lunes 5 de diciembre de 2011

Perro de aire, mujer de agua


 

Este perro vive del aire, no come nada

digo a mi hija el domingo a la noche

ya en los preparativos de la semana

milanesas de soja y el uniforme

y que no se olvide el libro de lengua.


 

Soy capaz de quejarme del desastre que hizo Félix

de papeles tirados en el piso

eso me alivia considerablemente

vuelvo a mi vida civil

a ser madre una responsable

mirando un noticiero en el que un tipo

dice que la derecha sigue siendo la misma derecha.


 

Las milanesas de soja son un bloque congelado

las pongo así en la olla

esperando que el calor las separe

y pienso

en si estamos separados o no

ahora que he vuelto a ser una sola persona

después de estos días de mis vidas dispares.


 

Era de noche.

El casino es igual que si fuera de día

no hay diferencia allí.

En el patio de los fumadores

la luz ondulaba en el agua

pensé en el momento perfecto del regreso

lo vi

en la ventanilla

con los hilos de agua y uno que iba en bici

y era tedioso esperar que Marcelo

terminara con las maquinitas.


 

Por suerte encuentro

el final de una peli

que me trae de vuelta de este lado

mi hija me cuenta su novela

y digo es tarde

hay que bañarse y preparar la mochi

y avisar a Estela que estamos en Moreno.


 

domingo 22 de mayo de 2011

Día de elecciones

En la mesa 3617

los cubos de cartón

y las boletas

y la urna de colores.

Todo se comparte.

No es como antes.

son como antes

las autoridades

que toman mate

y gaseosa de naranja

y la barba del tipo

que fiscaliza y dirige

la fila de dos en la que estoy

detrás de mí

una mujer y dos nenas

cívicas las tres y moño rosa

la madre pañuelo e impermeable

todo rosa

y el ceño

de dónde te conozco, dice

de la facultad, digo.

Hablamos.

Un señor que se queja

de que esto es un quilombo.

En la pared

con letra infantil

deje aquí sus rebistas.

Dos chicos demasiado jóvenes

en la esquina

me dicen un piropo

y les contesto

Chicos, no están bien,

tengo más de cuarenta.

Compro

pastelitos de dulce

pan y una pre pizza.

De una casa enrejada

sale

olor a salsa

de esas

que se cuecen bien temprano

y se dejan.

Pasa un hombre

con una caja de pasta fresca.

Algo en el aire

de celebración

todavía persiste

eso del voto

o será que la gente

está aliviada

del poné a barlé toda la tarde.

Un container naranja

admite

botellas de plástico

para reciclar.

Mi DNI ya no tiene

espacio

para otras votaciones.

Me pregunto

si debo por esto hacer algún balance

y sin embargo

es un día precioso

esta vereda

húmeda y bordeada de lazos de amor

esas señoras

que salen del super

detrás de los lentes

la lágrima de pintura negra

que cruza la cara de mónica fein

es todo tan claro y tan presente

que tal vez no vote la próxima

y no importe.

domingo 15 de mayo de 2011

LOS VIAJES DEL AGUA

A propósito de Buceo, de Edgardo Zotto, Mansalva, 2010.

http://www.nuestrotaller.com.ar/wp-content/uploads/2011/05/Buceo.jpg

Bucear en los poemas de EZ y volver al mundo exterior, a la atmósfera seca, nos deja esa suave tristeza del final de los viajes, porque hay algo allí que se escurre todo el tiempo. Escurrir en su acepción de deslizar, escabullirse.

En algunos parajes no hay semántica posible. Como Abstracto/Concreto. No se trata de lo que nombra, porque es más lo que calla que lo nombrado.

Se dice que escribir es un intento de cercar. Los poemas serían, entonces, un cerco de palabras. Pero cuando Zotto cerca, se a-cerca, y cuando parece que algo ha quedado cercado, allí es donde se va, se pierde. Un viaje del agua. Todo está fluyendo y corriendo y perdiéndose en los cauces que dispone.

Pierde la luz de lo soñado en la oscuridad de la vigilia.

Todo se pierde en los pliegues del lenguaje como en Bien pudo ser Islandia: Nada que decir y dice, callando, todo.

La memoria es también un intento de cercar eso que corre. Es piadoso: nos da una clave en el epígrafe, nos avisa: no hay manera posible, sólo es bucear, todo es maleable materia del olvido. Nos deja a salvo de su otra obsesión: que algo se fije en la memoria, nos exonera (quiere hacerlo) de su dolor. Sin embargo, todavía duele en estos poemas el olvido porque todo lo quisiera en la memoria: Creo que estuve ahí /pero no estoy seguro.

En esta sumersión uno va completo, porque hay un océano en lo que calla.

Calla, es decoroso. Y sin embargo, Zotto no decora. Su poesía no es vistosa, no se viste de nada. Nada. Con nosotros nada, despoja. No talla, no estalla, persiste hasta encontrar el jugo de la piedra.

El autor no está, se desdibuja para dejar lugar al espesor de la imagen. Puede adivinarse en la nostalgia de Tiempos, un poema atemporal, otra vez ese leve sarcasmo, decir pero no decir, tiempo pero atemporal

Cuando el autor está, lo vemos situado en un lugar que, como dice Fernando Cabrera, está después: estrellas/ de roja levedad/ de lisísima trama. Su poesía es sin edad, es también una predicción estética.

Está también su vitalidad, como cuando busca un signo de lo vivo en el grillo insomne.

Y lo vemos invisible en la despedida, Buceo, un raro palíndromo, nos deja ir con la estela de lo nuevo.

Buceo es un viaje a las profundidades a las que uno siempre querrá volver.

sábado 9 de abril de 2011

El porvenir de las vacas


Las mesas son de pino

y el piso pinotea

de dos clases.

Las copas

brillan

a contraluz.

En la ventana

un hilo de agua.

Tres vacas

desde un cuadro

me miran pinchar un bocado que sangra

preguntan

si acaso

se pusiera de moda

un tirando a jugoso

de triguito burgol.

miércoles 23 de marzo de 2011

periferia

en el sur
no hay tsunamis

hay
tormentas
tornados
precipitaciones aisladas
catástrofes
alertas

y esta
primera lluvia
sin su voz

domingo 20 de marzo de 2011

EL RINCON VIP: Por fin, inauguró La Despensa


En directo para la NNC, en la inauguración de La Despensa García Martínez, los accionistas mayoritarios Rama y Poliester. La locución fue cubierta por el mismo Rama, por razones presupuestarias.

En rueda de prensa se les preguntó si la obra estaba lista para ser publicada. Poliester respondió "Qué obra?". Rama salió al cruce diciendo que le falta un toque de cocción.

Mastrizzo fue al fin dilucidada en la red social y aportará platos principales. Praderas en viaje de negocios con Marcos Bloom, animado por la ola negra. Laburáin prepara su vestido negro más intenso para ser la primera habitué. Boasso se encargaría del pasaplatos.

el arca de los torsegno

llueve
desde mi portalámparas

la mesa
isla de roca
sobre el territorio
del parquet inundado

si enciendo la luz,
¿haré relámpagos?

plaza jewell

Una hilera de árboles
y nuevos edificios
al final
como en un cuento
la paz de la muralla
y el brillo del riego.

Estas cosas
y el tapizado
distracciones del día.

lunes 24 de enero de 2011

capítulos de patas, olvidados u omitidos, ya no sé

y sin correcciones

MI AMIGA BARTLEBY

Lo peor no era revisar el proyecto sino tener que ponerme en contacto con mi director de tesis y comunicarle que no había aprobado. Decirle que iba a tener que trabajar más por culpa de mi obstinación en un enfoque que él me había desaconsejado.

Acordamos un encuentro en el bar de la facultad. No le adelanté nada y él, sabiendo que yo tenía el resultado, no me lo preguntó.

Por primera vez llegué antes. Pedí café.

La población estudiantil del bar consistía en tres chicas, una de ellas con minifalda, que tomaban café con edulcorante; una mesa con dos chicos pálidos concentrados en sus apuntes, uno tomaba agua tónica y el otro mineral sin gas. En ese momento advertí que había sido impiadoso citar a mi director a las cinco de la tarde cuando el termómetro no bajaba de los treinta y ocho grados.

-No hay acondicionador de aire? –pregunté al Yeti cuando me trajo el café.

-Esto es Argentina –me contestó. Después me miró tres segundos. –Bueno, vos sos chileno, ya sabés cómo es esto.

Las chicas de la mesa hablaban en voz baja y sonreían. Una de ellas me miraba pero no era la de la minifalda. Eran las cinco y veinte. Como no estaba bien mirar las piernas de una alumna de la facultad, saqué de mi bolso un libro de Melville que había prestado Juan.

Narcisa me había hablado de un cuento de Melville sobre un oficinista. Lo busqué. Bartleby el escribiente.

La había llamado tres veces en la última semana y no había podido encontrarme con ella. Como Bartleby, Narcisa me era inasequible. Preferiría no hacerlo, decía sin decirlo.

Llegó el director. Pude ver que tenía el mismo pantalón que en el invierno. Pedí café para él.

-No me lo aprobaron –le dije enseguida.

-Ya lo sé- contestó mientras miraba de reojo a Minifaldas estéticas.

Esperé el aluvión admonitorio, o como mínimo un te lo dije. Pero en cambio:

-No me extraña. Son unos burócratas de mierda –dijo dedicándose al café y olvidando la minifalda.

Quedé pasmado. Era la primera vez que lo escuchaba hablar así. Siempre había sido fijate, cuidado, mirá que no es conveniente, por qué mejor no considerar. Y ahora que

debería sancionar mi exceso de confianza -me lo había firmado sin leer la versión final y yo le había dicho sin darle importancia, después de que firmó, que tal vez haría algunas modificaciones, y él había dicho sí con la cabeza- no lo hacía. A mi favor podía pensarse que no fue exactamente una traición sino más exactamente un vuelco involuntario. Una cosa que me apareció en el estómago cuando tuve la nota firmada. Cambiar lo que quería costaba sólo alterar dos páginas y la foliatura. No pude no hacerlo. Algunos cambios, le había dicho y no dejaba de ser eso. Sólo que no le había dicho qué había cambiado y que ese viraje inesperado implicaba un desplazamiento de algunos puntos fundamentales del proyecto.

Ahora él leía y yo esperaba el veredicto que no apelaría, cumpliría mi condena, vender las cosas o dárselas a Anka, despedirme. Despedirme.

-Muy bien, me lo llevo y en dos días te paso un cronograma. Cuántos días tenés? –dijo.

-Quince.

-En diez lo tenemos, no te preocupes.

-Pero hay que revisar el marco teórico también. Es imposible.

-Ni se te ocurra. Va a ir así.- dijo mientras se levantaba y se iba con mi proyecto fallido.

Estaba desconcertado. Me culpé por mi irreductibilidad, por mi estúpida actitud de apartarme de lo que me demarcaban como la vía utilitaria. La sensatez me aburría, me sabía a renuncia a mis principios, entonces tenía la regla de no ser sensato; tampoco lo contrario, porque era lo mismo pero del otro lado. Casi siempre me iba mal. Y ahora había hecho lo mismo con mi tesis y lo pagaría. No sabía si mi director era consciente de lo que significaba la beca para mí: no era sólo mi sostén económico, era la posibilidad de seguir con una vida que era la mía, en un país que no era el mío y que amaba, con personas que no quería dejar por el camino, con mi pasado por primera vez archivado en un lugar en el que no molestaba.

Al día siguiente recibí el correo electrónico en el que me daba las directivas para la revisión. Era la idea original, no la de las correcciones. “Estos hijos de puta quieren que todos seamos empleados de las multinacionales” decía en el mail.

Tuve una felicidad que era como un chicle de la infancia. Empecé a trabajar febrilmente, escribía todo el día y parte de la noche.

Cuando descansaba unos minutos para tomar un café la llamaba a Narcisa. Nunca estaba.

Volví a Bartleby. Yo era el escribiente pero Bartleby era ella: “parecía acechar en ella cierto desdén tranquilo”, decía Melville. Cuando la encontré le conté que estaba enfrascado en la tesis y que quería despejarme, almorzar con ella en el bar del puerto; me dijo que estaba terminando un trabajo y que salía muy tarde. Prefiero no cenar hoy”, decía el oficinista de Melville.

Seguía escribiendo, pensando en que en algún momento iba a contarme qué era lo que estaba pasando. Llamé a Berta, a Anka. Todo normal. Pero no, yo sabía que no.

El final de Bartleby era demoledor. Preferiría no pensar en eso.

Mis días se agotaban en ese plexo: el proyecto, el café, la distancia de ella. Mi casa estaba inhabitable, había servilletas de papel por todas partes, mayonesas y ketchups estrangulados y fuera de la heladera, botellas vacías.

El café se había quemado. Acaricié la tapa del libro, lo olí. Busqué las páginas finales del cuento. Una oficina de cartas muertas. Yo era una oficina de cartas muertas.

lunes 13 de diciembre de 2010

sábado 11 de diciembre de 2010

lunes 22 de noviembre de 2010

APUCHETA con los 13 biromes


De izquierda a derecha: abajo: Doffo, Poliester, Trovatto, López Puccio, Pujol, García, Castro Leguizamón, Almagro Paz; arriba: Galimberti, Isaia, Villate, Galliano, Magnano y el pater Scalona.

Apucheta, Crónicas del barro, puede leerse como novela colectiva o nouvelle esquizo que se mantuvo en sus trece a fuerza de doce y sin mí, pero me pudieron, tracción a sangre y corazones, de eso tienen mucho.

Un gran abrazo en el que quepan las 13 biromes.

El libro sale en diciembre por Homo Sapiens.

jueves 12 de agosto de 2010

viejas escenas omitidas

NARCISO

Me sorprendió recibir su mail porque hacía mucho tiempo que no nos comunicábamos. Se había radicado en Berlín desde hacía cinco años. Al principio me escribía todas las semanas y le contestaba puntualmente. Después las comunicaciones se perdieron en el tiempo y el espacio.
Algunas veces lo recordaba. Para mí era Narciso porque era mi alter ego y porque además era esa su definición: nunca había conocido un tipo tan narcisista. Pero habíamos sido muy amigos, siempre nos habíamos querido a pesar de lo mucho que nos irritábamos mutuamente, él con sus tics femeninos, reprochándome siempre lo que yo no hacía o hacía mal, y yo con mis raptos explosivos, mi malhumor, mi llanto por todo.
Había sido mi compañía antes de haber conocido a Calio, a Berta, a Anka. Había sido único, no fungible. Después la presencia de esos tres lo alteró un poco y se fue alejando.
Pero antes habíamos estado muy cerca. Siempre me decía alguna cosa hueca, alguna frivolidad en medio de mis recurrentes oscuridades. Me hacía reír porque realmente era imposible esperar de él algún rasgo de madurez, un consejo, cosas que uno espera de un amigo en los momentos en que el agua turbia sube y sube. El no. El me decía alguna ocurrencia completamente divorciada del sentido común, alguna insensatez, pero inexplicablemente eso decantaba en una inmensa dosis de ternura que sabía proferir en cuanto yo necesitaba.
Pensaba (nunca se lo dije) que en realidad se trataba de una fórmula repelente del dolor porque era extremadamente sensible. De otra manera no había por qué protegerse de nada. Para mí entrar y salir de esos lugares era simple, tenía como un entrenamiento para las caídas abruptas. El no caía. Yo sospechaba que él no sabía entrar y salir, transitar. Debía ser demasiado doloroso su dolor, siempre allá en lo profundo de ese río oscuro.
Entonces jugábamos a cualquier cosa, peleábamos por todo, nos reíamos de todo. Yo lo castigaba por su excesiva femineidad y a él eso lo halagaba muchísimo. Era totalmente distinto que cualquier otro hombre, por lo tanto. Le gustaban las mujeres, tal vez también los hombres, nunca lo supe porque jugaba con eso y yo le seguía el juego, no había para mí ningún peligro porque, aunque amaba mi parte masculina, me gustaban sin duda los hombres. Lo que amaba de ellos era, justamente, que estaban del otro lado.
Narciso y yo habíamos sido dos mitades, sin nunca ningún contacto físico porque lo habíamos respetado así, por esos pactos que funcionan entre dos sin que exista explicación, por miedo a perder el uno al otro, o porque sí, porque el cuerpo era una cuestión menor, una vulgaridad, un ejercicio para otros. No sabía. En todo caso sí sabía que era así, ninguno hacía nada para pasar a otro estado.
Yo suponía que a él le hubiera encantado que yo fuera hombre. Pero después pude saber que no era así. Lo supe por un subterfugio en algo que dijo y ya no recuerdo. Lo vi en sus ojos porque se ponían húmedos cuando yo le decía ciertas cosas. Cuando conocí a Calio y vi el mismo detalle me sorprendí. Eran los dos únicos tipos que lloraban así, silenciosamente, con una lágrima mínima y oculta, cuando yo decía ciertas cosas.
Entonces en su mail me decía que venía a pasar unos meses a la Argentina, que lo fuera a esperar al aeropuerto. No me hizo mucha gracia, sobre todo porque llegaba a las tres de la mañana. Calio no quería ir. Berta trabajaba al día siguiente. Anka no lo soportaba más de tres minutos.
Estuve en el aeropuerto a la hora señalada, a desgano, tal vez porque no sabía con qué me iba a encontrar. No sabía si sería como antes.
Esperaba. Faltaban quince minutos. No era casual que viniera por aire. Narciso era un tipo del aire. Entendí su incompatibilidad con los otros tres. Entendí que se hubiera alejado con la elegancia que podía esperarse de él.
Vi su pelo desde lejos. Vi su campera azul, era él, se reía ancho con sus dientes todos y fue hermoso verlo de nuevo.
Nos abrazamos unos minutos y estaba excesivamente perfumado, como antes pero había cambiado de marca. Me apretó muy fuerte y me dijo: -Hija de puta, cómo te extrañé.
Yo también lo había extrañado. Se lo dije y me contestó que sería por eso que le escribía tanto. Ahí estaba: Narciso otra vez. Me contó un par de cosas y ya estábamos peleando como antes.
Sin embargo no era igual. Era el aire que él traía. O se había edificado algo entre los dos, una arquitectura leve y callada que nos ponía en lugares separados. Agua y aire.
Era extraño. Había llorado tanto por el momento en que lo perdiera, y ahora estaba ahí con la evidencia completa de que lo había perdido y era como si nada, como si fuera natural, como la caída del cabello, como las fases de la luna.
Para él debía ser lo mismo. Dije una de esas cosas que lo harían húmedo. Nada. No había caso. Nos habíamos perdido. Estaba la risa, sí. Era gracioso, lo que contribuía a saber que nos habíamos perdido. Era objetivamente gracioso, no como antes, cuando decía cosas que a todos parecían estúpidas y a mí, sólo a mí, me hacían reír tanto.
El me hablaba del viaje, de la comida del avión que era horrible. Fuimos hasta un bar. Como siempre, eligió una ubicación en que la luz le fuera favorable para que no se notara cuánto pelo menos tenía. Antes eso era encantador. Ahora previsible.
Salimos del bar, caminábamos hasta mi casa. Veía los puentes, las declaraciones de amor eterno. Seba te necesito para vivir. Vane te amo por siempre. Dónde van esos refugios, esos enclaves de amores eternos, de dichas sin límite, las palabras entre dos, el agua, la sangre en las venas, los atajos al tiempo, las uvas compartidas? Dónde estaría Vane, dónde Seba? La pintura tardaría más en borrarse que las sensaciones habidas entre todos esos pares, incluidos Narciso y yo. Pensaba mucho en eso: en la subsistencia de los objetos por sobre las personas. En mi trabajo había una silla, habíamos pasado varias generaciones de empleados, la silla seguía ahí.
Había un cartel donde una multinacional ofrecía bomba de chocolate con helado de crema a domicilio. La felicidad al alcance de la mano y mejor: para disfrutarla solo. Recordé una encuesta que se había hecho en Canadá. La pregunta era qué elegiría si tuviera que prescindir definitivamente de una cosa: el chocolate o el sexo. La mayoría prescindiría del sexo, decía la encuesta.
Probablemente no les faltaba razón a los encuestados. El deseo podría ser una sensación provocada por un estímulo químico, endorfinas o algo así, por ende suministrable por una barra de chocolate. Mejor aún: por una píldora. Llegaría el momento de la historia en que nos administraríamos el deseo con dosis calculadas bajo prescripción médica. La cultura era capaz de eso, de suplir el sexo por un chocolate. De bajas calorías, óptimo.
Traté de pensar que esos lugares que transitamos alguna vez pensando que serían eternos estaban en algún lugar, la energía se transforma. Dónde estaban? Una amiga me contaba que no entendía dónde iban los teléfonos celulares, las PC, todo lo que el consumo deroga cotidianamente. Dónde iba todo eso? A China, dice Ambito Financiero. Respuestas concretas de periodistas pragmáticos.
Por mi parte, opté por pensar en que estaban en el aire. El aire que me había traído a Narciso, el aire que también me lo había llevado. Sin dolor, sin estridencias. A cambio de bombas de chocolate con helado de crema.

sábado 29 de mayo de 2010

la fiesta

Esa noche fui a buscarlas antes de lo acordado, en mi departamento hacía unos cuarenta grados, o sólo por verla con el pelo mojado.
Berta estaba de buen humor, vestida de negro, con un anillo de acrílico verde esmeralda.
Después ella y su perfume, ey, cómo va, sus piernas.
En una hora quince llegamos a la quinta. Nos presentamos como amigos de Juan, era una casa suntuosa: un parque poblado con variedad de especies, piscina y un invernadero. Habían instalado una barra provista de vinos nobles, martinis, espumantes, jugos de fruta, gin, energizantes, agua mineral. Se escuchaba lounge y electro jazz a la luz de velas y antorchas. Los invitados se reunían en grupos pequeños, hablaban y reían sin estridencia. Bebían, pero nadie fumaba.
Más tarde llegó Juan. Finalmente, Anka y Julio.
Nos ubicamos cerca de los extra brut, cinco chicos lindos que no miraban a nadie. Tomamos martinis, pero en poco tiempo se terminó y nos unimos a los gin tonic, eminentemente homosexual, mixto y muy ruidoso.
Después departimos con los extra brut que a esa altura ya se habían habilitado para mis amigas y uno de ellos era amante de Miles y había estado en Lisboa en los mismos lugares que me gustaban.
De lo que pasó esa noche recuerdo muy poco.
Sé que se estaba bien en esa fiesta, y que miré largo tiempo la luz que ondulaba en el fondo de la pileta. Narcisa y Berta bailaban descalzas. Julio y Anka se abrazaban en el invernadero. Juan besaba a una chica.
Sé que era tarde y vi a Narcisa transpirada, bellísima bajo el reflejo blanco de la luna nueva.
En un momento se sentó y fui a su lado, apoyé el brazo en su pierna y fue adrede. Algunos se desvestían y entraban en la pileta. Dijo vamos, recuerdo, y en el agua sentí que sus piernas abrazaban las mías, la besé, y salimos.
Ella me llevó de la mano, estoy seguro, hasta una habitación. No soy buena para esto, dijo. Dije que yo tampoco.
No recuerdo mucho más. Que la tocaba para cerciorarme de que la boca que se abría era la suya y la que daba era la mía. Que olía como el verano en Maracaîpe, a espesura vegetal, a clorofila, lluvia, árboles frutales.
Después dormí.
Cuando desperté había sol y ella dormía a mi lado. Fuimos hasta la pileta, la ropa seguía ahí, nos vestimos. La fiesta había terminado.
Íbamos en el auto sin hablar.
Antes de bajar, me abrazó brevemente. Bajó, caminó unos pasos, volvió.
-¿Todo bien?
-Todo bien –respondí.

sábado 2 de enero de 2010

orden

papeles, papeles, papeles

rara manera de matar el tiempo

si él mismo se encarga


Cuando muera quemen todo.

miércoles 25 de noviembre de 2009

Del consultorio de la Licenciada Primavera

Estimada Licenciada:Me tomo el atrevimiento de hacerle una pregunta que desde hace años me hago a mi misma y hasta ahora ( a pesar de que han transcurrido ya suficientes) no he encontrado la respuesta. ¿ Por qué el amor provoca en la gente una especie de demencia que impide ver la realidad en la mayoría de los casos? Y si Ud. coincide conmigo en esta idea, ¿ es eso bueno o malo para el protagonista?Segura de que su respuesta echará luz sobre mis dudas existenciales , espero ansiosamente su dedicada y concienzuda contestación fruto de sus te ( o tes?) de amapolas.La saludo con todo respeto y consideración, mientras oigo una linda canción y no tomo ninguna decisión, en el día de los enamorados fruto de una gran penetración ( entiéndase que cultural de los yankees).Firmado: Kiperkí
----- Mensaje original -----Fecha: Fri, 15 Feb 2008 23:42:14 +0200De: "mack de foglia" <amandapoliester@hotmail.com>Para: Kiperkí
Querida Kiperkí: No se trata en realidad de que el amor provoque eso que usted llama demencia, sino que más bien se podría explicar de esta manera: el amor es una especie de predio o zona ficcional donde se - el impersonal pretende sustuir delicadamente a ese sujeto que usted llama protagonista- ingresa accidentalmente por diversas razones cuyo origen puede usted estudiar en los Fragmentos del Discurso Amoroso de Barthes. Mientras se lo transita acontece esa "demencia" porque es ficcional y por ende no condice con esa idea que usted llama "realidad". Por mi parte no estaría tan segura de que lo pretendidamente real sea más real que lo ficcional. Pero eso es otro tema.No puede obviarse que durante el decurso de ese período existen sustancias químicas que genera el cerebro ante la presencia estímulo del objeto amado; eso es empíricamente comprobable, que producen temblores, aceleración del pulso, movimientos en la sangre y otros que preparan a los amantes para la penetración, ya que usted la nombra con recato, hay que decirlo, todo va a parar a ese momento. Es un aluvión químico y contribuye a la continuación de la especie, como puede ver. Como también podrá observar, la llamada "realidad" se asienta sobre la especie humana, cuyo motor es nada menos que ese volcanismo químico. El día de los enamorados no tiene nada que ver con eso, es más bien una cuestión gastronómica y el motivo de disputa entre dos ex-enamorados porque uno de ellos se olvidó de la ocasión. El oráculo es amapolar, ya lo sé. Pero las ficciones son y las sustancias químicas naturales son necesarias para la vida.Consultada la ciencia ichinesca, amiga Kiperkins, el hexagrama 41 dice que usted tiene en sus manos la llave.A continuación aclara que es la del auto, que su esposo está buscando en este momento mientras usted se informa sobre algo que le contará a él en un rato y a él le importará tanto como una minipimer.L.P.

jueves 12 de noviembre de 2009

NIÑOS QUE CAEN DE LAS CALESAS

Uno de los riesgos de la ciudad es pararse cerca de una calesa, porque se corre el riesgo de ser aplastado por un niño que cae.
Los niños son llevados por sus madres con la ilusión de que paseen circularmente sobre un corcel azul y dorado o un helicóptero camuflado, pero la realidad demuestra que los niños se caen de las calesas. Y lo que es peor, se caen sobre las personas que están cerca con cámaras fotográficas y boletos para nuevas vueltas.
Algunos calesiteros dicen que existen estudios científicos en los que se ha tratado de determinar la causa de las caídas, aunque no puede encontrárselos; sólo se han rescatado dos pero están manchados de caramelo líquido y nada puede leerse, por lo que se sospecha que algún niño, ya caído y satisfecho con el pequeño viaje experimentado en la caída libre de la calesa, ha saboteado los escritos.
Otros dicen que eso no es verdad.
Y no faltan los que dicen no saber nada.

domingo 4 de octubre de 2009

RECIFE

El letrero dice speedo en letras blancas pero si uno busca otra posición parecen plateadas, como los carteles de la ruta que dicen Chascomús y una flecha, o cualquier otra ciudad pero la misma flecha.
A la luz del día no será lo mismo, o sí, no tiene importancia en este lugar lejos de todo, lejos de Laura, las tazas de café y el patio de geranios. La última vez no había vuelto la espalda para saludarme, sólo iba y volvía, llenaba la regadera de plástico azul y la vaciaba sobre las especies mientras Luli, con un vestido con lunares lilas, la seguía, mirando el agua que corría sobre las hojas, preguntando cómo era que Tim se había escapado en un carrito detrás de un ficus.
La playa está sola, en la arena hay huellas que durarán unas horas, el mediodía llevará la bruma y vendrán los bañistas, los comensales del Leocadio, algunas chicas lindas que mañana no estarán.
Miro la línea fina del horizonte, camino hacia el linde variable de la arena y el agua.
Me sumerjo, estiro un brazo, el otro, el exceso de sal disipa esa cosa en el estómago.
Respiro, me agito, me canso, vuelvo a la orilla. Me tiendo en la arena tibia.
-Ud. Empieza una nueva etapa –había dicho mi psicoanalista y yo pensaba en un alfajor, etapas suena a dos tapas de bizcocho amarillas, mi nueva vida seca como un bizcocho.
Un vendedor de jugos me ofrece en el idioma de mi nueva vida de dos tapas, una de antes y otra de después y rellenas de nada, cierro los ojos y vuelvo a ver el patio, una diosa griega que no conozco y los ojos de Luli tironeando del vestido de su madre y diciendo mamá, Diego se va.

jueves 13 de agosto de 2009

INFANCIA

un trozo de papel secante
y un borratinta

martes 11 de agosto de 2009

Después de la cena

este amor es una parte del día
entre colegiales y desorden de tránsito
lavo las tazas
no hace frío
espero verte mañana
detrás
en la ventana
un obrero
cruza en un andamio

domingo 14 de junio de 2009

ATAVIADA PARA EL CASORIO (Escena I)

Personajes: Lily
Gracia I
Gracia II
Gracia III
Gabriel
Coro

Una mesa larga cubierta por un mantel de pana negro. En los extremos dos candelabros antiguos con velas encendidas. Sobre ella, una lámpara importante con caireles de cristal. Sillas muy suntuosas, de estilo antiguo, tapizadas de rojo. A la izquierda una escalera da a una puerta. Una puerta a la izquierda y otra a la derecha. A la derecha, un sillón blanco de diseño contemporáneo. Al fondo, un piano blanco, una banqueta violeta, una foto de Gracia IV, ya fallecida.
Al fondo, Gracia I se maquilla. Gracia II hace aquagym.
Entra Lily, con una bandeja llena de servilletas de papel de colores.

Lily: -Tengo los pies literalmente muertos.

Dispone las servilletas sobre la mesa. Suena el timbre. Lily va hacia la puerta dejando caer algunas servilletas tras de sí. Vuelve.

Lily: -No hay búcaro del que salgan tallos de apio.

Gracia I: -Ya tendrías que tenerlos listos.

Gracia II: -Es temprano.

Gracia I: -No hay baile sin búcaro del que salgan tallos de apio. (a Lily): En el Jumbo no conseguiste?

Lily: -No hay en el Jumbo, ni en el Coto, ni en el Verduverde. En toda la ciudad no hay búcaro del que salgan tallos de apio. Tengo los pies... (Suena el celular.) Hola? Ah, qué tal, no, ...ah bué... sí pero... ah... eehhhh.. está bien, no, no me sirve, no bueno, gracias no se haga problema... está bien, no, no, deje, no, si el problema no es el apio, justamente, bueno... bueno adiós). Tengo los pies literalmente... literalmente muertos.

Gracia I (a Gracia II): -¿Pilates?
Gracia II: -No.
Gracia I: -¿Strechting?
Gracia II: -No.
Gracia I: -¿Método Feldenkrais?
Gracia II: (silencio)
Gracia I: -¿Yoga? No, yoga no. Entonces?
Gracia II: -Acquagym. (A Lily) ¿No conseguiste búcaro del que salgan tallos de apio?
Gracia I: -No. Además tengo los pies literalmente muertos.
Gracia II: (a Gracia I)-Qué son búcaros de los que salgan tallos de apio?
Gracia I: -Ni idea.

Lily sale. Gracia II deja el acquagym y empieza a ensayar un pasaje de Lucrezia Borgia.

Gracia I: -Faltará mucho?

Lily: -No sé, siempre lo mismo. Así no llegamos. A esta altura me parece que lo hace a propósito, le encanta. Tres minas que lo esperan. Qué mejor. Y sí.

Gracia I: -Y si te das un baño con sales?


Gabriel abre la puerta con aires de tener el protagónico; entra, va hacia el público. Con afectación:

Gabriel: -“¡Es Navidad! ¡Es Navidad!”.

Lily (a Gracia II): -Ves? Se equivocó otra vez. Esa parte ya no está en el guión. No quedamos así?

Gracia I: -Yo ya no sé.

Gabriel: -Es Navidad? O no? Bueno, me gusta más si es Navidad. A quién le importa el guión? Igual estoy bastante cansado con eso de la Navidad. Igual entrar “es Navidad” “es Navidad” como un imbécil, y con lo que pagan, no sé.

Gracia II canta sin escuchar a Gabriel. Lily entra con vajilla que va disponiendo sobre la mesa.

Gabriel (a Lily): -Es Navidad!
Lily: -Basta.
Gabriel: -Ya se presentaron?
Gracia I: -No, si falta...

Entra Gracia III.

Gracia III: -Nadie falta. En esta ciudad no hay taxis ni para los viejos, increíble.

Gabriel: -Pero no podían empezar aunque sea a presentarse uds.? (Señalando al público) Esta gente está esperando hace cuánto? Bueno, uds. hagan lo que quieran, yo mando algo porque nos van a incendiar.

(Al público): -“Cada año que pasa siento con mayor fuerza que nuestro país no tiene otra tradición que honre mejor y guarde con mayor celo que la hospitalidad. Es una tradición única en mi experiencia (y he visitado no pocos países extranjeros) entre las naciones modernas. Algunos dirían, tal vez, que es más defecto que virtud de cual vanagloriarse. Pero, aun si concediéramos que fuera así, se trata a mi entender, de un defecto principesco, que confío que cultivemos por muchos años por venir.”

Lily: -Tengo los pies literalmente muertos. Como para presentación estoy. Faltan copias además, la mía está toda tachada, no se entiende nada. Alguien me ayudaría, por favor?

Gracia I: -No podemos pasar a la dos, porque igual falta Gretta.

Gabriel: -Ni hablar. Avancemos igual.
Gracia I: -Quién lee?
Gracia II: -Yo no. Necesito cuidar la voz para la escena III. Una voz de hombre es mejor.

Lily y Gracia I queda en la sombra, al lado de la mesa. Frente al público, Gabriel como speaker, y las otras dos Gracias inmóviles.

Gabriel: -“Sus tías eran dos ancianas pequeñas que vestían con sencillez. Tía Julia era como una pulgada más alta. Llevaba el pelo gris, hacia atrás, en un moño a la altura de las orejas; y gris también con sombras oscuras, era su larga cara fláccida. Aunque era robusta y caminaba erguida, los ojos lánguidos y los labios entreabiertos le daban la apariencia de una mujer que no sabía dónde estaba ni a dónde iba. Tía Kate se veía más viva. Su cara, más saludable que la de su hermana, era toda bultos y arrugas, como una manzana roja pero fruncida, y su pelo, peinado también a la antigua, no había perdido su color de castaña madura”. Ey, pero no era que te ibas a teñir?
(Gracia III es visiblemente canosa).

Gracia III: -Bueno, pero si cobrábamos.

Gabriel: -Así no se puede.

Gracia III: -Está bien, la semana que viene, prometo.

Gracia I (desde la sombra): -Seguimos.

Las dos Gracias van a la sombra, Lily en su lugar.

Gabriel: -“Lily, la hija del encargado, tenía los pies literalmente muertos. No había todavía acabado de hacer pasar a un invitado al cuarto de desahogo, detrás de la oficina de la planta baja, para ayudarlo a quitarse el abrigo cuando de nuevo sonaba la quejumbrosa campana de la puerta y tenía que echar a correr por el zaguán vacío para dejar entrar a otro. Era un alivio no tener que atender también a las invitadas.”

Lily: -Eso. Y falta decir “les hacía la limpieza”...

Gabriel: (ignorándola): -Mary Jane!

Adelante Gracia I, Lily se va molesta.

Gabriel: -“Desde que Kate y Julia, cuando murió su hermano Pat, dejaron la casa de Stoney Batter y se llevaron a Mary Jane, la única sobrina, a vivir con ellas en la sombría y espigada casa de la isla de Usher, cuyos altos alquilaban a Mr. Fulham, un comerciante en granos que vivía en los bajos. Eso ocurrió hace sus buenos treinta años. Mary Jane, entonces una niñita vestida de corto, era ahora el principal sostén de la casa, ya que tocaba el órgano en Haddington Road.” Ahora yo.

Gracia II y Gracia III, rodean y besan a Gabriel.

Gracia I: -“Era el sobrino preferido, hijo de la hermana mayor, la difunta Ellen, la que se casó con T.J. Conroy, de los Muelles del Puerto.”

Gracia II: -“Gretta me acaba de decir que no va a regresar en coche a Monkstown esta noche, Gabriel”.

Gabriel: -“No, ya tuvimos bastante con el año pasado, no es así? No te acuerdas, tía Kate, el catarro que cogió Gretta entonces?”. Ah, no. El catarro que cogió... no, no, me niego.

Gracia III: -Queda divino.

Gabriel: -Y esa hija de puta no pensará venir?

Lily: -Yo otra vez dos personajes no hago.

Gracia I: -No podemos pasar a la segunda si no llega.

Gracia III: -Y qué hacemos?

Gabriel (a Lily): -El coro está?

Lily: -Esperá (habla por celular). Ey, Flavio, cómo estás, dale bueno, sí, escuchame, necesito tres sopranos, cuatro mezzos, por lo menos cuatro contraltos. Tenores en oferta tenés? Bueno, dale, dos. Barítonos no quiero. Nos arreglamos con Gabriel.

Gabriel: (disgustado) –Y sí, claro. Nos arreglamos.

Lily:-Bueno, bueno. Chau, chau. (a Gabriel) Vienen para acá.

Gabriel: -Bueno, dale.

Apagón. Pasan unos minutos. El coro canta: “Pues son jocosas y ufanas, pues son jocosas y ufanas, pues son jocosas y ufanas, nadie lo puede negar”.
Al final se escucha bajito la voz de Gracia III diciendo: -“una lasquita de pechuga”?.













martes 9 de junio de 2009

QUIEN INVENTO EL RULEMAN?






QUIEN INVENTO EL RULEMÁN

Personajes: Puno – Zapatito Blanco – Estela.

Un garage de barrio, Puno y Zapatito desarman motores a las tres de la tarde de un mes de verano. Al fondo un ventilador de pie. En una de las paredes, un poster desleído de Brigitte Bardot.

Zapatito: -Tío.

Puno: (Golpeando un buje con un martillo)-Mmmm?

Zapatito: -Tomate un mate. (Se lo alcanza).

Zapatito: -Tío.

Puno: (Chupando) –Mmmm?

Zapatito: -Estaba pensando.

Puno: -Vos le diste de comer al Maico Landon?

Zapatito: -Después le doy, tío. Escuchá, estuve pensando.

Puno: -Mi dios. Como si hubiera poco. Yo no te pago para pensar, nene, dale. Dale que tenemos que cerrar con el Negro.

Zapatito: -Está bien, tío, pero son dos minutos.

Puno: -Todos los días son dos minutos.

Zapatito: -Viste que yo te contaba... bueno, te decía ayer, viste, que en el banco me piden recibo de sueldo.

Puno: -Msé. Tomá, está helado esto. Andá y poné la pava.

Zapatito: -Ya voy. Bueno, yo no sé a quién le voy a pedir un recibo de sueldo. Y si no me dan el crédito no me puedo comprar la moto.

Puno: -Pero qué, por la gripe porcina van a prohibir los bondis?

Zapatito: -No tío, pero se me hace cada vez más tarde.

Puno: -Y bueno, nene, levantate más temprano. (Hacia la puerta, a los gritos): Estela! Esteeeelaaa!!!! Le diste de comer al Maico?

Entra Estela.

Estela: -No, acordate de que no hay más balanceado. El sábado te toca a vos el super, no te olvides. Che pero no se están asando, acá?

Zapatito: -Qué te parece, tía. Yo ya dije que hay que poner un aire acondicionado o cortar antes, porque el calor agobia.

Puno (a Estela): -Sí, un aire acondicionado, un bargueño, una botella de caballito blanco y los naipes. Qué más? Unas minas? Querés minas también?
Estela: -Ah, yo este sainete ya lo vi. Bueno, Rambito y Rambón, les dejo la llave en la maceta, yo me voy, vuelvo en un par de horas.

Puno: -Otra vez? Dónde te vas vos?

Estela: -Ya te dije, me voy al centro, quiero comprar jabones perfumados y en el barrio no hay. Bueno, ahora la señora del Nazi fabrica, pero son esos de utilísima, una porquería, a la semana ya no tienen más olor.

Puno: -Jabones perfumados... escuchaste, Zapato? Las minas ya no saben qué inventar. Aguantá un rato, que tiene que llamar Rolando. Quién va a atender si llama?

Estela: -Vos.

Puno: -A ver si nos entendemos. Si querías jabones, tenías que casarte con Palmolive, viejita. No es que siempre me cagás a pedo porque dejo el fono engrasado?

Estela: -Y para qué te compré los guantes? (a Zapatito): Este hijo de puta no quiere usar guantes para tenerme a mí acá encerrada todo el día.

Puno: -Dejá de joder, ahora te quejás de que te tengo encerrada, bien que cuando nos dejamos... eh? Ah... no te acordás más de eso, eh? Bien que me tratabas con guante. Eso sí que era con guante. Punito de acá, Punito de allá... (deja la pieza con la que estaba trabajando, entusiasmándose con el relato). Hasta se compró un mate peludo, esos de pezuña, se fue a Colón y se aburrió como una hija de puta allá, y encima no lo quería reconocer la guacha. “Ay, Punito, no sabés lo bien que la pasé”. Y la voy a ver y me convida con el mate, y yo agarro así (hace la mímica con la mano) y le digo... (con suficiencia) “decime, lobizona, este lo compraste para tener a quien acariciar los domingos?” Aaaaay, cómo se me ortibó! No sabés, roja de furiosa estaba.

Estela: -Seguí nomás, la primera que te va a dejar soy yo. Después Zapato.

Puno: -Vayansé nomás. Si se compran el aire, páguense la luz. (Da martillazos a una pieza, concentrado en ese trabajo).

Zapatito: -Un poco está bien, pero... hay que adaptarse a los tiempos que corren, tío. Las cosas van cambiando, ya no son como antes. Acá tenemos que tener una computadora. Tenemos que organizar lo del horario, también. Y poner los papeles en regla. Uno de estos días te vienen de la AFIP y ahí tenemos un quilombo, tío.
(Estela hace un gesto de desdén con la mano y sale)

Puno: -No empecés con eso, ya te dije. Y te digo más: este mes es peor todavía. (Golpea la pieza con fuerza, haciendo mucho ruido) Ahora si viene la EPE voy a tener que gatillar, se terminó la jodita esa.

Zapatito: (levantando la voz por sobre los martillazos) –Bueno, pero saquemos con el almanaque por lo menos, todos tienen la Silvinita.

Puno (le tira un rulemán): -Tomá, dale vos a éste que últimamente parece que tenés no manteca, margarina Manty en las manos.

Zapatito: -Arrancamos con el almanaque, la semana que viene. No lo habrá tirado la tía, no?

Puno: -Uy, no le dio de comer. (Deja lo que está haciendo y va hasta la puerta). Maico Maico Maico!... Maiquinho...! Qué perro berga este, todo el día rompiendo las pelotas y ahora no viene.

Zapatito: -Entonces, bueno, cambiamos el almanaque. Entonces eso va a atraer clientela más joven. Seguro, tío. Quién de los pibes conoce a tu Brigí? Nadie, tío, nadie. Yo no te niego que es una yegua, pero los de tu generación ya casi no manejan... hay que apuntarle a la clientela cash.

Puno: -La puta que te reparió a vos y a los de tu generación. Este no da para más, sopleteale un poco y si no sacalo nomás.

Zapatito: -Con más clientela, ahí ponemos al día el plan del API, después compramos la compu en cuotas, en todo caso le pedimos a tu suegra la tarjeta de la AMR, serán ciento y pico por mes. (Puno golpea cada vez más fuerte). Bueno, te digo que en dos meses o tres pasamos al frente, y ahí ya podemos ir con el aumento. Qué te parece?

Puno: -Estela!.. Esteeeelaaaa!!!! Esta piró de nuevo.
Estelitaaaaa!


Escena 2

Una habitación sencilla, con una luz tenue azul, flores en el empapelado y un espejo corroído. Sobre la cama desarreglada, Inés, desnuda, fuma. Diego sale del baño, ajustándose el cinturón. Silba una música incomprensible.

Inés: -Pero aseguró que venía?.

Diego: -No, no. Asegurar no aseguró.

I: -Pero dijo.

D: -Bueno, decir, lo que se dice decir no dijo. Pero debe venir.

I: –Bueno, pero no lo dijo, no sabemos, no lo dijo.

D: -Nunca dice.

I: -Y claro. Así cualquiera.

D: (Se arregla el pelo frente al espejo)-Cuchá.
I: -Y no, y sí. Si todos hacemos lo mismo, y bueno, es un quilombo, nadie sabe nada, nadie dice nada, nadie compra nada. Y sí, claro, y así yo también. (Fuma más nerviosa)

D:- Y cuál es, hago un asado y punto. Vos si querés venís después, si ni pregunta. Y además con el Chibo se lleva genial.

I:- Y qué, te veo el lunes recién?
D:- Y...
I:-Pero el lunes no tenés el pádel?
D: -Bueno, poray llueve.
I:-Fantástico, y si no llueve, te veo cuándo? Te toco el portero, salís al balcón y me saludás como Evita?
D:-No exagerés nena. Ya empezamos. No viene nunca, qué te cuesta. Además ya te dije, no tenés obligación de estar, andate al cine, yo qué sé.
I: (Apaga el cigarrillo y lo mira fríamente).
D: -Qué.
I: (I hace un gesto intraducible).
D: -Qué, nena, qué.
I:-Bueno, dale vamos, que te va a salir carísimo. (Empieza a vestirse en silencio).
D: (va hacia la puerta, la abre, asoma al pasillo y emite un cacareo, vuelve a cerrar).
I: -Cuándo van a terminar con esa boludez?
D:- Dale, nena, dale.
Apagón.

sábado 25 de abril de 2009

EL AGUA EN LOS FLOREROS


A los 40 llora
con because
cree ciegamente
que dios lo escucha cuando crea los astros.

Las escorpianas ven debajo del agua
-dice la abogada de origen armenio
mientras un tipo firma que cobrará en cuotas
el seguro de muerte
de alguien que trabajó
y que nadie recuerda actualmente en la empresa.

Pero señora
( y es entonces que casi
justifica el genocidio)
qué hago con eso
si está prohibida el agua en los floreros.

A los 40 no entiende
cómo el mosquito sabe
cuáles son los pobres.

Duda
si será un aguijón programado por monsanto
para la selección de la especie.

domingo 18 de enero de 2009

Receta



Ingredientes:
• Martini Rosso• Hielo
Preparacion:Llenar el vaso de hielo, servir el Martini Rosso, tomar una rodaja de naranja y dejar caer dentro del trago.

domingo 21 de diciembre de 2008

Y SIN EMBARGO NO

“Nada se mueve, nunca. Eso es lo que quieren hacerte creer.”
Lauisaia.

6 741 072 120 x 2 (un par de patas)
millones de árboles de navidad
unísono de sordinas chillonas
hacinados en un nudo temporal
hacen girar la bola en la galaxia
tierra envasada y océano listerine

A ver si estamos de acuerdo:
es importante
no olvidar que somos fitoplancton
y fin de año
sólo un número rojo
en el calendario occidental.

Es verdad Lauisaia
Nada se mueve.

sábado 25 de octubre de 2008

PUZZLE

Escribo
mujer rompecabezas
tacho
porque si bien
todo título horrible tiene derecho a serlo
-tal vez mi autocastigo del día de la fecha-
elijo puzzle
me gustan las dos zetas
después de la u
algo que se desinfla
o un soplo
tan lejos de la domesticidad de pizza
pero inequiparable a la levedad de mezzo

el subterfugio del título
("subterfugio": sigo forzando,
maniobra distractiva del sonido
todo para no decir
mi pobre corazón
repartido en pedazos dispares
mi pobre corazón que rehúsa
aceptar lo irrenunciable
y se obstina en pensar
que es posible
la reunión fiesta con efes y flamencos
en la mesa del té del Sombrerero).

domingo 12 de octubre de 2008

FERIA DE INVIERNO

A Vivi

“.. y entonces lloré una pena vieja”

En un rectángulo verde
que pisan rugbiers criados a acetato y anabólicos
una mujer húmeda llora
exuda
lágrima
moco
flujo
agua viva de sí.

La vida no se le escurre.
Está en las enamoradas del muro
esa tarde.
Y en ella.

No está
en el cubo de su oficio
ni en las pérgolas de las directoras.

Una mujer
tres edades de la vida
posada ante la luz de las pinturas
revuelta entre los siglos y el desmadre habitual.

Llora.

Porque sabe
llora.

Verde y vegetal
su pena vieja y viva.

Un jardinero pasa
buenas tardes, señora.

Señora
piensa ella.

Señora.

lunes 22 de septiembre de 2008

UNAS FRESIAS

“Todo lo que pueda decirte sobre nuestras vidas va a sonarte aburrido, lleno de huecos, lleno de borra como el café que te preparaba mientras estabas con la tesis y dejabas por la mitad pero me decías que estaba bien, que así estaba bien. Compré más filtros, los sigo acumulando porque con Berta no tomamos café, a ella le quita el sueño y yo la acompaño con té verde o alguna cosa horrible que se le ocurra. A la noche vemos una telenovela que se llama El señor de la querencia, imperdible, empezamos a verla porque nos parecía genial el nombre, un hallazgo literario. Lo increíble es que ahora no podemos dejar de verla, “es el paroxismo de las pasiones nunca vistas”, dice Berta. Después apagamos el televisor y hablamos un rato, hasta que nos vamos a dormir. Algunas veces ella está un poco triste, no creo que sea por Manuel, sino que ahora me parece que es mucho menos fuerte de lo que suponíamos. Te reirías si nos vieras: ahora soy yo la que enfurece. Creo que mi violencia viene de su imposibilidad, o mejor, de la imposibilidad humana.
Una vez por semana vamos a ver a Anka. Está mejorando, pero el médico dice que todavía hay que esperar. Yo sé que va a estar bien. La última vez le llevamos flores, unas fresias, porque Berta recordaba que había leído algo de ella sobre fresias. Nos dijo gracias y sonrió tan triste que no pudimos decir nada, estuvimos así, en silencio un rato, hasta que le preguntamos si tenía para leer, como para decir algo, porque en la habitación había no menos de diez libros. Esa noche escuché a Berta llorar pero no le dije nada.
Todas estas cosas están pasando y tengo tantas ganas de poder contártelas en el bar, entre medio de dos martinis, vos seco y yo rosado, como antes, y que me digas hija de puta en qué andás. Ya sé, ya sé. Pero igual quería decírtelo. Sabés que no soy buena para guardarme nada.”

sábado 9 de agosto de 2008

LOS SOCIOS VITALICIOS

-Pasame más diario –dijo Yago al Jefe. Yo sabía que el fuego no iba a encenderse nunca, pero no dije nada. Ya no era época para la parrilla, pero la garrafa se nos había acabado dos meses antes.
Pederneschi decía que en un par de semanas iba a recibir un dinero de sus parientes de Italia y que con eso se solucionaba lo de la garrafa.
Pero el dinero de los parientes de Italia de Pederneschi, que yo imaginaba iguales a Pederneschi pero originales italianos, otros Pederneschi, o Matiotto, o Belluccini, o cualquier otro apellido que sonara de esa manera obscena, no llegaba nunca, era un mesías innoble que sólo cumplía una función para él: relevarlo de salir a buscar trabajo.
Porque los socios, excepto Zoca que dedicaba todo el tiempo al bebé, salíamos todos los días a buscar trabajo. Pasábamos por el kiosco de Tilu a mirar los clasificados y después iniciábamos el ritual de la derrota: una cola de una o más cuadras compuesta por un cuarenta por ciento de fracasados, un treinta de hombres y mujeres jóvenes con buena presencia, un veinte de niños bien en conflicto con sus padres, un diez de nuevos profesionales a la deriva.
Entre los fracasados estábamos nosotros, dentro de un elenco estable que veíamos cada día en las mismas colas: nos ofrecíamos tanto para deliverys, para serenos, para porteros de edificio, como para telefonistas, administrativos, vendedores de lanchas. El grupo de jóvenes con buena presencia era mutante: chicas bien vestidas, uñas prolijas; chicos de corte de pelo moderno y buen gusto en el vestir, todos con conocimientos de inglés y computación. En cuanto a los niños bien, los detectábamos porque aparecían y desaparecían según las variaciones climáticas: si hacía frío o llovía no salían a buscar trabajo. Los profesionales a la deriva se diferenciaban del resto: no hablaban con nadie y los asistía cierto aire de superioridad, a veces hacían cola un par de horas y se iban.
El Jefe decía que teníamos que cuidar la presencia para salir a buscar trabajo. Eso para mí era un verdadero problema.
Córdoba era el más elegante: tenía un traje, compuesto por un saco raído pero que tenía todos los botones y el pantalón, ya fuera de moda, sujeto con una correa grasienta que él llamaba cinturón; el resultado era agradable porque Córdoba había sido uno de los mejores deportistas del club y eso se notaba ahora en sus movimientos, en la seguridad con que se desplazaba, el aplomo de los pasos. El era nuestro número puesto. Pero excepto una temporada en que lo contrataron como casero unos parientes del Bepo, no había vuelto a conseguir nada.
El Jefe ya casi no salía. No le decíamos nada. Creo que entre nosotros existía un acuerdo tácito en que tenía derecho a no hacerlo. Le debíamos estar ahí, tener casa y comida. El había decidido la ocupación del club, después de estudiar la situación legal; había dispuesto las normas de organización interna que aceptábamos y sentíamos debían ser respetadas. Nos sujetábamos a ellas sin cuestionarlas. Nuestra vida en el club era provisoria, lo sabíamos, pero era la única vida que teníamos. Era cierta la miseria, cierta la incertidumbre, cierto el frío y el agua que nos mojaba los pies esa noche. Pero no era menos cierto que también podíamos perder eso y la intemperie sólo podía envilecernos más. No teníamos otra posibilidad. Y así estábamos acompañados hasta que pudiéramos enderezarnos.
Entonces salvo Zoca y el Jefe los demás volvíamos al mediodía con sed y gusto a sal, después de haber olido los asados de los albañiles, de haber deseado los daiquiris de las señoras que llevaban a sus perros a tomar sol a los bares elegantes de la ciudad. A los casados les esperaba una riña conyugal; a mí no me esperaba nada.
-No hay más –dijo el Jefe.
-¿Y cómo hago? Esto no prende. Vamos a comer a las tres de la mañana.
-Vos sos el encargado. Deberías tenerlo previsto.
-No sé a quién le tocaba hoy, pero los chicos tienen hambre. Hagan algo, no los quiero llevar otra vez a lo de mi tía, la última vez se quejó tanto de los aumentos, de lo que paga de teléfono, de lo que paga de gas, que no comí nada. Los chicos por suerte comieron todo. Pero después se durmieron en el colectivo y no podía despertarlos –dijo Mirta mientras untaba unos panes con picadillo.
Excepto Zoca, las mujeres tenían el deporte de la queja. Por suerte las otras dos se habían ido a dormir temprano, pero Mirta que no lo hacía hasta que los chicos comían y se iban a dormir y ella tenía las últimas horas de la noche para increparlo al Mono con total libertad de acción. Era ya el momento en que empezaba esa escena, y estaban dadas las condiciones: los chicos se habían ido a dormir sin cenar más que esos panes y el Mono y Pederneschi seguían con el truco como si no les importara nada.
El Mono hacía lo que podía. Con el truco había desarrollado un refugio eficaz contra la balacera de Mirta. Creo que a Pederneschi no le gustaba nada el truco, pero lo hacía por solidarizarse con el Mono.
Yo miraba las brasas agonizantes sabiendo que no iba a haber cena. Los chicos comieron los panes y corrían alrededor de la sombrilla que decía Sprite y que servía de paraguas y de sarcasmo: no era verano, no había sol, no podíamos comprar una Sprite.
Sin cena y con el frío iba a ser más difícil dormir esa noche. Desde que mi mujer se había ido yo tenía mi maridaje más fiel con el insomnio. Los primeros días me parecía increíble y aunque no la extrañaba a ella, no le perdonaba que se hubiera llevado a Santi sin decirme nada; la llamaba todos los días y ella me decía que allá tenía un futuro, que su hermana la podía ayudar, y que apenas ahorrara unos pesos me lo traía; que estaba lindo y ya dibujaba muñecos con dedos y pantalones. Del desalojo no le conté nada. El Jefe me había aconsejado que no se lo dijera si tenía alguna esperanza de volver con ella.
Después empezó a atender la hermana y yo gastaba mucha plata en llamadas. En lugar de llamarla para que me explicara que allá tenía un futuro empecé a tratar de entenderlo yo, después de todo quién era yo para negarle un futuro si no podía darle ninguno. Y a Santi podía verlo si me salía esa temporadita en el hipódromo, podía ir en tren en las vacaciones y ayudarle a buscar una buena escuela.
Zoca le daba el pecho al bebé y todos los mirábamos en silencio mientras Yago apantallaba lo que quedaba de las brasas. Trasmiten una paz oceánica, decía el Alan Faena. A él le gustaba decir cosas como esa, lindas y complicadas. Yo podía decirlas también, pero no lo hacía. Las pensaba. A veces las escribía. Pero él las decía con impunidad, como si fuera lo más natural del mundo decir algo así en medio del frío y la lluvia de esa noche, el fuego que no prendía, Pederneschi que seguía prometiendo lo de la garrafa, el Jefe que no había podido comunicarse con el síndico. Por eso le habíamos puesto Alan Faena. Porque decía esas cosas.
-Pero ese es un tipo de la moda –había dicho Yago.
-Y qué cuando se pongan de moda esas frases? –dije- El va a pasar a ser el Alan Faena.
Y lo siguió siendo a partir de ese día; cumplía puntualmente su rol que consistía en soltar una de vez en cuando como para sostener su personaje. Así como Yago se ocupaba del fuego, el Jefe de los papeles y de hablar con el síndico, Zoca de amamantar y acariciarle la pelada al Ruso cuando el bebé se dormía, y los demás a las tareas rotativas estipuladas para esa semana, el Alan Faena se ocupaba de las frases. Su trabajo era tan impecable como el de Zoca.
Mirta se llevó los chicos a dormir y Zoca acostó al bebé. Ahora el Ruso había apoyado la cabeza en las rodillas de Zoca y ella le acariciaba la frente. No sabíamos cómo era la historia entre esos dos. No sabíamos si ella tenía permiso de residencia, ni de su pasado, ni si el chico era del Ruso. Pero las mujeres la habían aceptado y eso bastaba; al principio lo habíamos hecho por el Ruso pero después le tomamos cariño. Y el bebé era como una promesa que todavía podía cumplirse.
-Me gusta, es decorosa –me había dicho el Alan Faena una vez.
Lo único que nos faltaba, le dije, un quilombete sentimental. No jodamos con eso, ya tenemos bastante de todo. Me contestó que era una opinión desde el punto de vista contemplativo. Pero yo lo conocía bien y no le creí. Para contemplar uno iba al balneario, o a la peatonal, él tal vez al museo municipal. Pero no se mira a la mujer de un amigo.
-Marcos, andate hasta lo del viejo y pedile diarios y si tiene algo de alcohol –me dijo Yago.
-En qué sentido? –pregunté estirando el momento de cumplir con la tarea que me estaba asignando.
-Alcohol etílico, digo, para el fuego, o tenés cara para ir a las diez de la noche a pedirle whisky escocés para la sobremesa también y el Corriere Della Sera.
-No me da más la cara. Y el viejo no se enoja nunca, y eso es peor. Preferiría que me diga andate a la mierda, o que no atienda. Qué se yo. Pobre viejo.
-Y si no tiene con quién hablar –dijo Mirta. –Lo mejor que le puede pasar es que vayas vos y le pidas algo, él te cuenta que no ganó a la quiniela y que el ferretero tiene la vereda que es un desastre y vos traés diario y vemos que pasa con el fuego. Yago, así andás con las mujeres? No pegás una.
Escuché los últimos ecos de la voz de Mirta hostigando al parrillero que se perdían con el foco y la sombrilla de Sprite. Levanté el cierre de la campera y me peiné con los dedos. Fui hasta lo del viejo. Me apoyé en la reja y prendí un cigarrillo. La llovizna ondulaba en unas ráfagas plateadas. La noche ameritaba una frase de las de Alan Faena. Pero a mí no se me ocurría nada. Pasó el 110 con tres pasajeros. Uno era un chico con auriculares que me miró hasta que nos perdimos de vista. Pensé que ese iba a ser el único cruce de nuestras vidas. Pensé en cuántos cruces de esa clase componen una vida. Iba a decirle eso a Alan Faena. No tenía para anotar. Pero a la vuelta iba a decírselo. Apagué el cigarrillo en la vereda del viejo. Toqué el timbre. Esperé mirando la cortina floreada. El viejo se asomó y me sonrió.

jueves 31 de julio de 2008

UN ABRIGO DE PAÑO ROJO

Junté coraje y decidí buscar mis pertenencias, las pocas que habían quedado en el departamento en que vivíamos con Manuel.
Tomé un taxi que olía a perro mojado. Bajé la ventanilla. El taxista debía darse cuenta de que olía mal pero parecía no importarle.
En el palier no había nadie. Subí. Entré. Todo olía a humedad y a sopa vieja. Los tipos no abren las ventanas, no ventilan, no dejan entrar el sol. Había ropa por todos lados: era evidente que Manuel disfrutaba de su estado de abandono, ahora sin culpa, sin que nadie le recordara que no tenía que dejar ropa mojada tirada por doquier. Me molestó el descuido del departamento. Aunque yo ya no viviera ahí, me parecía una profanación del lugar que habíamos habitado juntos.
En la alacena estaban los pocillos gemelos. Saqué uno de ellos, que se suponía era mío, lo golpeé contra la batea como si fuera un huevo duro, junté los restos, los tiré a la basura.
Abrí mi placard. Había quedado unas perchas, mi abrigo de paño rojo. Me había llevado toda la ropa y había dejado ese abrigo. No sabía la razón por la que había dejado ese abrigo. Una posibilidad: porque había pensado que era la manera de molestar a Manuel: que abriera la puerta del placard y viera el saco rojo, justo el que yo usaba en los inviernos de nuestros mejores años. Otra: que no podía enojarme completamente con Manuel, que de alguna manera sabía que su traición era un fallido más de nuestra relación e incluso que fuera él quien transgrediera nuestra lealtad era un hecho aleatorio: que bien podría haberme ocurrido a mí. No lo justificaba, lo detestaba por haber ocultado su relación con la tipa del club; pero pensaba qué hubiera pasado si el dueño de la perfumería, en lugar de un viejo feo, hubiera sido un tipo joven e interesante. Había sido fiel, pero había que considerar que yo era fiel como una declaración de principios, era fiel porque detestaba las ambivalencias, las medias tintas, las zonas grises; y yo sabía bien que Manuel las trasuntaba como un pez en el agua. Era esperable que, en el páramo que éramos los dos durante los últimos años, él hubiera elegido esa opción disponible.
Una tercera posibilidad era que no me lo hubiera llevado porque me recordaba dolorosamente los días de felicidad con él.
No sabía cuál era la razón por la que no me lo había llevado. Tal vez las tres lo eran. Lo que sí sabía era que iba a llevármelo en ese momento y que era lo último que me unía a Manuel: abrir esa puerta, retirar el saco rojo, ponerlo en la bolsa de ropa deportiva de Manuel, ropa que él había comprado después de nuestra separación, cerrar la puerta que una llave que desecharía en quince minutos, eran los últimos espacios que me vinculaban a Manuel. Empezó a dolerme el estómago. Cerré. Salí.
Abajo estaba el portero y lo saludé como siempre. Me saludó un poco más distante. Todo eso empezaba a ser parte de este presente de Manuel en que yo era una ausencia, y de este presente mío en que Manuel era una ausencia. Pero no podía llorar, no podía traducir esa imposibilidad del cuerpo, esa opresión permanente en un plexo imaginario que abarcaba toda una parte de mí en lágrimas, o gritos, o maledicencia. No podía nada. El rencor era un veneno que me horadaba a mí y no podía extirpar.
Entré al minimarket. También era la última vez que entraría allí. Seguía atendiéndolo Gastón.
-Hola, Berta –me dijo como si nos hubiéramos visto el día anterior.
-Qué escuchamos hoy?
-Nick Cave.
-Eficaz, Tiki Mayonesa. Quiero un aero y unas mentitas- dije sacando de mi billetera diez pesos. Me dio el chocolate y las pastillas.
Antes de que yo le explicara nada dijo hasta mañana, me apretó la mano en la que tenía el vuelto, mirándome como diciendo: ya sé, no digamos nada, ya sé que mañana no, pero hasta mañana, porque así es el agua y después de todo nadie va a decirme Tiki Mayonesa. Entonces un río de lágrimas vino a mí sin que pudiera poner un dique, empecé a llorar, lloraba y lloraba y Tiki Mayonesa traspuso el escaparate de vidrio, me abrazó y me decía está bien, ya va a pasar, y yo solamente pude decir ay, Tiki, yo lo quise tanto.

sábado 19 de julio de 2008

CUARTO CRECIENTE

No extrañaba a Manuel. Era otra cosa. Como una secuencia fotográfica, en medio de mi trabajo, o en la pausa del café, aparecían ante mí las imágenes de los días de mi dicha con él: mi primera clase de buceo, las excursiones debajo del agua; el viaje a Mykonos, las calles minúsculas y sin cuadrícula, Manuel diciéndole a un nativo en un plato de trigo comen tres tigres, -para despistarlo y que el tipo no nos persiguiera para vendernos pinturas horribles-; bucear en el Egeo. La discusión con el dueño de la inmobiliaria, nuestra victoria; la pintura del departamento, los dos sucios, llenos de polvillo y látex barato, mal vestidos, besándonos en el intervalo que nos tomábamos para comer un sándwich y después seguir para que todo estuviera listo en dos días, el tiempo máximo que podíamos resistir antes de mudarnos. Los llamados por teléfono, a cada hora, con cualquier excusa.
Exhumaba los restos de mi pasado con un desgano difuso, un exorcismo que se articulaba más allá de mi voluntad con las vértebras de lo que habíamos atravesado juntos. Tenía una clara percepción de ese proceso. Me sabía un objeto, un material maleable por el impulso vital extrínseco e irrecusable del olvido. Como el deseo, como el agua, el desamor tenía su curso que me era ajeno e inmune. No dejaba de ser un alivio esa noción tan exacta. Eso me proporcionaba oxígeno para trasuntar las horas del día. No era feliz, no lo era más que antes. Pero sentía algo limpio y silencioso que iba corriendo dentro de mí llevándose los materiales tóxicos que habíamos aglutinado él y yo los últimos años. Es cuestión de tiempo, me decían mis compañeros de trabajo. Yo sabía que era verdad: que la herida cauterizaría por el mero decurso de las fases de la luna. Pero también sabía que el tiempo no me regresaría ese material de mí –órgano extremado de sí en la futilidad de la pasión- que me había permitido constituirme con otro. Porque una parte de mí no era sino a partir de Manuel. Entonces sabía que no iba a reconstituir mi vida de pareja con otro y no podía evitar un desaliento imbatible, un lugar que tenía ya identificado y hasta le había puesto un nombre: el cráter de mí.
Había que sumergirse y esperar, pensar en que en la tierra tal vez hubiera cuarto creciente.

miércoles 16 de julio de 2008

LOS ESTADOS DEL AGUA

No me engañaba en cuanto a Calio. Sabía que me esperaban unos días de ausencia, o todos los venideros. No importaba si eran unos o todos.
Esa ciénaga duró unos días, hasta que pude ver que no había certidumbre posible, que lo único real era ese dolor que había que asir, dejar de hacerlo no era una opción disponible. Mis días con él habían sido una droga. Agua de lluvia. Un predio ficcional y lluvioso, esperado, sabido. Pero como toda droga, tenía el poder de proporcionar una visión del mundo completamente falaz.
Bellísima y falaz.
Entonces habíamos merodeado, nos habíamos olisqueado y presentido, querido y no querido, evitando todo el tiempo vadear la pérdida. Y ahora la pérdida estaba ahí, maciza, corpórea, y paradójicamente no sobrevenida del encuentro de los cuerpos sino de los extraños designios del agua. El regreso a Chile, a una mujer desconocida.
(...) Tenía claro que la pasión era una sustancia, no más que eso. Suministrada por otro, un detonador de endorfinas accionado con agua, con saliva, con palabras, con elemento dérmico, un campo de amapolas particular y exclusivo de dos, único de dos e irreversible.
Pero también en tanto propulsor de un mecanismo químico, reemplazable por una píldora habitual adquirible en comercios del rubro.
El Prozac es un intento de suplir el vacío, en el mismo plano que la máquina de Morel. Llenamos el universo de hologramas, nos bombardeamos sustancias químicas porque lo que no hay es el Otro, esa alteridad viscosa y necesaria que, excepto en intervalos mínimos, siempre va a faltar. (...)