martes, 26 de febrero de 2008

PROSODIA (Dos dudas a partir de Sweeney Todd)

Miraban el mar como un lugar posible
donde pudieran volver a los pabilos
de una luz olvidada en la calle Santiago.
Cómo reconocer la dicha
sin haber sangrado hasta la última gota del hastío
que habrá en unos días
sabidos solos de antemano.
(Su traje a rayas decía
que era feliz en el viento de la playa)

Ahora bien
cómo reescribirlo
sin tantos acentos ortográficos.

jueves, 21 de febrero de 2008

Nollora

Mientras lee entrecortada los problemas
sencillos de la infancia
y sus dedos tiznan esta calma
en que el violín trompeta y su boca clara
abren un patio antiguo
de moscardones
y compadres abrazan las mujeres
todo viene de un lugar
tan incierto como vos
y yo
que dejé el aceite de geranio
extraño
el abrazo mojado.

Javier tiene ojos tan tristes
que sólo pudo ser violinista.

Apago el pensamiento
como a una lámpara de bajo consumo
y cubro con laca las uñas
de la oficinista.

miércoles, 20 de febrero de 2008

LA IMPACIENCIA

En el jardín
de siempreverdes
busca
los rastros de ella
pero
encuentra
una piedra roja.

ENERO

Allá
en tu soledad
caen como gotas
las palabras de un año no bisiesto.

EDIFICACION

Un terreno
una parte de tierra en el mundo
que uno compra
delimita
planta un árbol
traza un plano
apila los ladrillos.

Aberturas
cortinas
y dicroicas.

Entonces
se da cuenta
de que es otro distinto
de aquel que compró el terreno
y ahora debe
edificarse a sí mismo.

domingo, 10 de febrero de 2008

EL AMOR DE ANKA II

Aliviar en él un océano índico.

domingo, 3 de febrero de 2008

EL MEDIODIA

No tenía ganas de nada. No escuchaba discos, no leía, no hablaba con mis amigos. En mi trabajo sólo esperaba el mediodía.
Iba a una plaza, me sentaba en un banco sucio, lleno de direcciones de correo electrónico impresas con borrador líquido. Iba a ese mismo banco y comía, para no omitir el almuerzo, una barra de cereal o una hamburguesa.
No tenía ganas de ver a mis amigos. Era el resultado de un silogismo inexorable: si lo de Berta y Manuel había cambiado, con el tiempo los cuatro íbamos a cambiar, todo iba a cambiar y por lo tanto los iba a perder; si los iba a perder no tenía sentido verlos.
Volvía y volvía a la infidelidad de Manuel. Me preguntaba si todas las relaciones terminarían así o había otra posibilidad. Y qué del matrimonio, ese contrato de fidelidad que se adquiere en cuotas, un plan de ahorro previo. Uno va pagando con distintas divisas: pasión, devoción, exclusividad sexual, intimidad. Las cuotas se desindexan pero la moneda se devalúa también. Compañerismo, confianza, proyecto común. Y al final la adquisición a perpetuidad: el matrimonio. Fidelidad garantizada. Servicio oficial: los hijos.
Detestable. No quería eso para mí. Pasó una mujer que tendría mi edad con una niña que llevaba de la mano. Hablaban en un lenguaje desconocido. Eran palabras inteligibles, pero un idioma sólo de ellas. Un hijo debería ser una cosa muy suave, muy otra. No un rehén de los medios de control social.
Berta no había querido tener hijos.
En cuanto a Manuel no podía saberse. El se plegaba a esa decisión de Berta como a todas las demás. Por mi parte, siempre había pensado que lo de Manuel era devoción. Ahora suponía que era simple comodidad.
El universo había cambiado en un derrumbe silencioso o una implosión. Las cosas en las que creía habían desaparecido. Era inexplicable cómo Manuel, con quien no había tenido ninguna empatía ni afinidades profundas, había provocado ese efecto.
La certeza de que somos un recorte de materia orgánica entre millones de otros situados en un punto ínfimo del universo: esa noción cósmica me sumía en un estado del que no podía salir sino yendo a nadar. Nadando una hora o hasta que el cuerpo no podía más.
Algo había muerto y era una parte de mí. Había leído que se muere un poco con cada muerte cercana. Lo que no sabía es que uno muere también con la infidelidad de los otros.
Había muerto un poco y el mundo seguía tan triste y tan hermoso como siempre. Eso hacía más inabarcable el dolor. Me hería la perfección de la belleza del carro de las hamburguesas, su pertenencia irrefutable a ese trozo de vida de la que formaba parte la mía.
Pedí una hamburguesa con queso solo y mayonesa. El vendedor me sonrió.
-Cuánto es?
-Son cinco, belleza –dijo.
Yo no era más que un trasto inerte del mediodía pero para su vitalidad casi ofensiva era una belleza. Quería devolver el gesto, no podía seguir así, la humanidad no tenía la culpa de su ontológica condición de infiel.
-Son muy buenas, yo nunca como hamburguesas pero estas son buenas de verdad- le dije para ser agradable.
-Yo tampoco como hamburguesas–me confió en voz baja- Churrasco, mar del plata, bife ancho. Soy fiel a la carne-.
Fiel a la carne. Una de las frases más lindas que había oído. Fiel a la carne. Era como el título de una novela muy barata, exudante de sexo explícito con esas tres equis juntas.
Tuve ganas de leer algo así, pero no sabía a qué autor recurrir. Corín Tellado me parecía adecuado.
Caminé unas cuadras hasta que encontré una librería de usados. Fui al estante más sórdido y busqué tres ejemplares. Quería atiborrarme de corintellado, aprender al fin que el amor era un breve paréntesis de esa cosa folletinesca y después una sustancia desconocida y adulterada; quería aprenderlo para nunca olvidarlo, evitarme el plan de ahorro previo, los auxilios filiales y todo el séquito que sabía me esperaba por la sola circunstancia de tener treinta años.
No llegué a terminar el primer capítulo de mi nuevo manual de filosofía tellado. En la mitad recordé que mis plantas se estaban muriendo por falta de atención. Mejor comprar una revista de jardinería y dedicarme a la reconstrucción de mi jardín modesto. Agua, la necesaria. No más porque se ahogaban. No menos porque se secaban.
El amor es como una plantita, decía mi compañera de trabajo. La arrogancia de creer que como si uno riega todos los días, suministra el agua necesaria, oxigena la tierra, compra macetas decoradas y transplanta, así cuida al amado, lo alimenta de agua y oxígeno, de materia vital, obtendrá su dosis vegetal correlativa, satisfecha y vistosa para el jardín exclusivo.
En el banco frente al mío se sentaron una chica y un chico de unos veinte años. Se tocaban la cara, se hablaban a tres centímetros. Estaban en otro lugar, fuera del mundo. No les hacía falta nada, ni riego, ni humus, ni inoculantes. La definición de mi compañera hacía agua. Entonces supe que era así, siempre jugar a la batalla naval. Siempre perder a la batalla naval.

jueves, 24 de enero de 2008

SIN FE

No podía dejar de pensar en lo que me había dicho Waterboy.
No podía esperar la oportunidad, tenía que buscarla.
Fui hasta el club y esperé en el bar hasta que lo vi a Manuel. Fui hasta él.
-Qué pensás hacer con Berta? –dije.
-Esta noche no puedo. Pero hablá con ella.
-No, no hablo de esta noche. Me refiero a si vas a seguir con las dos.
Mi miró sin sorpresa. Me siguió mirando como si esperara que yo siguiera. Era una mirada neutra. Como si no importara nada de lo que estaba diciéndole. Después miró el ficus, se detuvo ahí como si yo no estuviera. Hasta que por fin me dijo que tenía una clase y se fue.
Tenía estrangulado el estómago. Quedé desalentada, sin poder moverme, sin saber qué hacer. Vi que eso era lo que Berta llamaba su violencia omisiva. Nosotros la descalificábamos: Manuel es todo lo contrario de un tipo violento. Pensábamos que era a la inversa, si la violencia existiera entre ellos sería detonada por Berta. Manuel imposible.
Y ahora yo podía ver esa violencia sofisticada en la manera que Manuel tenía de negar, de no decir como un mecanismo que permita no reconocer ciertas realidades.
Porque podía pensarse que el silencio obedeciera a que en realidad Waterboy inventó y mi acusación fuera infundada y Manuel, que es todo un gentleman y no maltrataría a una amiga de su novia, no dijera nada por educación, por sentido cívico. Pero ese razonamiento no explicaba su incolumidad gestual: ni un atisbo de sorpresa ni de indignación.
Tenía que ser verdad.
Los días siguientes conviví con un desaliento invencible. Estaba sin fe. Como el tango. Tarde me di cuenta que al final se vive igual mintiendo. Porque si bien era Manuel y no alguno de mis amigos, el episodio conseguía que yo cayera en esos lugares en que perdía la fe en la humanidad. No es que me considerara impoluta ni se trataba de un juicio de tipo moral, era sólo que no podía entender, dentro de las tantísimas cosas que no lograba entender, cómo se podía vivir mintiendo. No odiaba a Manuel, no me compadecía de Berta. Era sólo que no podía entenderlo.
No tenía ganas de hablar, ocupaba el tiempo trabajando, me llevaba trabajo a casa y lo terminaba para el día siguiente. En un momento en que entré al despacho del jefe me preguntó si estaba todo bien.
-Sí, todo bien –le dije.
-Querés hablar? –preguntó.
-No, está bien, gracias –le dije sonriendo. Mi jefe era un buen tipo. Tanto lo era que se preocupaba cuando sus empleados estaban en la etapa más productiva. Podía contar con él, eso era suficiente para mí y esperaba que él lo supiera sin que dijéramos nada.
Unos días más tarde Manuel me llamó por teléfono.
-Hacé lo que quieras –dijo- Decile. No le digas. Lo que te parezca. Lo único que espero es que tengas en cuenta que yo ya no existo para ella, le da lo mismo que esté o no. Hace tiempo que es así.
Es así. Manuel habría dicho “es así” como Waterboy y optado entonces por las alternativas disponibles sin mayores disquisiciones? O, agotado por la indiferencia de Berta, por su permanente desdén, por la irrecusabilidad de la agonía habría optado por ese modo solapado de llamar su atención o de dejar en sus manos la decisión que él no podía tomar? Porque entre las cosas que yo no podía aceptar estaba la posibilidad de que Manuel ya no estuviera enamorado de Berta. Cómo no iba a estarlo? Manuel vivía por ella, todo lo que hacía pasaba por el tamiz Berta, le consultaba hasta lo más mínimo, la trataba como si ella fuera su bien más preciado.
Cómo era entonces que Manuel le mentía. Le mentía con asiduidad, tocaba los brazos de la otra, le acariciaba el pelo, la desnudaba en el vestuario, y después hola Berta, le pellizcaba el cuello como hacía él cuando tenía hambre, me voy tengo una clase y es tarde. Cómo era que Manuel mentía como todos. Era Manuel sí pero yo seguía con indigestión.
Esa noche no podía dormir. Tendría que medicarme? Decir “es así” y apelar a la alternativa química? La infidelidad de Manuel era eso: es así, y la alternativa química.
Yo no quería anestesiarme. No podía ni aunque hubiera querido. No quería para mi vida ni mentiras ni pastillas para dormir. Todo eso hacía que estuviera sin fe. Tanto que no quería siquiera ver a Calio.

LA CONSIGNA

Manuel seguía de viaje y yo tenía todo el tiempo para mí. Pasaba horas en la bañera, ponía sales y velas y leía poemas de Orozco y Pizarnik. La consigna era no pensar en nada, dedicarme sólo a mí y después, sólo si me quedara algo de tiempo, a mí de nuevo.
Empezaba el fin de semana y me había levantando temprano. Abrí el diario. Busqué la sección de espectáculos. Teatro: H2O.
Podía llamar a Juan, le encantaba el teatro. Era una buena excusa para llamarlo. Quería hablar con un hombre de mi situación con Manuel y Juan era el indicado. No Narcisa con su agua de lluvia, ni Calio con su machismo antropocéntrico importado de Chile. El indicado era Juan. Era sensible. En realidad Calio lo era, pero había tomado cierta distancia del tema que yo atribuía a la pertenencia a la cofradía masculina, porque si bien Manuel y él no eran amigos, Calio tenía principios y no se pondría en contra de su congénere. Además si no eran amigos era porque Manuel tenía celos o algún tipo de sentimiento que lo hacía ponerse erizo cuando estaban mis amigos.
Juan era sensible y probablemente gay, lo que colaboraba con la causa. La consigna era un punto de vista lúcido, no un romance inoportuno ni una crítica inadecuada. Estaba demasiado susceptible como para aceptar críticas.
-No tiene teléfono. No usa –dijo Calio- Te doy su correo electrónico.
Claro que no usaba. Por eso estaban tan amigos con Calio. Tendría razón Manuel cuando decía que todos mis amigos eran snobs? No. No era el momento de darle la razón a Manuel.
No antes de tener una opinión neutral. Esa era la consigna.
Me contestó el mail a los diez minutos y quedamos en encontrarnos después de mi trabajo.
Faltaban quince minutos para el fin de mi semana laboral. Yo escuchaba a una Shirley que con voz de gallina me explicaba que en su línea aparecía todo el tiempo un tal Brandon y ella no podía comunicarse con ningún número sin que apareciera Brandon. Yo tenía ganas de decirle que se echara un buen polvete con Brandon y se abonara a otra empresa, pero no podía entonces I’m sorry ma’am but I’m not able to help you right now cuando lo vi parado detrás del vidrio, me saludaba y decía algo que debía ser está bien, te espero.
En la obra había unas mujeres en traje de baño y con antiparras, hacían movimientos tipo danza acuática y decían un texto terrible. En el programa se explicaba que la autora era de Santa Fe, que se refería a la inundación que había ocurrido allí y que el director había trabajado en una pileta de natación con las actrices que decían el texto desde la pileta. Así había nacido la obra.
Cuando terminó fumamos un cigarrillo a medias.
-"Sí. Todo ha cambiado. Hay una visión anterior a Rank y una natación posterior a Rank. ¡Tal vez por fin me ha llevado a nadar en la vida en lugar de coleccionar acuarios! Los acuarios llevan el sello de la inmovilidad. Un amor por las cosas tan grande y posesivo que me ha inmovilizado de terror”- me dijo.
-Quién es?
-Anaïs Nin.
-Lindísimo –cerré y nos quedamos en silencio hasta que se terminó el cigarrillo.
Fuimos al bar del puerto. Sonaba Around midnight, una versión de Ligia Piro.
-Lindísimo –volví a decir.
Todo me parecía lindísimo. Estaba perdiendo de vista la consigna y no podía permitírmelo. Pedimos martinis. Un chico pasó y miró descaradamente a Juan. El le sostuvo la mirada.
-Es Bajofondo, no? –dijo.
-Mardulce. Tema 15.
Como no dijo nada volví a decir lindísimo. El también era lindísimo.
-Qué hora es?- preguntó.
-Las doce y cinco.
-Deberías decirme feliz cumpleaños.
No le creí. No podía ser su cumpleaños. Era como Calio o quería serlo, no podía saberse si decía la verdad o jugaba. Estuvimos quince minutos así, yo sin creerle y él diciendo igual no importa pero sí es mi cumpleaños.
Al final le dije feliz cumpleaños y como regalo le leí las líneas de las manos, inventando lo que pude, él riéndose y yo apartándome de la consigna.
Qué hacíamos él y yo, dos extraños en el día de su cumpleaños, creyéndonos los absurdos planes para el futuro que disponía el mapa de su mano. Dos soledades en una pequeña isla del mar dulce sonando. Qué hacían todas las soledades del bar, todas las soledades de la noche. Entendí por qué se había acercado a nosotros la noche del teatro. Me sentí triste como un modigliani. Me venían unas lágrimas y no las quise, las puse en los dedos de mi mano derecha y los dediqué a hacer girar el anillo de Juan.
No quise preguntar cuántos años cumplía. Eramos jóvenes, pero yo tenía posibilidades de ser una mujer sola y él era un chico gay. No era conveniente el tema.
Ya estábamos demasiado mareados como para empezar con la consigna. Salimos y lo invité a dormir en mi departamento porque el suyo estaba como a una hora.
-Por ser tu cumpleaños te presto el sofá –le dije mientras improvisaba su dormitorio en mi living.
Fui a preparar café. Cuando volví con las dos tazas estaba dormido. Las dejé nuevamente en la cocina.
A la mañana Juan no estaba. Había dejado una nota que decía “Gracias por la noche y las ficciones”.
No había cumplido la consigna, pero no importaba. Busqué mi copia de Mardulce. Llamé a una mensajería y envolví el disco en papel celofán. A los quince minutos apareció el chico de la moto.
-La consigna es que llegue hoy –le dije.

ES ASI

El domingo fui a nadar temprano como no lo hacía desde tiempo atrás. No hubo premeditación: Calio me llamó inexplicablemente a las ocho de la mañana para contarme su nueva afición por el origami, o algo similar, no sé muy bien qué fue lo que dijo porque todavía no estaba despierta. Pero me alegré de escucharlo. Últimamente él salía con Juan, Berta salía con Juan, todos salían con Juan, excepto Anka y yo, que seguíamos lobotomizadas, ella por el amor y yo por no soportar el mundo.
Me despertó para eso.
Pero no me enojé.
Desayuné mientras hacía las palabras cruzadas de un diario viejo. Decidí que iría a nadar.
Trece vertical: “Desviación de un barco o un avión que se apartan de su dirección por efecto de las corrientes marinas o aéreas”. Seis letras. Fácil. D-E-R-I-V-A. De un barco o un avión. Y por casa bien gracias. Así son de negadores los que hacen crucigramas, pensé. Veinte horizontal: calma profunda. Ocho letras. Ni idea.
Deriva. Una definición huera, diría Calio. Busqué el diccionario que tenía desde los ocho años. Amaba ese diccionario. “Deriva: Mar. Abatimiento o desvío de la nave de su rumbo por efecto de la marejada, la corriente o el viento”. Ah. Abatimiento. Sin embargo es una palabra tan linda. No tendría el mal gusto de llamar a Anka y preguntarle que hay en deriva, ella estaría en los brazos de Morfeo que para el caso era su jefe de edición, el hechicero cruel que nos la había tomado prestada como si fuera una peli de Jarmusch.
En el club había demasiado movimiento para esa hora. Nadé cuarenta minutos y me duché.
Fui hasta el bar. Estaba Waterboy leyendo el diario. Me vio y levantó la mano.
Me senté con él: había terminado Tokio Blues y no tenía nada para leer, no había llevado música y no quería estar sola. Aunque todo era una excusa, porque en realidad estudiar a Waterboy me daba material para una vivisección de especímenes que hacía en mi trabajo a la una menos cuarto, antes de marcar la salida. Pero además lo que tenía de huero lo tenía también de bueno, era una masa resinosa de bondad. También pensábamos que no era bueno por elección sino porque sus escasas luces no le proveían la sagacidad necesaria para el ejercicio serio de la maldad.
Pedí té negro y medialunas. Me dijo que estaba linda, lo dijo sin histeria ni dobleces. Supe que me había perdonado el episodio del puerto. Quise compensarlo y empecé a contarle cosas que le parecieran interesantes en un tono que lo incluía, como si formara parte de nosotros, los excéntricos o inexplicables. Consciente de mis aires de superioridad, le hablé de lo que podía gustarle.
Mi soberbia intelectual. Calio me había puesto Narcisa y era así. Nunca me había dolido porque los dos sabíamos que en realidad yo no me juzgaba superior a Waterboy o los baywatchs del club, sino que era cierto punzón venenoso que me daba ante los que son capaces de abordar el mundo como si no fuera un trance engorroso y desenfocado, los que son manteles a cuadros y redondos y alegres. Los que hacen deporte. Los que crían hijos sin preguntarse todo el tiempo cómo protegerlos de la gran máquina. Los que cuentan con pocos y sencillos saberes que les permiten ser felices a su modo sin que la parodia del consumo los torture, ni los obnubile que se les queme la tortilla por fuera. Los que consumen agua potable sin perjuicio aparente. Los “es así”.
Los envidiaba secretamente y mi venganza era ser Narcisa. Algo como: está bien, sufro; Pero nadie podría hacer nada por mí porque nadie puede entenderlo, se trata de algo inasequible para el registro vital medio. Existía un esclarecido, uno solo. Cómo es que yo era Narcisa y el espejo con mi imagen pero siempre lo necesitaba a él, era algo que tal vez sabría Waterboy pero yo ignoraba.
Le pregunté si salía con alguien. Me dijo que ahora no, que había terminado con la última hacía dos meses porque la había visto con el profesor.
-Con el profesor de qué? –pregunté.
-El de natación.
Se me aceleró el pulso y me temblaban las manos. El té estaba mudo como ya sabiendo algo.
-Cómo que el de natación? Manuel? Vos te referís a Manuel? – mi corazón galopaba y pedía que no que no que no fuera.
-Ahá –dijo mientras levantaba el brazo llamando al mozo – Un día vine a nadar quince minutos antes. Estaban solos en la pileta y así fue. Yo no le dije nada. Ella me vio. Nunca más hablamos, ni nos saludamos, ni nada. Es así.
-Pero Manuel sabe que...?
-Obvio que sabe. Hace como que no pasó nada. Pero estaban ahí, yo los vi. No lo inventé.
-Pero hablaban, o se tocaban, no sé... qué estaban haciendo? –pregunté esperando que Waterboy fuera un loco que sólo por verlos a los dos en la pileta se le ocurriera que estaban haciendo algo prohibido. Esperaba que Waterboy estuviera loco como si fuera lo único en el mundo.
Pero me miró y supe que no lo estaba. Que en todo caso la que no podía ver la realidad era yo. Siempre lo mismo: los demás decían “es así” y yo no podía aceptarlo.
Nos quedamos en silencio un rato. Yo pensaba en Berta y él quién sabe en qué. El té me daba una náusea que no se iba.
No podía hablar. No podía enojarme. No podía nada.
Waterboy debe haberse aburrido porque hizo algunas preguntas que contesté con monosílabos. Finalmente pagó y me dijo que no me preocupara, que es así.
Tenía razón. Indudablemente es así. Pero él ahora iba a hacer deporte. Mientras que yo tenía que hacer de mí un lugar habitable.
Volví a casa y llamé a Calio. No pude hablar de lo que me había dicho Waterboy.
-Calma profunda. Ocho letras –le dije.
-Calmazo –contestó.
-Dejalo así, gracias –dije y corté.
Fui a buscar mi diccionario amado. Después completé la veinte horizontal y empecé a pensar que tal vez lo que decía Waterboy era verdad.

lunes, 21 de enero de 2008

DERIVAS I -LAS HIJAS DE PUTA

Me levanté porque el dolor de cabeza era insoportable y tenía que ducharme y buscar unos migrales. Me hubiera quedado un año en la ducha pero tenía que ocuparme de Diamante. Después del baño me anudé la toalla en la cintura y me despeiné con cuidado. En el espejo me encontré un poco viejo, pero me seguían gustando mis cejas.
Cuando volví al dormitorio Diamante seguía dormida y ocupaba ahora toda mi cama. Pensé que era el momento de preparar el desayuno, tomarlo con ella, jugar a que. Pensé también en que siempre había sido momentáneamente incapaz de hacerlo.
La había conocido la noche anterior en Nilo. Juan y yo tomábamos un varietal de origen sospechoso pero autorizado por nuestros presupuestos. Estaba en los puffs con otras dos, fumaban de la manera en que fuman las mujeres cuando dejan adivinar un entredicho, un entreacto, algunos entres que uno aborda entusiasta esperando obtener una redención modesta.
Creo que fue porque le miraba tanto las piernas que pasó a mi lado: -Quiero ser tu diamante de mentira –dijo.
Me gustó lo que dijo. No dejaba de ser literario o al menos lo era para mí en comparación al varietal y el origami en que me tenía sumergido Juan desde hacía media hora con la excusa de que debía adoptarlo en lugar de la batalla naval. No fue difícil desdeñar el origami y optar por las piernas de Diamante.
Ahora ella dormía y yo no encontraba los migrales. Uno de los misterios no develados por la ciencia era por qué los migarles nunca estaban cerca, había que buscarlos como piedras preciosas o como preciosas pétreas mujeres, pero siempre buscarlos. Revolvía el cajón de las medias y me atravesó un espasmo de terror. No estaba seguro de mi buen desempeño con Diamante. No recordaba casi nada, excepto la exploración inicial de sus muslos y en el momento en que mis dedos los diez ansiosos pudieron arribar a la parte más alta y deliciosa justo ahí, tac: la hija de puta. Justo en el comienzo de la hija de puta se aparece en mi cabeza diciéndome no sabés, es igual a vos, es un tipo igual a vos. Recordaba sólo eso. Qué hija de puta, aparecer así para molestarme. No le bastaba llamarme llorando porque las canillas gotean, los pájaros cantan y la vieja se levanta. Rompía y rompía todas las pelotas que podía desde todos los ángulos que podía.
Ese estímulo podía haber sido benéfico o no para mi rol de maratonista sexual con mi diamante artificio. Dormía con una expresión que no denotaba atrocidad predecible. En cualquier caso, ya era irreparable.
Mis amigas eran unas hijas de puta. Narcisa invadiendo todo, hasta mi módica actividad sexual. Hijas de putas de putas y de generaciones de putas. Berta con sus manueles y sus yabastas. Anka, la más confiable de las putas, obnubilada y obliterada por un tipo. Diábola magic la peor, con su agua de lluvia. En cualquier momento hacía con mi escroto un lindo alfiletero para su escritorio. Reverenditas hijiputitas. Una vez yo había dicho pico y se reían como locas con eso de pico. Les encantó. Pico qué lindo. Acá es pija, nombre de fantasía del miembro. Hijas de puta, ni Anka se sonrojaba. Era la primera vez que estábamos los tres en el bar del puerto.
Y con el putidiamante que dormía en mi cama con putiplacidez tendría que acordar algo. Te llamo. Cenamos. Todo eso. Jugamos batalla naval. Eso. Entonces nunca más me llamaría. Así sería mejor, más putipiernas y piedras de escaparate. Joyas de catálogo accesibles a todos.
Encontré los migarles menos putos que mis amigas putas y tomé dos. Todavía el segundo no había sorteado la hostilidad de mi tráquea cuando vi un sobre debajo de la puerta.
Lo abrí. Era de la secretaría del doctorado. Que mi proyecto requería reformulaciones. Que etcétera que etcétera. Entendí que no estaba aprobado. Busqué el reglamento con más fervor que a los migarles. Lo repasé. Artículo treinta y cuatro. Sí. Bien. Todo bien. Ahora sí que la hicimos bien. Boludo, como me dice ella. Sos un boludo.
Entonces tres meses más. Podía reverlo y aprobar o todo a la mierda. Volver. Adiós tesis adiós mi vida adiós todo lo que era. A Chile me voy cruzando la cordillera. Adiós a las hijas de puta. El estómago me estrujaba a mí si era posible eso, o me parecía que me estrujaba.
Supe que estaba a la deriva. Todos lo estamos, pero era mi especialidad. Volví al espejo y trataba de enfocar. Siempre lo había estado, pero mientras estaban mis amigas yo tenía un lugar donde podía anclar y tomar unos martinis. Pico, ay, qué lindo, decían las hijas de puta y yo y mi miedo seguíamos ahí sin poder hacer nada. No quería perderlas, volver a Chile, sólo los mails y hablar por teléfono, nunca más el bar del puerto. No podía. No teníamos nada más que lo poquísimo que teníamos, pero no podía perderlas. No sabía por qué. Mi afición era. Las tres eran una, o no: eran tres pero yo era tres.
Por soberbia o por decoro traté de pensar lo contrario. Que ellas no podrían sin mí. Naufragio de Narcisa. Y ahí dominó de tres fichas, derrumbe Berta y derrumbe Anka. No sabía cómo era. Tampoco importaba. Lo único que sabía era que podía aceptarme barco y resistir la deriva, pero que no podía soportar perderla. Y la ese, qué mierda pasaba con la ese que me había comido ahí.
En el marco de la puerta apareció Diamante y le cedí el baño.
Tenía que llamarla, reorganizar el proyecto, o al revés. Calculé el tiempo en que Diamante estaría en el baño y llamé.
-Qué hacés tan temprano? –me dijo.
-Quería corroborar, si cambio la batalla naval por el origami me seguirías queriendo?-
Se rió. Por supuesto, y te ayudaría a doblar papelitos, dijo su buen humor inesperado.
Fui a preparar café. Eso solo sería mi puerto por unos días. Unos días en que me encerraría con el proyecto, a la mierda con las innovaciones, hacerlo como lo quieren y ya. Después de todo a nadie le gustan las derivas. Mucho menos a los hombres de ciencia.

martes, 15 de enero de 2008

FOTO INCONCLUSA

Llueve en la playa
tópico previsible
pero
de obstinada belleza.

Una mujer loreal 840
habla por el teléfono móvil
sesga el cielo una pregunta
Tiene ud. sus impuestos al día?
El ruido de las gotas en el poliéster bicolor de la sombrilla
señores vestidos con remeras de cuello
señoras con sombreros como caracoles
un padre y una hija en el tenis de playa
maybeline ceniza irisado y su eco de los andes
un chico se sienta a dos metros de mí
estornuda para el este
y ahora de nuevo
una delicadeza de su parte
alcanzo a ver el perfil de las pestañas
los vecinos de hotel con sus sillas de playa
y es ahí cuando advierto que dejó de llover.

Un perro mojado deja en la arena
pequeñas huellas que durarán un día.

La población de la playa se eleva a posición vertical
-Un tiburón –se escucha.
Un hombre nada ajeno al suspenso balneario
pero es otro pigmento.
Tu marido está nadando
pregunta mi vecina
mientras miro la aleta negra
que se acerca a la playa.

BOTELLAS AL MAR

Memorabilia

después de unos días
Florencia no estaba más

Y yo no encuentro diferencia entre esta y la muerte.

Ahora
en los campos molinos
como peces del cielo.




Crucigrama de playa

Si soy capaz de escribir un buen poema
No es este.




Conclusión forzosa

No hay
Un viaje de mí.




Crucigrama de playa II pero también conclusión forzosa

Lo siento.
No soy capaz.

CARTA DE MARCOS BLOOM HALLADA SOBRE EL APARADORCITO DE FORMICA AZUL QUE ESTA AL LADO DEL PARAGÜERO

Querida Amanda:
Te escribo desde tu sillón azul eléctrico mientras miro tu pez azul marino y tomo café en tu pocillo azul francia; tanto azul y tú que no estás y esa canción que puse en tu disco de Madelaine Peiroux, todos esos azules esos esos tús sin que estés me entristecen un poco.
No obstante la suerte me asiste (o tal vez presentiste que estaría aquí en tu ausencia) ya que encontré en el bargueño el scotch que te regalé la última primavera.
No quise avisarte que estaría en la ciudad porque es sólo por unos días dado que en los próximos estaré en un torneo de tab de playa en México. Pero ahora veo los renos y la nieve cayéndoles en las esferas de agua y me arrepiento de no haber estado contigo en la Navidad.
La señora Leta (ella fue quien me abrió la puerta, y para eso tuve que soportarlas a ella y su gato durante media hora en las que, con el pretexto de regar las azaleas me explicaba las bondades de la torta galesa de Venecita) me contó que estabas un poco callada pero muy vistosa con tu vestido con lunares.
Tengo mucha nostalgia de ti. Aunque no te preocupes. Creo que podré desactivarla con un buen mojito. Ahora estarás en la playa mirando el mar o no.
Espero te cuides del sol y de los vampirecos. Por si no lo sabías los vampirecos andan por las playas con hambre sexual o de cualquier otro tipo y mordisquean todo lo que encuentran.
Por último, no me culpes, no pierdas el tiempo en las kermesses, no pases tanto tiempo en el agua (la piel se arruga y cada vez cuesta más volver a tierra firme), no leas tantos libros de caballería. Sobre todo no le abras a nadie.
También aquí sigo esperando el agua. Marcos.

martes, 25 de diciembre de 2007

PEZ

Florencia es un pez que llegó a mi casa unos días antes de navidad. Mi hermana y mi hija la trajeron porque no tenemos mascota y entonces con el dinero que dejó el ratón Pérez compraron a Florencia.
Los primeros días mi hija se ocupó de alimentarla. Después se olvidó de ella y me hice cargo. Explicarle a mi hija que el concepto de mascota es acuñado por la sociedad de consumo porque etc etc ya me aburre y supongo que a ella más, así que mejor me ocupo de Florencia.
Florencia y yo ya tenemos un vínculo. Ella es silenciosa y educada. Puse al lado de la pecera un pequeño muñeco fucsia con pelos sintéticos para que se sienta acompañada. Le hablo. Hola Flor todo bien?
Los días pasados fueron fértiles y de fidelidad. Con lo cual efes. Alianzas. Tés de dos. Compañeros de trabajo. El río de noche. No entiendo todavía de qué se trata todo. Darle de comer una vez por día. No más que eso, si come demasiado se muere, dice mi hija que dijo la vendedora.
Le doy la ración del domingo a la mañana mientras pienso en miles de peces apiñados en los centros comerciales comprando regalos navideños. Transpirados, de mal humor, agobiados, con paquetes llenos de objetos de poliester que serán olvidados en unos días.
No hay lugar para estacionar. No hay lugar.
Si come demasiado se muere Florencia. Una opresión en la garganta y caput.
Como ayer entre paquetes y agendas de festejos.
Cae una nieve de plancton disecado y me concedo es mejor no entender.
Florencia nada y es su vida y no sabe. Consistiría en eso supongo y acomodo el muñeco de los pelos mientras pienso que todavía no tiene ningún nombre.

viernes, 16 de noviembre de 2007

LA LIBERTAD (RECUENTO III)

Bibliorato de fianzas, embargos y copias de poderes. Protocolos de audiencias de vista de causa. Las pestañas. El viento de ese día. El posible silencio. Las velas. El anclaje de sí en las tormentas de nieve.
Había perdido la ternura, la amable cortesía de las criaturas de la casa del espejo.
Los hombres no lloran pero sí las mujeres. Es decir que tenía su charco de lágrimas.
Pero en la primera luz de su día oficina vio a través del parabrisas sucio una nube, una sola nube recortada. Vio nítidamente su extraña felicidad, su itinerario seguro.
Supo así que era libre. Nadó dichosa en esa certeza.
La soledad tuvo al fin su mínima kermesse y la invitaba a una danza leve.
Estacionó lo mejor que pudo. Tenía que pasar por el cajero sin falta.

sábado, 3 de noviembre de 2007

LOS INTOXICADOS

LOS INTOXICADOS PARTE I

Nada sabe de amor quien no ha perdido por amor una casa.
Luis García Montero.

Un pulso hipnótico
la voz que insiste
Despertar respirar el humo yerto de la mañana como encerrada en un rubí
hemos perdido cosas
dice ella.
El no dice nada.
Son gentiles.
Hacen lo que pueden.

Sé que la gente duerme separada para preservar la pareja
dice ella.

Así se dice y
no se dice estamos intoxicados.

No se habla de agua.
No de puente
en el que no hay quien del otro lado.

Perder una casa por amor
dijo el poeta
como mensurando lo máximo que pudiera perderse.
Hizo bien en decirlo así
después de todo un bien registrable tiene avalúo fiscal
y el agua es sólo eso: agua.

Así las cosas deben ser dice él
cual monster inc corrugado.

La madurez de vivir intoxicado
hablándonos en medio de mensajes de texto

no nos miramos
no nos miramos

(cuándo fue la última vez que nos miramos
como si fuera la última vez que íbamos a hacerlo)

Ella ahora no duerme
la atraviesa el espanto
a él le asusta la idea del acostumbramiento
a la sensatez que le imponen como una silla vacía
de la que no podrá nunca más levantarse.

Piensa ella cómo estar ahí sabiendo
que tal vez hay los que pierden una casa.

Y eso sería en occidente, calculo.



LOS INTOXICADOS CON LUCA (SIN ESE)

Hemos perdido cosas.

El no dice.

Sé que la gente duerme separada.

(Luca sin ese anota en su libreta
de los power:

“No se habla de agua.
No de puente
en el que no hay quien del otro lado”)

Un bien registrable tiene avalúo fiscal
y el agua es sólo eso.

Así las cosas deben ser.

La madurez de vivir intoxicados.

Cómo estar ahí
sabiendo.



LOS INTOXICADOS FINAL


Un bien registrable tiene avalúo fiscal

Así las cosas deben ser.

domingo, 28 de octubre de 2007

CARTA DE MARCOS BLOOM DESDE UN LUGAR IGNOTO

(o reversión de La angustia del arquero ante el tiro penal)

Amanda:

Hace tres días que he dejado la playa para tomar una habitación de hotel. Hay un restaurante con un piano y alguien toca todas las noches. Pero no estuve ahí nunca, aunque no lo creas.
Hace tres días exactos desde que vino Jehtro con noticias del continente.
Los dos primeros estuve encerrado en la oscuridad y sin poder dormir, leyendo Moby Dick por enésima vez. Es que me dicen de tus tertulias con Mr. Pepper, un caballero al que Jehtro describe con superlativos cuya transcripción me ahorro por mi salud.
Puedo entender que mis prolongadas travesías te dejen un poco sola; pero no es excusa para que te la pases en las kermesses con un señor desconocido que (no lo niegues) te ha regalado un disco de Nicola Di Bari. Conjeturo que el ilustre acompañante debe irrogarse ser el último romántico.
Puedo aceptar que tengas un amigo; lo que no digiero es otra cosa. Y para que no me acuses de solipsista (ya consulté en la Encarta sobre el punto) enumero lo que no autorizaré, desde mi viaje del que –lo dije reiteradamente- volveré pronto.
-No le hables a él de Lewis Carroll.
-Si toman helados, que no deje que pidas primero tu ticket.
-No admito entre ustedes gardenias ni ninguna otra flor.
-No tomen daiquiris ni ninguna otra bebida espirituosa.
Por último, te recomiendo que no uses para las tertulias la falda color obispo que me hace pensar en cosas lejanas a la curia –o al menos a su discurso oficial-.
Por lo demás, ningún obstáculo opondría a que se manden mensajes de texto, faxes, se hablen por teléfono, fijo, inalámbrico, móvil, con o sin bluetooth. Con nada de eso tengo problemas.
Ahora que pude decirte esto me siento aliviado y me vienen ganas de un buen scotch en la terraza del hotel, porque ya empieza a escucharse el piano.
Yo confío en ti, lo sabes. Es sólo que llevo mucho tiempo de viaje.
Adiós. Vuelvo pronto. Marcos.
P.D: Olvidé un punto: que tampoco te enseñe a tirarle a los patos de hule de la kermesse. Conozco esos métodos.

EL PARLOTEO PANOPTICO (BIG BROTHER III)

A la madrugada empezó a llover. Trato de recordar los sueños que tuve pero están borroneados. Hay un par de imágenes en las que no estás. Ahora hay pájaros. Todavía no desperté del todo y ya alguien habla por teléfono, a una hora en la que no puedo dar conmigo. Quiero poner un aviso: AAA Compro breve espacio de agua. Cash.
Nunca entendí cómo soportan redondos y alegres el peso de ser todo el tiempo pura exterioridad. Hablan todo el tiempo. Hablan del tiempo. Describen sus acciones irrisorias. Llenan el tiempo de moscas sucias.
Tomo el café sin poder hablar todavía. Sigue lloviendo. A unos metros una mujer con una bandeja va a cruzar hasta el restaurante y un hombre la refugia bajo un paraguas. Esa sola imagen es la mañana.
Las voces van aumentando y ya es insoportable.En mi segundo día de vida panóptica empezaré un libro de Clarice Lispector que dejaré al cabo de unos capítulos.

miércoles, 17 de octubre de 2007

LA CONTIENDA II (División de bienes y punto final sobre Chopin)

Chopin no son copas de cristal, baby
lo sabes de antemano por los libros.
Recuento tus vaivenes y tus may bes
y en tus huecos de nada me equilibro.

Y para estar en esas espirales
negras que remember me tu ausencia
reconozco son puros los cristales
pero a mí me resulta adolescencia

la que me asiste en La polonesa.
Está bien. Aceptemos que tú partas
(de nube) en la noche vaporesa.

Lo intolerable es que seas Encarta,
académica, terca, patitiesa.
¡Y llévate esa mierda de Siddharta!