneschi que seguía prometiendo lo de la garrafa, el Jefe que no había podido comunicarse con el síndico. Por eso le habíamos puesto Alan Faena. Porque decía esas cosas.
-Pero ese es un tipo de la moda –había dicho Yago.
-Y qué cuando se pongan de moda esas frases? –dije- El va a pasar a ser el Alan Faena.
Y lo siguió siendo a partir de ese día; cumplía puntualmente su rol que consistía en soltar una de vez en cuando como para sostener su personaje. Así como Yago se ocupaba del fuego, el Jefe de los papeles y de hablar con el síndico, Zoca de amamantar y acariciarle la pelada al Ruso cuando el bebé se dormía, y los demás a las tareas rotativas estipuladas para esa semana, el Alan Faena se ocupaba de las frases. Su trabajo era tan impecable como el de Zoca.
Mirta se llevó los chicos a dormir y Zoca acostó al bebé. Ahora el Ruso había apoyado la cabeza en las rodillas de Zoca y ella le acariciaba la frente. No sabíamos cómo era la historia entre esos dos. No sabíamos si ella tenía permiso de residencia, ni de su pasado, ni si el chico era del Ruso. Pero las mujeres la habían aceptado y eso bastaba; al principio lo habíamos hecho por el Ruso pero después le tomamos cariño. Y el bebé era como una promesa que todavía podía cumplirse.
-Me gusta, es decorosa –me había dicho el Alan Faena una vez.
Lo único que nos faltaba, le dije, un quilombete sentimental. No jodamos con eso, ya tenemos bastante de todo. Me contestó que era una opinión desde el punto de vista contemplativo. Pero yo lo conocía bien y no le creí. Para contemplar uno iba al balneario, o a la peatonal, él tal vez al museo municipal. Pero no se mira a la mujer de un amigo.
-Marcos, andate hasta lo del viejo y pedile diarios y si tiene algo de alcohol –me dijo Yago.
-En qué sentido? –pregunté estirando el momento de cumplir con la tarea que me estaba asignando.
-Alcohol etílico, digo, para el fuego, o tenés cara para ir a las diez de la noche a pedirle whisky escocés para la sobremesa también y el Corriere Della Sera.
-No me da más la cara. Y el viejo no se enoja nunca, y eso es peor. Preferiría que me diga andate a la mierda, o que no atienda. Qué se yo. Pobre viejo.
-Y si no tiene con quién hablar –dijo Mirta. –Lo mejor que le puede pasar es que vayas vos y le pidas algo, él te cuenta que no ganó a la quiniela y que el ferretero tiene la vereda que es un desastre y vos traés diario y vemos que pasa con el fuego. Yago, así andás con las mujeres? No pegás una.
Escuché los últimos ecos de la voz de Mirta hostigando al parrillero que se perdían con el foco y la sombrilla de Sprite. Levanté el cierre de la campera y me peiné con los dedos. Fui hasta lo del viejo. Me apoyé en la reja y prendí un cigarrillo. La llovizna ondulaba en unas ráfagas plateadas. La noche ameritaba una frase de las de Alan Faena. Pero a mí no se me ocurría nada. Pasó el 110 con tres pasajeros. Uno era un chico con auriculares que me miró hasta que nos perdimos de vista. Pensé que ese iba a ser el único cruce de nuestras vidas. Pensé en cuántos cruces de esa clase componen una vida. Iba a decirle eso a Alan Faena. No tenía para anotar. Pero a la vuelta iba a decírselo. Apagué el cigarrillo en la vereda del viejo. Toqué el timbre. Esperé mirando la cortina floreada. El viejo se asomó y me sonrió.
Pederneschi decía que en un par de semanas iba a recibir un dinero de sus parientes de Italia y que con eso se solucionaba lo de la garrafa.
Pero el dinero de los parientes de Italia de Pederneschi, que yo imaginaba iguales a Pederneschi pero originales italianos, otros Pederneschi, o Matiotto, o Belluccini, o cualquier otro apellido que sonara de esa manera obscena, no llegaba nunca, era un mesías innoble que sólo cumplía una función para él: relevarlo de salir a buscar trabajo.
Porque los socios, excepto Zoca que dedicaba todo el tiempo al bebé, salíamos todos los días a buscar trabajo. Pasábamos por el kiosco de Tilu a mirar los clasificados y después iniciábamos el ritual de la derrota: una cola de una o más cuadras compuesta por un cuarenta por ciento de fracasados, un treinta de hombres y mujeres jóvenes con buena presencia, un veinte de niños bien en conflicto con sus padres, un diez de nuevos profesionales a la deriva.
Entre los fracasados estábamos nosotros, dentro de un elenco estable que veíamos cada día en las mismas colas: nos ofrecíamos tanto para deliverys, para serenos, para porteros de edificio, como para telefonistas, administrativos, vendedores de lanchas. El grupo de jóvenes con buena presencia era mutante: chicas bien vestidas, uñas prolijas; chicos de corte de pelo moderno y buen gusto en el vestir, todos con conocimientos de inglés y computación. En cuanto a los niños bien, los detectábamos porque aparecían y desaparecían según las variaciones climáticas: si hacía frío o llovía no salían a buscar trabajo. Los profesionales a la deriva se diferenciaban del resto: no hablaban con nadie y los asistía cierto aire de superioridad, a veces hacían cola un par de horas y se iban.
El Jefe decía que teníamos que cuidar la presencia para salir a buscar trabajo. Eso para mí era un verdadero problema.
Córdoba era el más elegante: tenía un traje, compuesto por un saco raído pero que tenía todos los botones y el pantalón, ya fuera de moda, sujeto con una correa grasienta que él llamaba cinturón; el resultado era agradable porque Córdoba había sido uno de los mejores deportistas del club y eso se notaba ahora en sus movimientos, en la seguridad con que se desplazaba, el aplomo de los pasos. El era nuestro número puesto. Pero excepto una temporada en que lo contrataron como casero unos parientes del Bepo, no había vuelto a conseguir nada.
El Jefe ya casi no salía. No le decíamos nada. Creo que entre nosotros existía un acuerdo tácito en que tenía derecho a no hacerlo. Le debíamos estar ahí, tener casa y comida. El había decidido la ocupación del club, después de estudiar la situación legal; había dispuesto las normas de organización interna que aceptábamos y sentíamos debían ser respetadas. Nos sujetábamos a ellas sin cuestionarlas. Nuestra vida en el club era provisoria, lo sabíamos, pero era la única vida que teníamos. Era cierta la miseria, cierta la incertidumbre, cierto el frío y el agua que nos mojaba los pies esa noche. Pero no era menos cierto que también podíamos perder eso y la intemperie sólo podía envilecernos más. No teníamos otra posibilidad. Y así estábamos acompañados hasta que pudiéramos enderezarnos.
Entonces salvo Zoca y el Jefe los demás volvíamos al mediodía con sed y gusto a sal, después de haber olido los asados de los albañiles, de haber deseado los daiquiris de las señoras que llevaban a sus perros a tomar sol a los bares elegantes de la ciudad. A los casados les esperaba una riña conyugal; a mí no me esperaba nada.
-No hay más –dijo el Jefe.
-¿Y cómo hago? Esto no prende. Vamos a comer a las tres de la mañana.
-Vos sos el encargado. Deberías tenerlo previsto.
-No sé a quién le tocaba hoy, pero los chicos tienen hambre. Hagan algo, no los quiero llevar otra vez a lo de mi tía, la última vez se quejó tanto de los aumentos, de lo que paga de teléfono, de lo que paga de gas, que no comí nada. Los chicos por suerte comieron todo. Pero después se durmieron en el colectivo y no podía despertarlos –dijo Mirta mientras untaba unos panes con picadillo.
Excepto Zoca, las mujeres tenían el deporte de la queja. Por suerte las otras dos se habían ido a dormir temprano, pero Mirta que no lo hacía hasta que los chicos comían y se iban a dormir y ella tenía las últimas horas de la noche para increparlo al Mono con total libertad de acción. Era ya el momento en que empezaba esa escena, y estaban dadas las condiciones: los chicos se habían ido a dormir sin cenar más que esos panes y el Mono y Pederneschi seguían con el truco como si no les importara nada.
El Mono hacía lo que podía. Con el truco había desarrollado un refugio eficaz contra la balacera de Mirta. Creo que a Pederneschi no le gustaba nada el truco, pero lo hacía por solidarizarse con el Mono.
Yo miraba las brasas agonizantes sabiendo que no iba a haber cena. Los chicos comieron los panes y corrían alrededor de la sombrilla que decía Sprite y que servía de paraguas y de sarcasmo: no era verano, no había sol, no podíamos comprar una Sprite.
Sin cena y con el frío iba a ser más difícil dormir esa noche. Desde que mi mujer se había ido yo tenía mi maridaje más fiel con el insomnio. Los primeros días me parecía increíble y aunque no la extrañaba a ella, no le perdonaba que se hubiera llevado a Santi sin decirme nada; la llamaba todos los días y ella me decía que allá tenía un futuro, que su hermana la podía ayudar, y que apenas ahorrara unos pesos me lo traía; que estaba lindo y ya dibujaba muñecos con dedos y pantalones. Del desalojo no le conté nada. El Jefe me había aconsejado que no se lo dijera si tenía alguna esperanza de volver con ella.
Después empezó a atender la hermana y yo gastaba mucha plata en llamadas. En lugar de llamarla para que me explicara que allá tenía un futuro empecé a tratar de entenderlo yo, después de todo quién era yo para negarle un futuro si no podía darle ninguno. Y a Santi podía verlo si me salía esa temporadita en el hipódromo, podía ir en tren en las vacaciones y ayudarle a buscar una buena escuela.
Zoca le daba el pecho al bebé y todos los mirábamos en silencio mientras Yago apantallaba lo que quedaba de las brasas. Trasmiten una paz oceánica, decía el Alan Faena. A él le gustaba decir cosas como esa, lindas y complicadas. Yo podía decirlas también, pero no lo hacía. Las pensaba. A veces las escribía. Pero él las decía con impunidad, como si fuera lo más natural del mundo decir algo así en medio del frío y la lluvia de esa noche, el fuego que no prendía, Pederneschi que seguía prometiendo lo de la garrafa, el Jefe que no había podido comunicarse con el síndico. Por eso le habíamos puesto Alan Faena. Porque decía esas cosas.
-Pero ese es un tipo de la moda –había dicho Yago.
-Y qué cuando se pongan de moda esas frases? –dije- El va a pasar a ser el Alan Faena.
Y lo siguió siendo a partir de ese día; cumplía puntualmente su rol que consistía en soltar una de vez en cuando como para sostener su personaje. Así como Yago se ocupaba del fuego, el Jefe de los papeles y de hablar con el síndico, Zoca de amamantar y acariciarle la pelada al Ruso cuando el bebé se dormía, y los demás a las tareas rotativas estipuladas para esa semana, el Alan Faena se ocupaba de las frases. Su trabajo era tan impecable como el de Zoca.
Mirta se llevó los chicos a dormir y Zoca acostó al bebé. Ahora el Ruso había apoyado la cabeza en las rodillas de Zoca y ella le acariciaba la frente. No sabíamos cómo era la historia entre esos dos. No sabíamos si ella tenía permiso de residencia, ni de su pasado, ni si el chico era del Ruso. Pero las mujeres la habían aceptado y eso bastaba; al principio lo habíamos hecho por el Ruso pero después le tomamos cariño. Y el bebé era como una promesa que todavía podía cumplirse.
-Me gusta, es decorosa –me había dicho el Alan Faena una vez.
Lo único que nos faltaba, le dije, un quilombete sentimental. No jodamos con eso, ya tenemos bastante de todo. Me contestó que era una opinión desde el punto de vista contemplativo. Pero yo lo conocía bien y no le creí. Para contemplar uno iba al balneario, o a la peatonal, él tal vez al museo municipal. Pero no se mira a la mujer de un amigo.
-Marcos, andate hasta lo del viejo y pedile diarios y si tiene algo de alcohol –me dijo Yago.
-En qué sentido? –pregunté estirando el momento de cumplir con la tarea que me estaba asignando.
-Alcohol etílico, digo, para el fuego, o tenés cara para ir a las diez de la noche a pedirle whisky escocés para la sobremesa también y el Corriere Della Sera.
-No me da más la cara. Y el viejo no se enoja nunca, y eso es peor. Preferiría que me diga andate a la mierda, o que no atienda. Qué se yo. Pobre viejo.
-Y si no tiene con quién hablar –dijo Mirta. –Lo mejor que le puede pasar es que vayas vos y le pidas algo, él te cuenta que no ganó a la quiniela y que el ferretero tiene la vereda que es un desastre y vos traés diario y vemos que pasa con el fuego. Yago, así andás con las mujeres? No pegás una.
Escuché los últimos ecos de la voz de Mirta hostigando al parrillero que se perdían con el foco y la sombrilla de Sprite. Levanté el cierre de la campera y me peiné con los dedos. Fui hasta lo del viejo. Me apoyé en la reja y prendí un cigarrillo. La llovizna ondulaba en unas ráfagas plateadas. La noche ameritaba una frase de las de Alan Faena. Pero a mí no se me ocurría nada. Pasó el 110 con tres pasajeros. Uno era un chico con auriculares que me miró hasta que nos perdimos de vista. Pensé que ese iba a ser el único cruce de nuestras vidas. Pensé en cuántos cruces de esa clase componen una vida. Iba a decirle eso a Alan Faena. No tenía para anotar. Pero a la vuelta iba a decírselo. Apagué el cigarrillo en la vereda del viejo. Toqué el timbre. Esperé mirando la cortina floreada. El viejo se asomó y me sonrió.
jueves, 31 de julio de 2008
UN ABRIGO DE PAÑO ROJO
Junté coraje y decidí buscar mis pertenencias, las pocas que habían quedado en el departamento en que vivíamos con Manuel.
Tomé un taxi que olía a perro mojado. Bajé la ventanilla. El taxista debía darse cuenta de que olía mal pero parecía no importarle.
En el palier no había nadie. Subí. Entré. Todo olía a humedad y a sopa vieja. Los tipos no abren las ventanas, no ventilan, no dejan entrar el sol. Había ropa por todos lados: era evidente que Manuel disfrutaba de su estado de abandono, ahora sin culpa, sin que nadie le recordara que no tenía que dejar ropa mojada tirada por doquier. Me molestó el descuido del departamento. Aunque yo ya no viviera ahí, me parecía una profanación del lugar que habíamos habitado juntos.
En la alacena estaban los pocillos gemelos. Saqué uno de ellos, que se suponía era mío, lo golpeé contra la batea como si fuera un huevo duro, junté los restos, los tiré a la basura.
Abrí mi placard. Había quedado unas perchas, mi abrigo de paño rojo. Me había llevado toda la ropa y había dejado ese abrigo. No sabía la razón por la que había dejado ese abrigo. Una posibilidad: porque había pensado que era la manera de molestar a Manuel: que abriera la puerta del placard y viera el saco rojo, justo el que yo usaba en los inviernos de nuestros mejores años. Otra: que no podía enojarme completamente con Manuel, que de alguna manera sabía que su traición era un fallido más de nuestra relación e incluso que fuera él quien transgrediera nuestra lealtad era un hecho aleatorio: que bien podría haberme ocurrido a mí. No lo justificaba, lo detestaba por haber ocultado su relación con la tipa del club; pero pensaba qué hubiera pasado si el dueño de la perfumería, en lugar de un viejo feo, hubiera sido un tipo joven e interesante. Había sido fiel, pero había que considerar que yo era fiel como una declaración de principios, era fiel porque detestaba las ambivalencias, las medias tintas, las zonas grises; y yo sabía bien que Manuel las trasuntaba como un pez en el agua. Era esperable que, en el páramo que éramos los dos durante los últimos años, él hubiera elegido esa opción disponible.
Una tercera posibilidad era que no me lo hubiera llevado porque me recordaba dolorosamente los días de felicidad con él.
No sabía cuál era la razón por la que no me lo había llevado. Tal vez las tres lo eran. Lo que sí sabía era que iba a llevármelo en ese momento y que era lo último que me unía a Manuel: abrir esa puerta, retirar el saco rojo, ponerlo en la bolsa de ropa deportiva de Manuel, ropa que él había comprado después de nuestra separación, cerrar la puerta que una llave que desecharía en quince minutos, eran los últimos espacios que me vinculaban a Manuel. Empezó a dolerme el estómago. Cerré. Salí.
Abajo estaba el portero y lo saludé como siempre. Me saludó un poco más distante. Todo eso empezaba a ser parte de este presente de Manuel en que yo era una ausencia, y de este presente mío en que Manuel era una ausencia. Pero no podía llorar, no podía traducir esa imposibilidad del cuerpo, esa opresión permanente en un plexo imaginario que abarcaba toda una parte de mí en lágrimas, o gritos, o maledicencia. No podía nada. El rencor era un veneno que me horadaba a mí y no podía extirpar.
Entré al minimarket. También era la última vez que entraría allí. Seguía atendiéndolo Gastón.
-Hola, Berta –me dijo como si nos hubiéramos visto el día anterior.
-Qué escuchamos hoy?
-Nick Cave.
-Eficaz, Tiki Mayonesa. Quiero un aero y unas mentitas- dije sacando de mi billetera diez pesos. Me dio el chocolate y las pastillas.
Antes de que yo le explicara nada dijo hasta mañana, me apretó la mano en la que tenía el vuelto, mirándome como diciendo: ya sé, no digamos nada, ya sé que mañana no, pero hasta mañana, porque así es el agua y después de todo nadie va a decirme Tiki Mayonesa. Entonces un río de lágrimas vino a mí sin que pudiera poner un dique, empecé a llorar, lloraba y lloraba y Tiki Mayonesa traspuso el escaparate de vidrio, me abrazó y me decía está bien, ya va a pasar, y yo solamente pude decir ay, Tiki, yo lo quise tanto.
Tomé un taxi que olía a perro mojado. Bajé la ventanilla. El taxista debía darse cuenta de que olía mal pero parecía no importarle.
En el palier no había nadie. Subí. Entré. Todo olía a humedad y a sopa vieja. Los tipos no abren las ventanas, no ventilan, no dejan entrar el sol. Había ropa por todos lados: era evidente que Manuel disfrutaba de su estado de abandono, ahora sin culpa, sin que nadie le recordara que no tenía que dejar ropa mojada tirada por doquier. Me molestó el descuido del departamento. Aunque yo ya no viviera ahí, me parecía una profanación del lugar que habíamos habitado juntos.
En la alacena estaban los pocillos gemelos. Saqué uno de ellos, que se suponía era mío, lo golpeé contra la batea como si fuera un huevo duro, junté los restos, los tiré a la basura.
Abrí mi placard. Había quedado unas perchas, mi abrigo de paño rojo. Me había llevado toda la ropa y había dejado ese abrigo. No sabía la razón por la que había dejado ese abrigo. Una posibilidad: porque había pensado que era la manera de molestar a Manuel: que abriera la puerta del placard y viera el saco rojo, justo el que yo usaba en los inviernos de nuestros mejores años. Otra: que no podía enojarme completamente con Manuel, que de alguna manera sabía que su traición era un fallido más de nuestra relación e incluso que fuera él quien transgrediera nuestra lealtad era un hecho aleatorio: que bien podría haberme ocurrido a mí. No lo justificaba, lo detestaba por haber ocultado su relación con la tipa del club; pero pensaba qué hubiera pasado si el dueño de la perfumería, en lugar de un viejo feo, hubiera sido un tipo joven e interesante. Había sido fiel, pero había que considerar que yo era fiel como una declaración de principios, era fiel porque detestaba las ambivalencias, las medias tintas, las zonas grises; y yo sabía bien que Manuel las trasuntaba como un pez en el agua. Era esperable que, en el páramo que éramos los dos durante los últimos años, él hubiera elegido esa opción disponible.
Una tercera posibilidad era que no me lo hubiera llevado porque me recordaba dolorosamente los días de felicidad con él.
No sabía cuál era la razón por la que no me lo había llevado. Tal vez las tres lo eran. Lo que sí sabía era que iba a llevármelo en ese momento y que era lo último que me unía a Manuel: abrir esa puerta, retirar el saco rojo, ponerlo en la bolsa de ropa deportiva de Manuel, ropa que él había comprado después de nuestra separación, cerrar la puerta que una llave que desecharía en quince minutos, eran los últimos espacios que me vinculaban a Manuel. Empezó a dolerme el estómago. Cerré. Salí.
Abajo estaba el portero y lo saludé como siempre. Me saludó un poco más distante. Todo eso empezaba a ser parte de este presente de Manuel en que yo era una ausencia, y de este presente mío en que Manuel era una ausencia. Pero no podía llorar, no podía traducir esa imposibilidad del cuerpo, esa opresión permanente en un plexo imaginario que abarcaba toda una parte de mí en lágrimas, o gritos, o maledicencia. No podía nada. El rencor era un veneno que me horadaba a mí y no podía extirpar.
Entré al minimarket. También era la última vez que entraría allí. Seguía atendiéndolo Gastón.
-Hola, Berta –me dijo como si nos hubiéramos visto el día anterior.
-Qué escuchamos hoy?
-Nick Cave.
-Eficaz, Tiki Mayonesa. Quiero un aero y unas mentitas- dije sacando de mi billetera diez pesos. Me dio el chocolate y las pastillas.
Antes de que yo le explicara nada dijo hasta mañana, me apretó la mano en la que tenía el vuelto, mirándome como diciendo: ya sé, no digamos nada, ya sé que mañana no, pero hasta mañana, porque así es el agua y después de todo nadie va a decirme Tiki Mayonesa. Entonces un río de lágrimas vino a mí sin que pudiera poner un dique, empecé a llorar, lloraba y lloraba y Tiki Mayonesa traspuso el escaparate de vidrio, me abrazó y me decía está bien, ya va a pasar, y yo solamente pude decir ay, Tiki, yo lo quise tanto.
sábado, 19 de julio de 2008
CUARTO CRECIENTE
No extrañaba a Manuel. Era otra cosa. Como una secuencia fotográfica, en medio de mi trabajo, o en la pausa del café, aparecían ante mí las imágenes de los días de mi dicha con él: mi primera clase de buceo, las excursiones debajo del agua; el viaje a Mykonos, las calles minúsculas y sin cuadrícula, Manuel diciéndole a un nativo en un plato de trigo comen tres tigres, -para despistarlo y que el tipo no nos persiguiera para vendernos pinturas horribles-; bucear en el Egeo. La discusión con el dueño de la inmobiliaria, nuestra victoria; la pintura del departamento, los dos sucios, llenos de polvillo y látex barato, mal vestidos, besándonos en el intervalo que nos tomábamos para comer un sándwich y después seguir para que todo estuviera listo en dos días, el tiempo máximo que podíamos resistir antes de mudarnos. Los llamados por teléfono, a cada hora, con cualquier excusa.
Exhumaba los restos de mi pasado con un desgano difuso, un exorcismo que se articulaba más allá de mi voluntad con las vértebras de lo que habíamos atravesado juntos. Tenía una clara percepción de ese proceso. Me sabía un objeto, un material maleable por el impulso vital extrínseco e irrecusable del olvido. Como el deseo, como el agua, el desamor tenía su curso que me era ajeno e inmune. No dejaba de ser un alivio esa noción tan exacta. Eso me proporcionaba oxígeno para trasuntar las horas del día. No era feliz, no lo era más que antes. Pero sentía algo limpio y silencioso que iba corriendo dentro de mí llevándose los materiales tóxicos que habíamos aglutinado él y yo los últimos años. Es cuestión de tiempo, me decían mis compañeros de trabajo. Yo sabía que era verdad: que la herida cauterizaría por el mero decurso de las fases de la luna. Pero también sabía que el tiempo no me regresaría ese material de mí –órgano extremado de sí en la futilidad de la pasión- que me había permitido constituirme con otro. Porque una parte de mí no era sino a partir de Manuel. Entonces sabía que no iba a reconstituir mi vida de pareja con otro y no podía evitar un desaliento imbatible, un lugar que tenía ya identificado y hasta le había puesto un nombre: el cráter de mí.
Había que sumergirse y esperar, pensar en que en la tierra tal vez hubiera cuarto creciente.
Exhumaba los restos de mi pasado con un desgano difuso, un exorcismo que se articulaba más allá de mi voluntad con las vértebras de lo que habíamos atravesado juntos. Tenía una clara percepción de ese proceso. Me sabía un objeto, un material maleable por el impulso vital extrínseco e irrecusable del olvido. Como el deseo, como el agua, el desamor tenía su curso que me era ajeno e inmune. No dejaba de ser un alivio esa noción tan exacta. Eso me proporcionaba oxígeno para trasuntar las horas del día. No era feliz, no lo era más que antes. Pero sentía algo limpio y silencioso que iba corriendo dentro de mí llevándose los materiales tóxicos que habíamos aglutinado él y yo los últimos años. Es cuestión de tiempo, me decían mis compañeros de trabajo. Yo sabía que era verdad: que la herida cauterizaría por el mero decurso de las fases de la luna. Pero también sabía que el tiempo no me regresaría ese material de mí –órgano extremado de sí en la futilidad de la pasión- que me había permitido constituirme con otro. Porque una parte de mí no era sino a partir de Manuel. Entonces sabía que no iba a reconstituir mi vida de pareja con otro y no podía evitar un desaliento imbatible, un lugar que tenía ya identificado y hasta le había puesto un nombre: el cráter de mí.
Había que sumergirse y esperar, pensar en que en la tierra tal vez hubiera cuarto creciente.
miércoles, 16 de julio de 2008
LOS ESTADOS DEL AGUA
No me engañaba en cuanto a Calio. Sabía que me esperaban unos días de ausencia, o todos los venideros. No importaba si eran unos o todos.
Esa ciénaga duró unos días, hasta que pude ver que no había certidumbre posible, que lo único real era ese dolor que había que asir, dejar de hacerlo no era una opción disponible. Mis días con él habían sido una droga. Agua de lluvia. Un predio ficcional y lluvioso, esperado, sabido. Pero como toda droga, tenía el poder de proporcionar una visión del mundo completamente falaz.
Bellísima y falaz.
Entonces habíamos merodeado, nos habíamos olisqueado y presentido, querido y no querido, evitando todo el tiempo vadear la pérdida. Y ahora la pérdida estaba ahí, maciza, corpórea, y paradójicamente no sobrevenida del encuentro de los cuerpos sino de los extraños designios del agua. El regreso a Chile, a una mujer desconocida.
(...) Tenía claro que la pasión era una sustancia, no más que eso. Suministrada por otro, un detonador de endorfinas accionado con agua, con saliva, con palabras, con elemento dérmico, un campo de amapolas particular y exclusivo de dos, único de dos e irreversible.
Pero también en tanto propulsor de un mecanismo químico, reemplazable por una píldora habitual adquirible en comercios del rubro.
El Prozac es un intento de suplir el vacío, en el mismo plano que la máquina de Morel. Llenamos el universo de hologramas, nos bombardeamos sustancias químicas porque lo que no hay es el Otro, esa alteridad viscosa y necesaria que, excepto en intervalos mínimos, siempre va a faltar. (...)
Esa ciénaga duró unos días, hasta que pude ver que no había certidumbre posible, que lo único real era ese dolor que había que asir, dejar de hacerlo no era una opción disponible. Mis días con él habían sido una droga. Agua de lluvia. Un predio ficcional y lluvioso, esperado, sabido. Pero como toda droga, tenía el poder de proporcionar una visión del mundo completamente falaz.
Bellísima y falaz.
Entonces habíamos merodeado, nos habíamos olisqueado y presentido, querido y no querido, evitando todo el tiempo vadear la pérdida. Y ahora la pérdida estaba ahí, maciza, corpórea, y paradójicamente no sobrevenida del encuentro de los cuerpos sino de los extraños designios del agua. El regreso a Chile, a una mujer desconocida.
(...) Tenía claro que la pasión era una sustancia, no más que eso. Suministrada por otro, un detonador de endorfinas accionado con agua, con saliva, con palabras, con elemento dérmico, un campo de amapolas particular y exclusivo de dos, único de dos e irreversible.
Pero también en tanto propulsor de un mecanismo químico, reemplazable por una píldora habitual adquirible en comercios del rubro.
El Prozac es un intento de suplir el vacío, en el mismo plano que la máquina de Morel. Llenamos el universo de hologramas, nos bombardeamos sustancias químicas porque lo que no hay es el Otro, esa alteridad viscosa y necesaria que, excepto en intervalos mínimos, siempre va a faltar. (...)
lunes, 16 de junio de 2008
LA CENA
-Qué pasa? -dijo el Pipu cuando Kolonisky atendió.
-Todo bien, se quedan un rato más? Tengo que convencer a Emilia porque me olvidé que nos juntábamos hoy y le dije que la iba a llevar al cine.
-Eh, viejo, a vos siempre te terminan manejando la vida las minas, se fue la bruja y ahora no podés con tu hija? Dale, dejate de joder y vení que ya pedimos las pizzas. Decile que está Malena y que tiene las zapatillas con rueditas.
-A vos te parece fácil, pero cuando uno le dice algo que contenga la palabra "shopping" o "cine" o "macdonalds" lo graba en el bronce, es terrible. Bueno, aguantenme que en media hora estoy allá. La saco de la ducha y salgo. No empiencen sin mí, eh?
Kolonisky tocó el timbre de la casa de Fernando. Había alquilado una casa en la calle Pueyrredón, con Silvia, su nueva pareja, en la que vivían con los dos hijos del primer matrimonio de ella y, algunos días, cuando su ex no estaba en sus crisis habituales de soledad o tenía un curso o que ir al cine, con los dos suyos, Teo y Malena.
-Tienen un perrito? -preguntó Emilia.
-Creo que no -dijo Kolonisky rozando por un segundo la pequeña mano enguantada de su hija.
Kolonisky sentía culpa. Culpa de todo. Desde que había separado sentía más culpa. Su psicoanalista (ya había decidido que este año iba a dejar, ya hacía cinco que iba en esta segunda etapa, con lo que llevaba gastado ya podía haberse comprado el gomón) le había dicho que era frecuente, que era una etapa, pero a él la culpa le crecía más y más, veía a su ex para dejarle a Emilia, con el bolso con ropa y era como la luna para la marea de su culpa que subía y subía hasta ahogarlo, se tenía que ir. Ella le ofrecía unos mates que él aceptaba, escuchando las cosas de casi siempre, que todavía no les habían puesto el cable, que depositara antes del cinco porque el cinco vencía el alquiler, que no dejara que Emilia anduviera descalza, que hacía mucho frío y esa congestión no le paraba nunca.
-Eeey! adelante! -dijo Fernando mientras le despeinaba el pelo mojado a Emilia.
-Saludá, Emi, no seas así.
-Dejala, estoy acostumbrado, debe ser la barba.
Emilia miró a Fernando como si lo exiliara definitivamente del elenco de esa noche. Al final del pasillo se vio la cara de Malena asomarse y volver a ocultarse.
-Pasá, Emi, los chicos están en la habitación mirando los dibu. A vos te gusta el Cartoon?
Emilia no contestó, se quitó el abrigo y se fue a la habitación de Malena.
En el comedor estaban el Pipu, el Pela, Fernando y el Mono. El Pipu no tenía novia ni se había casado nunca y se parecía cada vez a una mamushka. El Pela había llevado a Juani y a Lucía, que estaba enorme y lindísima. Se había separado hacía dos años y ahora estaba de novio con una médica pediatra que tenía hijos grandes. El Mono era el único que seguía casado, tenía tres chicos de cinco, siete y nueve y el hastío les brotaba de todos los poros y en todas las frases a él y a Laura, su mujer desde el colegio secundario; no se separaría nunca, no sería capaz. Tal vez hace bien, pensaba Kolonsky a veces, cuando veía una peli de Wes Anderson solo, cuando Emilia se dormía y sólo era asistido por el home theater que ella no se había llevado porque con su teoría anti consumo, por despecho, por purismo o porque se quería ir a la mierda de una vez por todas, no se había llevado casi nada. El le había dicho que se llevara lo que quisiera, entonces ella no se había llevado nada, apenas los discos, los libros. Si le hubiera dicho hija de puta, no te llevás nada, seguro ella hubiera querido el lavavajillas, el DVD, todo. Así era, así se había enamorado hacía quince años, de sus excesos y su aspecto desenfocado, así se había hartado de ella, de esas mismas desmesuras. No sabía si la extrañaba, no sabía si quería verla. Lo único que sabía era que esa casa era demasiado grande y había olor a humedad. Tenés que ventilar todos los días, le había dicho ella con el desapego de una inspectora departamental, de un notificador de multas.
Fernando trajo las pizzas que se habían enfriado. Las cortó sin sacarlas de la caja. El Pipu llamó a los chicos. Comían con las manos, sin que nadie les hubiera dicho que se las lavaran. Primera delicia masculina. Frodo entró ladrando y Emilia le tiró un pedazo de pizza al piso, que el perro devoró en tres segundos.
-No le des, Emi, él ya comió -dijo Fernando, cada vez menos simpático para Emilia.
-Este hijo de puta se tiene que retirar -dijo el Pipu refiriéndose al DT que aparecía en la pantalla de la tele diciendo las mismas cosas que decía desde hacía diez años.
-Y que querés, a quién le van a dar ese fierro caliente?- dijo el Mono mientras le pasaba el rolisec al de cinco.
-Yo agarraría si me pagan eso -dijo Fernando.
-Me parece que ahora van a dar los goles, tenés que ver, unos pelotudos, por qué no se van y dejan a los pendejos que tienen más ganas y no están tan intoxicados de guita.
-La verdad.
El de siete del Mono tiró la coca al piso y Fernando dijo no pasó nada, limpialo con el roli.
-No les da, viejo, no les da -dijo el Pipu- Ché, terminenla con la coca, y metanle que ahora empieza Pucca.
-No seas guacho, tené un poco de paciencia, ya te va a tocar -dijo el Mono mientras limpiaba el piso.
Los chicos y Frodo se fueron a la habitación. Fernando se llevó los restos de pizza y los guardó en la heladera. A Kolonsky le dio otra vez esa cosa en el estómago. Debía ser que la cerveza estaba demasiado fría.
-Todo bien, se quedan un rato más? Tengo que convencer a Emilia porque me olvidé que nos juntábamos hoy y le dije que la iba a llevar al cine.
-Eh, viejo, a vos siempre te terminan manejando la vida las minas, se fue la bruja y ahora no podés con tu hija? Dale, dejate de joder y vení que ya pedimos las pizzas. Decile que está Malena y que tiene las zapatillas con rueditas.
-A vos te parece fácil, pero cuando uno le dice algo que contenga la palabra "shopping" o "cine" o "macdonalds" lo graba en el bronce, es terrible. Bueno, aguantenme que en media hora estoy allá. La saco de la ducha y salgo. No empiencen sin mí, eh?
Kolonisky tocó el timbre de la casa de Fernando. Había alquilado una casa en la calle Pueyrredón, con Silvia, su nueva pareja, en la que vivían con los dos hijos del primer matrimonio de ella y, algunos días, cuando su ex no estaba en sus crisis habituales de soledad o tenía un curso o que ir al cine, con los dos suyos, Teo y Malena.
-Tienen un perrito? -preguntó Emilia.
-Creo que no -dijo Kolonisky rozando por un segundo la pequeña mano enguantada de su hija.
Kolonisky sentía culpa. Culpa de todo. Desde que había separado sentía más culpa. Su psicoanalista (ya había decidido que este año iba a dejar, ya hacía cinco que iba en esta segunda etapa, con lo que llevaba gastado ya podía haberse comprado el gomón) le había dicho que era frecuente, que era una etapa, pero a él la culpa le crecía más y más, veía a su ex para dejarle a Emilia, con el bolso con ropa y era como la luna para la marea de su culpa que subía y subía hasta ahogarlo, se tenía que ir. Ella le ofrecía unos mates que él aceptaba, escuchando las cosas de casi siempre, que todavía no les habían puesto el cable, que depositara antes del cinco porque el cinco vencía el alquiler, que no dejara que Emilia anduviera descalza, que hacía mucho frío y esa congestión no le paraba nunca.
-Eeey! adelante! -dijo Fernando mientras le despeinaba el pelo mojado a Emilia.
-Saludá, Emi, no seas así.
-Dejala, estoy acostumbrado, debe ser la barba.
Emilia miró a Fernando como si lo exiliara definitivamente del elenco de esa noche. Al final del pasillo se vio la cara de Malena asomarse y volver a ocultarse.
-Pasá, Emi, los chicos están en la habitación mirando los dibu. A vos te gusta el Cartoon?
Emilia no contestó, se quitó el abrigo y se fue a la habitación de Malena.
En el comedor estaban el Pipu, el Pela, Fernando y el Mono. El Pipu no tenía novia ni se había casado nunca y se parecía cada vez a una mamushka. El Pela había llevado a Juani y a Lucía, que estaba enorme y lindísima. Se había separado hacía dos años y ahora estaba de novio con una médica pediatra que tenía hijos grandes. El Mono era el único que seguía casado, tenía tres chicos de cinco, siete y nueve y el hastío les brotaba de todos los poros y en todas las frases a él y a Laura, su mujer desde el colegio secundario; no se separaría nunca, no sería capaz. Tal vez hace bien, pensaba Kolonsky a veces, cuando veía una peli de Wes Anderson solo, cuando Emilia se dormía y sólo era asistido por el home theater que ella no se había llevado porque con su teoría anti consumo, por despecho, por purismo o porque se quería ir a la mierda de una vez por todas, no se había llevado casi nada. El le había dicho que se llevara lo que quisiera, entonces ella no se había llevado nada, apenas los discos, los libros. Si le hubiera dicho hija de puta, no te llevás nada, seguro ella hubiera querido el lavavajillas, el DVD, todo. Así era, así se había enamorado hacía quince años, de sus excesos y su aspecto desenfocado, así se había hartado de ella, de esas mismas desmesuras. No sabía si la extrañaba, no sabía si quería verla. Lo único que sabía era que esa casa era demasiado grande y había olor a humedad. Tenés que ventilar todos los días, le había dicho ella con el desapego de una inspectora departamental, de un notificador de multas.
Fernando trajo las pizzas que se habían enfriado. Las cortó sin sacarlas de la caja. El Pipu llamó a los chicos. Comían con las manos, sin que nadie les hubiera dicho que se las lavaran. Primera delicia masculina. Frodo entró ladrando y Emilia le tiró un pedazo de pizza al piso, que el perro devoró en tres segundos.
-No le des, Emi, él ya comió -dijo Fernando, cada vez menos simpático para Emilia.
-Este hijo de puta se tiene que retirar -dijo el Pipu refiriéndose al DT que aparecía en la pantalla de la tele diciendo las mismas cosas que decía desde hacía diez años.
-Y que querés, a quién le van a dar ese fierro caliente?- dijo el Mono mientras le pasaba el rolisec al de cinco.
-Yo agarraría si me pagan eso -dijo Fernando.
-Me parece que ahora van a dar los goles, tenés que ver, unos pelotudos, por qué no se van y dejan a los pendejos que tienen más ganas y no están tan intoxicados de guita.
-La verdad.
El de siete del Mono tiró la coca al piso y Fernando dijo no pasó nada, limpialo con el roli.
-No les da, viejo, no les da -dijo el Pipu- Ché, terminenla con la coca, y metanle que ahora empieza Pucca.
-No seas guacho, tené un poco de paciencia, ya te va a tocar -dijo el Mono mientras limpiaba el piso.
Los chicos y Frodo se fueron a la habitación. Fernando se llevó los restos de pizza y los guardó en la heladera. A Kolonsky le dio otra vez esa cosa en el estómago. Debía ser que la cerveza estaba demasiado fría.
domingo, 8 de junio de 2008
UNOS GOMICUER COLOR SUELA
-Llená el tanque -dije al tipo de la estación de servicio mientras ponía en su palma grasienta las llaves. Fui hasta el baño. En el espejo me encontré poco presentable. A ella le gustaba así, desprolijo. Eso decía antes. Pero tal vez había cambiado.
Eran las diez menos cuarto y faltaban sesenta kilómetros. Pagué con la tarjeta de débito y el tipo me pidió el documento. La foto era un espectro sepia. Me miró.
-Firme aquí -dijo.
Apagué el aire acondicionado porque me daba dolor de cabeza. No aguantaba más la radio. Puse el disco de Amy Winehouse. Recordé a mi hija. Ella se reía de mi afición por 'esas músicas para adolescentes'. No hay edad para eso, hija, contestaba yo. Y ella decía entonces que estaba bien, que al menos era rescatable mi coherencia en ser adolescente en todo, más adolescente que ella. Creo que le gustaba mi obstinada inmadurez: que a los sesenta años escuchara esa música, leyera Artaud y Ezra Pound, anduviera por los bares a la tarde hablando con desconocidos. O sabía que eran los únicos antídotos con que contaba para apaciguar el gusto amargo que me venía a la boca a esa hora en la que todos salían de su trabajo para volver a su casa, estar con la familia, cenar una comida de madre discutiendo temas repetidos con TV de fondo. Pero yo había dejado todo eso por decisión propia: al principio fue una puntada en el estómago, después meses de insomnio hasta que pude irme a un habitáculo mínimo en la calle Salta, prestado por otro amigo separado.
Dos chicas que hacían dedo me mostraban un cartel que decía La Carlota. Las saludé y me sonrieron pero no paré. Quería llegar lo más temprano posible. Amy seguía diciéndole a un pobre tipo que no era buena. Una mujer que de verdad no lo fuera no lo diría. Sí que es buena. Sin importarle si eras buena. Fuiste buena y consecuente.
Ella había sido una mujer buena. No lo pude saber a tiempo, lo sabía ahora, cuando ya no era útil para nada. Cuántos otoños tienen que pasar para que vivamos juntos? -me preguntaba cuando hablábamos por teléfono, en medio de un mal chiste mío o cuando le contaba qué iba a cenar esa noche, casi siempre una sopa instantánea o un lomita del bar de la esquina. Yo me reía y no decía nada. No sabía. Yo quería que fuera ese otoño pero no decía nada. No se podía. Su hijo, mi hija, mi ex, su ex. No se podía. Ella callaba y se quedaba mirando un botón del saco, o un punto de la pared desnuda. Hasta que yo cambiaba de tema.
En la entrada del pueblo había un cartel despintado que decía bienvenidos. El banco debía estar en la avenida principal. El bar de Coco. Mimitos ropa de bebés. Nenucha boutique. Elda Moro estilista. Al fin, el cajero. Estacioné sin dificultades. Eso era lo bueno de los pueblos. Una mujer con una bolsa con verduras me dijo buen día. Eso era lo malo de los pueblos. Buen día, dije y me metí en el cubículo húmedo.
Le había mentido. Le había dicho que no podía hacer transferencia ni giro porque el banco tenía problemas con mi cuenta, que era una cuestión informática que nunca habían podido solucionar. Que entonces iba a llevarle efectivo. Ella me había creído o había hecho como que me había creído.
Había pasado tres años desde su traslado. Yo seguía sin entenderlo. No sabía por qué no le había pedido que se quedara, que de todos modos nos íbamos a arreglar con la plata, que alquilaríamos algo más grande para vivir con los chicos. No sabía por qué, pero me había faltado fuerzas.
La había visto una vez en la terraza del apart al que íbamos con el Ruso. Me había llamado la atención sus manos, eran como distintas del resto del cuerpo, más infantiles. Parecía mucho más joven que yo, pero no me importó. La miré con descaro hasta que se fue. Tres días después la crucé en el puesto de José y le dije que no comprara ese diario oficialista. Por eso lo compro, me dijo y a las dos horas estábamos cambiando horarios y teléfonos.
Después vinieron las tardes furtivas en mi departamento, ya me había mudado a Oroño. Nos exprimíamos palabras obscenas, besos, lo que fuera hasta el momento que pudiéramos, en el que ella se iba en taxi, despeinada, oliendo a mí y enojada por cualquier cosa para poder sobrellevar una despedida digna sin lágrimas ni escenas adolescentes. Adolescentes, decía mi hija.
Busqué la agenda en la guantera. M. María. Pasaje Parque 432. Dónde sería ese pasaje parque.
Al principio era así. No importaba nada, contábamos el tiempo que faltaba para el taxi entre medialunas del día anterior y mi café lavado. Después empezaron los hoy no puedo. Yo tenía los cursos en el Poli, ella las horas extras. Las reuniones del colegio de Martín. Las clases de patín de Sole. Un día me dijo que estábamos dejándonos atravesar por los acontecimientos. Le contesté que no creía que pudiera hacerse nada.
Después empezó a flotar entre nosotros una cosa rara, como si faltara la fe. Después del sexo se vestía de espaldas y en silencio, me daba un beso breve y se iba, sin medialunas viejas, sin dejar que la acompañara hasta el taxi. Yo no hacía nada porque me faltaban fuerzas. No podría haber soportado otro fracaso, y ella pasaba mucho tiempo con su amigo de la oficina, demasiado tiempo para ser sólo amigos. Y su ex que iba todos los jueves para charlar asuntos de Martín.
Después vino el traslado. Al principio me escribía todos los días, después cada vez menos. Hasta que no escribió más. Sólo supe de ella cuando llamó y me dijo lo de la operación de Martín. Le ofrecí todo lo que tenía en la cuenta, no lo dudé. Ella lloraba y no dijo sí, no dijo nada. Mañana te llamo yo, le dije.
Un gordo con una bufanda azul me miró como si fuéramos conocidos. Detuve el auto y bajé la ventanilla. Pregunté dónde era pasaje parque. Va bien, son seis cuadras más, dijo el gordo salivando la bufanda.
Yo no le había contestado una sola carta. No podía. No sabía por qué, pero no había podido. Estaba toda la semana con los mismos zapatos y tenía que ocuparme de eso. Eran unos gomicuer color suela, pasados de moda. Había que comprar otro par, elegirlos, dar con ellos. Cuando pude resolver lo de los zapatos había pasado tres meses y ella ya no escribía más. No tenía sentido.
Estacioné sin respetar el sentido de la calle. Cerré el auto sin alarma. 432. Era una puerta verde, dos ventanas con rejas. Toqué el timbre. Atendió Martín, ahora tenía una barba incipiente, tres o cuatro pelos que intentaban ser una barba. Buscás a mi mamá, ya la llamo, me dijo.
Eran las diez menos cuarto y faltaban sesenta kilómetros. Pagué con la tarjeta de débito y el tipo me pidió el documento. La foto era un espectro sepia. Me miró.
-Firme aquí -dijo.
Apagué el aire acondicionado porque me daba dolor de cabeza. No aguantaba más la radio. Puse el disco de Amy Winehouse. Recordé a mi hija. Ella se reía de mi afición por 'esas músicas para adolescentes'. No hay edad para eso, hija, contestaba yo. Y ella decía entonces que estaba bien, que al menos era rescatable mi coherencia en ser adolescente en todo, más adolescente que ella. Creo que le gustaba mi obstinada inmadurez: que a los sesenta años escuchara esa música, leyera Artaud y Ezra Pound, anduviera por los bares a la tarde hablando con desconocidos. O sabía que eran los únicos antídotos con que contaba para apaciguar el gusto amargo que me venía a la boca a esa hora en la que todos salían de su trabajo para volver a su casa, estar con la familia, cenar una comida de madre discutiendo temas repetidos con TV de fondo. Pero yo había dejado todo eso por decisión propia: al principio fue una puntada en el estómago, después meses de insomnio hasta que pude irme a un habitáculo mínimo en la calle Salta, prestado por otro amigo separado.
Dos chicas que hacían dedo me mostraban un cartel que decía La Carlota. Las saludé y me sonrieron pero no paré. Quería llegar lo más temprano posible. Amy seguía diciéndole a un pobre tipo que no era buena. Una mujer que de verdad no lo fuera no lo diría. Sí que es buena. Sin importarle si eras buena. Fuiste buena y consecuente.
Ella había sido una mujer buena. No lo pude saber a tiempo, lo sabía ahora, cuando ya no era útil para nada. Cuántos otoños tienen que pasar para que vivamos juntos? -me preguntaba cuando hablábamos por teléfono, en medio de un mal chiste mío o cuando le contaba qué iba a cenar esa noche, casi siempre una sopa instantánea o un lomita del bar de la esquina. Yo me reía y no decía nada. No sabía. Yo quería que fuera ese otoño pero no decía nada. No se podía. Su hijo, mi hija, mi ex, su ex. No se podía. Ella callaba y se quedaba mirando un botón del saco, o un punto de la pared desnuda. Hasta que yo cambiaba de tema.
En la entrada del pueblo había un cartel despintado que decía bienvenidos. El banco debía estar en la avenida principal. El bar de Coco. Mimitos ropa de bebés. Nenucha boutique. Elda Moro estilista. Al fin, el cajero. Estacioné sin dificultades. Eso era lo bueno de los pueblos. Una mujer con una bolsa con verduras me dijo buen día. Eso era lo malo de los pueblos. Buen día, dije y me metí en el cubículo húmedo.
Le había mentido. Le había dicho que no podía hacer transferencia ni giro porque el banco tenía problemas con mi cuenta, que era una cuestión informática que nunca habían podido solucionar. Que entonces iba a llevarle efectivo. Ella me había creído o había hecho como que me había creído.
Había pasado tres años desde su traslado. Yo seguía sin entenderlo. No sabía por qué no le había pedido que se quedara, que de todos modos nos íbamos a arreglar con la plata, que alquilaríamos algo más grande para vivir con los chicos. No sabía por qué, pero me había faltado fuerzas.
La había visto una vez en la terraza del apart al que íbamos con el Ruso. Me había llamado la atención sus manos, eran como distintas del resto del cuerpo, más infantiles. Parecía mucho más joven que yo, pero no me importó. La miré con descaro hasta que se fue. Tres días después la crucé en el puesto de José y le dije que no comprara ese diario oficialista. Por eso lo compro, me dijo y a las dos horas estábamos cambiando horarios y teléfonos.
Después vinieron las tardes furtivas en mi departamento, ya me había mudado a Oroño. Nos exprimíamos palabras obscenas, besos, lo que fuera hasta el momento que pudiéramos, en el que ella se iba en taxi, despeinada, oliendo a mí y enojada por cualquier cosa para poder sobrellevar una despedida digna sin lágrimas ni escenas adolescentes. Adolescentes, decía mi hija.
Busqué la agenda en la guantera. M. María. Pasaje Parque 432. Dónde sería ese pasaje parque.
Al principio era así. No importaba nada, contábamos el tiempo que faltaba para el taxi entre medialunas del día anterior y mi café lavado. Después empezaron los hoy no puedo. Yo tenía los cursos en el Poli, ella las horas extras. Las reuniones del colegio de Martín. Las clases de patín de Sole. Un día me dijo que estábamos dejándonos atravesar por los acontecimientos. Le contesté que no creía que pudiera hacerse nada.
Después empezó a flotar entre nosotros una cosa rara, como si faltara la fe. Después del sexo se vestía de espaldas y en silencio, me daba un beso breve y se iba, sin medialunas viejas, sin dejar que la acompañara hasta el taxi. Yo no hacía nada porque me faltaban fuerzas. No podría haber soportado otro fracaso, y ella pasaba mucho tiempo con su amigo de la oficina, demasiado tiempo para ser sólo amigos. Y su ex que iba todos los jueves para charlar asuntos de Martín.
Después vino el traslado. Al principio me escribía todos los días, después cada vez menos. Hasta que no escribió más. Sólo supe de ella cuando llamó y me dijo lo de la operación de Martín. Le ofrecí todo lo que tenía en la cuenta, no lo dudé. Ella lloraba y no dijo sí, no dijo nada. Mañana te llamo yo, le dije.
Un gordo con una bufanda azul me miró como si fuéramos conocidos. Detuve el auto y bajé la ventanilla. Pregunté dónde era pasaje parque. Va bien, son seis cuadras más, dijo el gordo salivando la bufanda.
Yo no le había contestado una sola carta. No podía. No sabía por qué, pero no había podido. Estaba toda la semana con los mismos zapatos y tenía que ocuparme de eso. Eran unos gomicuer color suela, pasados de moda. Había que comprar otro par, elegirlos, dar con ellos. Cuando pude resolver lo de los zapatos había pasado tres meses y ella ya no escribía más. No tenía sentido.
Estacioné sin respetar el sentido de la calle. Cerré el auto sin alarma. 432. Era una puerta verde, dos ventanas con rejas. Toqué el timbre. Atendió Martín, ahora tenía una barba incipiente, tres o cuatro pelos que intentaban ser una barba. Buscás a mi mamá, ya la llamo, me dijo.
miércoles, 21 de mayo de 2008
ESPERA DE BARCOS
Tres barcos solos en medio de la noche
vacas asadas y chasquidos de terratenientes
un barco uno sus pestañas
el tipo desenfunda sus balas me guarezco
en el tul difuso de mi pollera
lo veo detrás del humo
me puse alta y sin embargo
sigo
tan barco que hace agua
bajo el muérdago dije
pero no es navidad.
Fiesta
sí
fiesta de flamencos.
vacas asadas y chasquidos de terratenientes
un barco uno sus pestañas
el tipo desenfunda sus balas me guarezco
en el tul difuso de mi pollera
lo veo detrás del humo
me puse alta y sin embargo
sigo
tan barco que hace agua
bajo el muérdago dije
pero no es navidad.
Fiesta
sí
fiesta de flamencos.
lunes, 19 de mayo de 2008
HABLABAMOS DE VIAJE A DARJEELING (Soñar con él)
Estaba de espaldas
por un tiempo más
un bonus track
con sus mujeres.
Los cimientos de mí.
El deseo invisible
desteje y desovilla.
Lágrimas olímpicas
seis de la mañana.
En la mitad del álgebra de células voraces
tus putos relojes
las piedras sin ruido.
No importa el resultado, dijo ella.
(Las valijas caían del tren)
Taxis que pasaban
el cliché del final de la noche de peli de Jarmusch.
por un tiempo más
un bonus track
con sus mujeres.
Los cimientos de mí.
El deseo invisible
desteje y desovilla.
Lágrimas olímpicas
seis de la mañana.
En la mitad del álgebra de células voraces
tus putos relojes
las piedras sin ruido.
No importa el resultado, dijo ella.
(Las valijas caían del tren)
Taxis que pasaban
el cliché del final de la noche de peli de Jarmusch.
martes, 13 de mayo de 2008
AUTOPISTAS
Estalla el otoño pero mar desaforado.
Autopistas de estreno.
En el sur
oro en las ventanas.
Días húmedos al fin.
Autopistas de estreno.
En el sur
oro en las ventanas.
Días húmedos al fin.
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